Ella se monta en el autobús. Le acompaña, debajo de otro paraguas, el que es su pareja, bastantes años mayor. Ella le dice "te veo en casa" mientras gira la cabeza, y hace un gesto encantador a modo de beso de entreacto. Se sitúa varios asientos delante de mí, su piel blanca casi pálida, su cara sonrojada, sus ojos claros y su flequillo presidiendo un marco redondeado. Es una mujer sin edad y con mucho encanto. Lleva el pelo recogido en un moño imposible, que deja a la imaginación la longitud de sus cabellos. Me pregunto cómo hará para recogerlo de ese modo. Y entonces...ocurre el milagro. Va deshaciendo ese recogido escultórico poco a poco y su pelo, de distintos rubios naturales, se deja caer hasta llegar al suelo, ondulado en las puntas, infintamente largo. Imagino su cuerpo voluminoso desnudo en su transparencia de nínfula y me figuro al hombre contemplándola embelesado manejar esos cabellos con gracia de sirena. La goma negra holgada de más, una gran circunferencia que deja colgar de su muñeca derecha cuando comienza el ritual lentamente...

Primero hace una coleta, alisa su pelo con la mano una y otra vez, lo agrupa en un mechón que su mano abarca y empieza a darle vueltas, girándolo sobre sí mismo, mientras va haciendo nudos y pasa un mechón por el hueco estrictamente milimetrado. Hace muchos nudos. No los cuento. Me he quedado igual de embelesada que el marido, embriagada por ese profundo acto erótico e íntimo, que ella realiza con automatismos diseñados a tal fin. Todo es silencio y luz. Se adivinan de repente sus orejas acaloradas en los bordes, sus pendientes de perla, su cuello del color de la pureza.

Y la mejor sorpresa llega justo al final, cuando descubro un tatuaje natural que termina de maravillarme: una ligera mancha rosácea e irregular en el centro de la nuca inmaculada, queriendo esconderse entre el nacimiento de sus hilos de oro.

Belleza.

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