El primero y el último

Habíamos pasado horas juntos. Estaba tumbada en su sofá, el más grande de los dos, mirando hacia la puerta de entrada. Él quiso tumbarse a mi lado, y allí estábamos, uno junto al otro, pegados. Yo miraba para todos lados excepto a él, cuya cara sentía muy cerca. Hablaba y fumaba, ocupando mis labios en todo momento. Estaba amaneciendo, y no me importaba ya la hora, ni que nadie supiera que estaba allí con él. Me olvidé de mi existencia general para existir en aquellas habitaciones, acompañada por mi yo masculino, por la eterna conexión cósmica. Él sugirió que nos moviéramos a su cama y así poder dormir un poco (o quizá esto último lo indiqué yo) puesto que ya casi eran las nueve de la mañana. Mis vacaciones de navidad acababan de comenzar aquel jueves 19 de diciembre, y me sentía libre. Fuimos a su cama y me tumbé más cerca de la ventana. Bajamos la persiana, y estuve boca arriba, con los ojos cerrados, notando su presencia durante un buen rato en las sombras de la habitación en penumbra. De repente noté su movimiento hacia mí, buscándome a tientas. Y me giré. No sé por qué, pero supongo que ya era algo inevitable, que había notado que estaba buscando desde el momento en que quiso compartir aquel sofá conmigo. Hasta aquel momento tenía miedo. Había tenido miedo desde que le conocí, en mayo del mismo año. Había pasado meses imaginándolo a solas en su cuarto de Cuatro Caños y desnudo, recibiendo mi estrenado deseo hacia su cuerpo y su ser. Pero tenía miedo de pensar qué pasaría con la magia cuando el primer beso llegara, cuando no fuéramos más que dos bocas o dos cuerpos, dos materias corpóreas sin luna y sol. No quería que se esfumara toda aquella tensión entre nosotros. No quería que de repente me pudiera decepcionar algo tan mundano como un beso, tan alejado de nuestra existencia en común, que sobrevivía en otra esfera del universo, alejada de todo lo común. Pero entonces el miedo se fue, y me dediqué a vivir aquel momento que aún recuerdo con nitidez. Recuerdo mis ansias creciendo en cada embestida de lenguas, el acercamiento de los cuerpos, sus manos recorriéndome por fin, las lenguas como llamas y las llamas como lenguas, la intensidad...Todo lo que habíamos deseado durante meses era por fin. De ahí surgió la letra de "Flame" pero más que nada surgió la parte material de aquello que ha mantenido unidos tantos meses, tantos días, tantas horas. "Una llama que nunca se apaga, encendida el 19 de diciembre de 2008" Todavía puedo leerlo grabado en el zipo que ya no tiene gasolina.


Un fin de semana fuera de aquí, un intento de creer que algo puede seguir funcionando, una forma desesperada de decirnos que nos amábamos aunque fuera difícil, que estábamos ahí por algo aunque a veces entre discusiones no pudiéramos ya sentirlo. Una larga caminata por el Alto Tajo, esperando que la naturaleza hablara lo que no podíamos hablar ya entre nosotros. Esperando que el tiempo y los pasos desvelaran lo que no podíamos expresar, ese huracán del primer beso transformado en peso. Faltaba la respiración, faltaban las ganas de continuar, sobraban los motivos para pararse, y las ganas de llorar no sé muy bien qué. Pero estábamos caminando con el frío, con el sonido de fondo de los cazadores, con el río a nuestra derecha, con la humedad en los huesos. Buscando un final. Buscando quizá un refugio, o una salida. Cuánto peso puede tener el amor en la esencia del ser, cuánto puede hacernos dudar, cuántas veces te planteas si será el último o no, cuánto miedo hay en eso. Y el amor, el miedo, todo a la vez me llevó a acercarme y pararme delante de él, con la capucha puesta, con la perilla, con la tristeza en los ojos como yo. Entonces lentamente le besé en los labios, y fue un beso desde el miedo pero más que nada desde la pena de decirnos "qué está pasando con nosotros, si aún nos queremos, qué no está funcionando, por qué te alejas cada vez más de mí..." Fue un beso lento, profundo, cargado de emoción, cargado de tristeza y bloqueo,también de un amor que nunca faltó. Fue más breve que el primero, pero con más significado, con una historia detrás tan grande que se hacía insostenible ya. No hubo palabras, no hicieron falta. Éramos él y yo solos, a solas, desde la soledad interior, desde el mal tiempo y los malos momentos. Continué caminando, como se sigue haciendo. Fue nuestro último beso, sin yo saberlo, sin quererlo. Pero fue quizá el beso más bonito y simbólico que nos hayamos dado en dos años. El más sincero, el más triste. Y el que más recordaré.

19 de diciembre y 31 de octubre. Los dos besos más importantes. El principio y el fin de un camino juntos. Quizá también el principio y el fin de un amor. La doble cara de una moneda que ya no tiene valor

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