Recuerdos

"Sé que la forma de lo que siento por ti es ahora o nunca. Cuanto más quiero, más miedo tengo de que en tus ojos no vea un para siempre. Si nosotros conseguimos ser los mejores amantes y seguir siendo los mejores amigos...La música nunca tendrá fin"

Bailamos esa canción una noche en tu salón, atardeciendo, lentamente me acerqué a ti y nuestros cuerpos se movieron al son de la balada, pegadas las respiraciones al cuello, tus manos en mi espalda, tus brazos recogiendo mi contorno. No sabíamos cómo hacerlo, pero en aquel momento todo eran vino y rosas, y un morado en la naturaleza que nos mantenía unidos. Nuestro mayor miedo era que la música parara, que no siguiera sonando más para nosotros. Y escuchábamos esa letra que nos decía que era posible, aferrándonos a los abrazos y los labios y las promesas. Yo te hablaba de los inviernos, de los múltiples colores que refleja el blanco. Veíamos pasar los trenes y soñábamos con irnos lejos, coger el nuestro sin un destino concreto y viajar juntos por la vida, sin equipaje de más. Recuerdo los globos. Me decías: mételo en un globo y déjalo volar por la ventana. Y eso hacía con todo mi pasado. Entonces sólo existías tú, y ya era suficiente. Te recuerdo en imágenes y me duelen tus ojos de mar.

Quizá lo que más veo es a ti tumbado en la cama, con la luz del sol cuando está bajo, bañando tu rostro. Yo te miraba desde arriba, y tú me sonreíste desde el amor. Nos quedábamos mirando sin poder creer que todo aquello fuera posible, extasiados por un amor tan grande y auténtico. El pañuelo que tantas veces contemplé, en tantas situaciones, actuaba entonces de fondo de una imagen de película. Mientras nos mirábamos se me escapó seguramente un te quiero, y entonces tu sonrisa se ensanchó más todavía y me lo devolviste en susurros. Siempre coronábamos la escena con un beso y el silencio.

Llegamos a aquellas casas de madera tras horas de viaje escuchando Help y Chris Isaac. Nuestro viaje era al más allá, a la distancia de una vida enloquecida por el ruido y las demandas. Allí fuimos sólo tú y yo. Mientras paseábamos por aquella playa, el océano era la música. Te enfadaste conmigo por mi insistencia en poner todo aquello dentro de una máquina de fotos y una de video. No me daban las manos ni las habilidades para hacerlo todo a la vez. Tú preferías el recuerdo y las sensaciones. Me costó entenderlo. Caminamos como tantas otras veces, a unos cuantos pasos el uno del otro. Nos adentramos en una promesa de bosque, y trepaste para verlo todo en perspectiva. No hablábamos. Contemplábamos el mundo en su inmensidad, el horizonte. Cuando bajamos por fin nos sentamos en la misma piedra. La marea estaba subiendo. No sé cuánto tiempo pudimos estar en aquel lugar mágico. Entonces empecé a hablarte de la inmensidad, de lo eterno, de mi deseo de quedarme allí para siempre contigo. Charlamos un buen rato. Éramos libres, y yo elegía esa libertad contigo y te lo hacía saber. Al final conseguimos unirnos en la esperanza de cambiar la ciudad por algo mejor en un futuro, y volvimos a la casita de madera para sentirnos. Nunca nos olvidamos de aquello, que permaneció como un momento atemporal y eterno entre nosotros aunque pasaron los días y los meses.

Te veo sentado en esa cama de sábanas blancas. Las luces de los coches iluminando la ventana, el olor a naturaleza. Te veo sentado en el borde mirándome leer "Into the wild" Me recuerdo levantando la vista y viendo a un Erik distinto: eras libre, mi niño. Te acercaste y no hizo falta hablar de nada. Los cuerpos tienen su propio lenguaje. Y ya sólo me recuerdo despertando de un sueño profundo, tú a mi lado diciéndome lo mucho que había dormido y yo riendo por el cansancio. Big Sur...fue nuestra tierra prometida. Creo que dejamos nuestros nombres en aquel banco de la cima del parque de Julia. Y nos sentamos allí para ver el tiempo pasar.

Si tengo que recordarte, te recuerdo así: tan libre, volando como un pájaro. Éramos instinto, idealismo. Éramos también una emoción concentrada en la gravedad de una tierra que no para de girar. La marea, el horizonte, los atardeceres. Éramos amarillo y morado. Éramos la luna y el sol. Eras tú y era yo.

Lo que más me duele es saber que dejaste de sentirte libre conmigo. Porque es cierto: sólo pude amarte realmente desde esa libertad de verte libre. Me lo reprocho cada día.

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