Tus miedos
Abrí una ventana para ti, y has entrado de la forma que has querido: faltándole al respeto a lo que escribo. Qué ganas de que te vayas lejos...no sabes cuántas. Pero no las suficientes. Me decían que si miro más adentro me volveré loca, más si cabe. Pero si la locura es olvidarte, me entregaré por completo para acabar encontrándome. Era mi esencia la que hablaba, y no has entendido nada. Si desconectas sólo hay interferencias entre medias, líneas finas que se cruzan entre ambos. Pero si conectas viene lo peor: encontrarte con mis ojos frente a frente.
Siempre me dieron miedo los gigantes. De pequeña mi padre me acercó en brazo a ellos, junto al Ayuntamiento, para que viera que debajo no había más que hombres. Y sin embargo en mi fantasía sigue siendo una cuestión de enanos y hombres grandes. Es curioso descubrir que es mi forma de vernos: sólo puedo acercarme a ti si soy grande, tan grande que pueda plastificar todo tu edificio para dejarte dentro y tumbarme a descansar, o cruzar océanos a zancadas, o besarte o acariciarte mientras crezco. Es mi defensa, mi mente. Construye laberintos insalvables. Has ayudado en esto. Yo debía ser la fuerte, el enorme muro de piedra en el que apoyarse al descansar. Yo debía ser la autoestima, la energía que a ti te faltaba. Buscaste la seguridad de la madre, y la pasión de la amante. Yo era ambas. Era muchas cosas, sólo por verte tranquilo y estable. Por ser también fui la enfermedad y la cura. Fui la que se calló la boca hasta ahogarse en las palabras, que ahora salen imparables, sin coherencia, sin sentido ya. Estoy enfadada, sí, por todo aquello que no pude decirte. Por no haberme plastificado antes. Si no quieres que la lluvia te moje hay dos opciones: o coger un paraguas en tu mano y caminar, o hacerte con una piel de plástico que llaman chubasquero y llevarla siempre contigo.
Qué difícil lo pusiste. Cómo ser terapeuta en tu delirio...y sufrir a su vez ser objeto de él, ser causa y consecuente, ser cuerpo y mente. Además ser escucha atenta y delicada, paciente ante tu acusación contundente. Yo, la madre de tus hijos infectada por el virus de tu obsesión, cargando con un pasado al que tuve derecho, cargando con la culpa de no poder cambiarlo. Me decías "¿te has perdonado a ti misma?" Pero cómo perdonarme algo que me recordabas cada día. Y todo era coherente, todo seguía una cadena de pensamientos lógica. Allí dos mas dos son cuatro. Pero tu cuatro bailaba entre la bruma de lo que habías sido, de tus experiencias, de tus propias cargas. Me vi arrastrada a la tortura de convencerte que yo era quien despertaba contigo, al fin y al cabo. Que había olvidado otros labios, que nada significaban. Si supieras lo poco que pensé en todo aquello al verte a ti, apoyado sobre tu antebrazo en aquel bar, congelando los relojes y la vida, congelando los recuerdos. El precio más grande que pago es el de escribir lo que siento de veras, el de dejar atrapadas las imágenes que pesan entre palabras que son sólo eso. Tuve que borrarlo todo, todo lo sufrido, todo lo experimentado, todo lo gozado y lo aprendido. Tuve que hacerle nuestro enemigo, para poder luchar contra ello desde un mismo punto de partida. Pero nos llevó a perdernos, entre tantas otras cosas. Me desgasté en el intento de que creyeras que te amaba de verdad, más que nadie, más que a mí misma. Ese fue mi precio: perderme. El gran coste entre tú y yo...hasta no tener sentido lo que eras por no sentirme dentro.
Perdóname pero esto, no había mortal que lo aguantara. Lo intenté pero no puede pedirse comprensión a quien se siente herida en tu tormento, sal y vinagre de un juego macabro donde acabé siendo el motivo de tus miedos.
Siempre me dieron miedo los gigantes. De pequeña mi padre me acercó en brazo a ellos, junto al Ayuntamiento, para que viera que debajo no había más que hombres. Y sin embargo en mi fantasía sigue siendo una cuestión de enanos y hombres grandes. Es curioso descubrir que es mi forma de vernos: sólo puedo acercarme a ti si soy grande, tan grande que pueda plastificar todo tu edificio para dejarte dentro y tumbarme a descansar, o cruzar océanos a zancadas, o besarte o acariciarte mientras crezco. Es mi defensa, mi mente. Construye laberintos insalvables. Has ayudado en esto. Yo debía ser la fuerte, el enorme muro de piedra en el que apoyarse al descansar. Yo debía ser la autoestima, la energía que a ti te faltaba. Buscaste la seguridad de la madre, y la pasión de la amante. Yo era ambas. Era muchas cosas, sólo por verte tranquilo y estable. Por ser también fui la enfermedad y la cura. Fui la que se calló la boca hasta ahogarse en las palabras, que ahora salen imparables, sin coherencia, sin sentido ya. Estoy enfadada, sí, por todo aquello que no pude decirte. Por no haberme plastificado antes. Si no quieres que la lluvia te moje hay dos opciones: o coger un paraguas en tu mano y caminar, o hacerte con una piel de plástico que llaman chubasquero y llevarla siempre contigo.
Qué difícil lo pusiste. Cómo ser terapeuta en tu delirio...y sufrir a su vez ser objeto de él, ser causa y consecuente, ser cuerpo y mente. Además ser escucha atenta y delicada, paciente ante tu acusación contundente. Yo, la madre de tus hijos infectada por el virus de tu obsesión, cargando con un pasado al que tuve derecho, cargando con la culpa de no poder cambiarlo. Me decías "¿te has perdonado a ti misma?" Pero cómo perdonarme algo que me recordabas cada día. Y todo era coherente, todo seguía una cadena de pensamientos lógica. Allí dos mas dos son cuatro. Pero tu cuatro bailaba entre la bruma de lo que habías sido, de tus experiencias, de tus propias cargas. Me vi arrastrada a la tortura de convencerte que yo era quien despertaba contigo, al fin y al cabo. Que había olvidado otros labios, que nada significaban. Si supieras lo poco que pensé en todo aquello al verte a ti, apoyado sobre tu antebrazo en aquel bar, congelando los relojes y la vida, congelando los recuerdos. El precio más grande que pago es el de escribir lo que siento de veras, el de dejar atrapadas las imágenes que pesan entre palabras que son sólo eso. Tuve que borrarlo todo, todo lo sufrido, todo lo experimentado, todo lo gozado y lo aprendido. Tuve que hacerle nuestro enemigo, para poder luchar contra ello desde un mismo punto de partida. Pero nos llevó a perdernos, entre tantas otras cosas. Me desgasté en el intento de que creyeras que te amaba de verdad, más que nadie, más que a mí misma. Ese fue mi precio: perderme. El gran coste entre tú y yo...hasta no tener sentido lo que eras por no sentirme dentro.
Perdóname pero esto, no había mortal que lo aguantara. Lo intenté pero no puede pedirse comprensión a quien se siente herida en tu tormento, sal y vinagre de un juego macabro donde acabé siendo el motivo de tus miedos.
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