El frío de noviembre (2008)

Camina lentamente sobre el frío helado de noviembre. Siempre que ve en el calendario el nombre del nuevo mes se acuerda de aquella película titulada "noviembre dulce" Nunca la vio, pero al esbozar el argumento que no sabe sueña con los dulces anhelados.

Camina sobre el hielo de noviembre. Lo siente dentro, calándole los huesos. Como siempre fue precavida y se echó sobre los hombros su querido abrigo negro. Le conoció en noviembre. Sí, en noviembre. No a principios, sino un poco después. Cuando ya había perdido la esperanza de un invierno largo acompañada. Se le acercó con las manos en los bolsillos y le preguntó cualquier tontería que ahora, caminando sola, no recuerda. Se ocultaba en su flequillo moreno y tupido, un poco largo de más. Ocultaba dentro el sufrimiento de quien no ha sabido querer demasiado. Ocultaba la frente pensante enredada en las horas del silencio. Se le acercó en noviembre, de hace ya no sabe cuántos años.

Los edificios pasan lentos a su alrededor, iluminados por luces artificiales de farolas grises y altas como sombras amenazantes. Se da cuenta entonces de que ha perdido el reloj, y con él el tiempo. Piensa en la paradoja de una ciudad que parece no avanzar con sus pasos y una vida que no obstante se escapa veloz.

No se ve a sí misma en ese punto estático, inmóvil, en el que estaba cuando le vio por primera vez traspasar la puerta, su jersey azul y su carpeta, y sus aires de grandeza. Su sonrisa abierta y blanca, de esas que hacen sonreír, atrapando a aquel que quisiera pararse a contemplarla. Se sentaba bajo el reloj azul que siempre marcaba minutos entre las ocho y las nueve. Se sentaba muy cerca de ella. Caminó a su lado en lo importante, siempre. Se imaginaba, tumbada a su lado, entre el calor de sus brazos, como en esa película que vieron tantas veces: ella perdiendo en los recuerdos toda una vida y un nombre, y él haciéndole recordar quién había sido, fiel junto a su cama de hospital, contándole la historia que entre los dos contruyeron, esa historia que ella, sin embargo, olvidaría pronto.

Sigue caminando con frío, y esos bloques de hormigón le suscitan una idea vaga de aquello que aprendió de arquitectura. Llevó a todos lados esos libros que él sacaba de la estantería repleta, y abría, y miraba de espaldas, bajo una luz también amarilla, con una camiseta amarilla. Se giró al verla en el quicio de la puerta y sonrió, con una boca en la que sonríen a su vez los ojos de dos colores juntos. Los ojos del mar frío del Cantábrico y la miel que fueron él. Se giró al verla, y en sus labios, giró también la vida de repente.

Se ve a sí misma en otro punto. Anduvo sin darse cuenta al menos un kilómetro abstraída. Cuánto tiempo. Cuánto tiempo ha pasado. Quiénes fueron. Quiénes realmente conformarán sus recuerdos, quiénes sus besos. Cómo pasaron los noviembres agrios delante de sus ojos tristes. En cuál de los minutos que hay entre las ocho y las nueve se perdió una vida. ¿Quién murió? ¿Fueron ellos, fue el amor y la pasión, fue la idea que tenía de sí misma? ¿Acaso murió ella?

Sólo sabe que respira y que camina en una calle desierta, con las manos rojas, que le duelen los pies y las rodillas, que le duelen las mejillas y el recuerdo. El tiempo. Las horas. Los días. La majestuosidad con que todo parece burlarse de ella mientras se hace pequeña bajo su abrigo negro.

Sólo sabe que camina hacia su casa, donde le espera la calefacción. Donde le esperan las personas que nunca dejaron de quererla.

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