Investida de embestidas
Me dueles demasiado dentro. Estabas demasiado dentro de mi cueva oscura y palpitante, de la pulsión de vida y la de muerte. Demasiado representado y saturado de investiduras en mi mente.
Te escribí hace mucho tiempo aquello de "déjame peinarte y desvestirte, acunarte en un embiste de caderas..." Tu respuesta fue muy clara, pero entonces me dio miedo. Se podría decir que lo hice. Sobre todo lo del embiste de caderas...qué pena quedarse con imágenes de algo que fueron como sueños dentro de un sueño. Tú eras mi deseo, y se ha ido contigo de la mano a recorrer otros caminos donde encontrarme, otras horizontales, otro tiempo, otra luz distinta de una vela que terminaba de acunar nuestro cénit onírico.
Hay sequía en mi cuerpo y sed de ti cuando te pienso y te recuerdo, y te alucino entre desvelos que parecen ciertos. Hay una losa que cae de golpe, nuestro amor convertido en piedra, en epitafio de un período temporal que será eterno. Tú y yo morimos entre el amor, entre jadeos y representaciones de lo sido, entre conflictos de quedarnos o irnos, entre distancias y cercanías imposibles de aguantar sin perecer a ellas, recorriendo rincones oscuros, lavándolos en la ducha de un hotel perdido en medio de la sierra. Caimos en otoño, cómo no, en la tercera ronda de una batalla con guantes de boxeo ensangrentados de los dos. Caimos en la enfermedad más dura: el desamor que viene casi impuesto. Caimos en la dificultad del sentimiento, pero no es lo mismo, mi amor...no es lo mismo que no sepas lo que sientes que no puedas sentir nada.
Te peinaba y me reía cuando tu cuerpo flotaba sobre el mío en una nube blanca y suave. Me sentía tu musa de plastilina cuando te besaba aquella piel cristalina entre la cadera y el vientre, mi zona favorita. Me bebía tus besos, me quemaban tus caricias. Ardíamos en la llama eterna del amor y la desdicha.
Ahora no somos más que cenizas y palabras sin techo...para esparcirse y destruir.
Te escribí hace mucho tiempo aquello de "déjame peinarte y desvestirte, acunarte en un embiste de caderas..." Tu respuesta fue muy clara, pero entonces me dio miedo. Se podría decir que lo hice. Sobre todo lo del embiste de caderas...qué pena quedarse con imágenes de algo que fueron como sueños dentro de un sueño. Tú eras mi deseo, y se ha ido contigo de la mano a recorrer otros caminos donde encontrarme, otras horizontales, otro tiempo, otra luz distinta de una vela que terminaba de acunar nuestro cénit onírico.
Hay sequía en mi cuerpo y sed de ti cuando te pienso y te recuerdo, y te alucino entre desvelos que parecen ciertos. Hay una losa que cae de golpe, nuestro amor convertido en piedra, en epitafio de un período temporal que será eterno. Tú y yo morimos entre el amor, entre jadeos y representaciones de lo sido, entre conflictos de quedarnos o irnos, entre distancias y cercanías imposibles de aguantar sin perecer a ellas, recorriendo rincones oscuros, lavándolos en la ducha de un hotel perdido en medio de la sierra. Caimos en otoño, cómo no, en la tercera ronda de una batalla con guantes de boxeo ensangrentados de los dos. Caimos en la enfermedad más dura: el desamor que viene casi impuesto. Caimos en la dificultad del sentimiento, pero no es lo mismo, mi amor...no es lo mismo que no sepas lo que sientes que no puedas sentir nada.
Te peinaba y me reía cuando tu cuerpo flotaba sobre el mío en una nube blanca y suave. Me sentía tu musa de plastilina cuando te besaba aquella piel cristalina entre la cadera y el vientre, mi zona favorita. Me bebía tus besos, me quemaban tus caricias. Ardíamos en la llama eterna del amor y la desdicha.
Ahora no somos más que cenizas y palabras sin techo...para esparcirse y destruir.
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