Éramos

Veníamos de no saber a dónde ir, de una cena quizá de secretos desvelados. Venías de enseñarme dónde habías vivido tus primeros años, tu residencia de universitario tiempo atrás, un episodio que desconocía y del que nunca habías hablado. Yo pensaba que las personas somos una caja de sorpresas, y me quedé algo desconcertada. Me dijiste de repente que querías repetir lo de la otra noche, y yo conduje intentando buscar las ganas de cambiar de tema tan pronto, intentando encontrar un lugar adecuado. Hacía frío, y paré el coche en un sitio oscuro. Había otros muchos y a ti te dio miedo. Yo reí y te dije "qué fino eres" pero la angustia no hizo más que crecer en tu rostro y supe que estábamos perdidos ya por esa noche, que los deseos se frustrarían entre palabras difíciles de oír y pronunciar. Creo que callaste, como solías hacer. Y sólo te cruzaste de brazos demostrando tu dolor. Yo giré el cuerpo ligeramente hacia la puerta, encogí las piernas y me encendí un cigarro tras otro. Tenía ganas de llorar por tantos finales parecidos. Me quedé en silencio, paralizada por el futuro. Decidiste comentarme qué te había molestado, y yo intenté, como tantas otras veces, explicarte que "fino" no es un insulto ni nada que hubiera dicho a mala intención, que era una simple broma que quizá había estado fuera de contexto. Me hablaste de tu país, de cómo sería esa situación allí, intentando que entendiera tu preocupación. Pero yo sólo pensaba "aquí las cosas son distintas y acabas de joder la noche" Conseguimos que aquello quedara en un malentendido. Entre medias hubo llanto, hubo elevación del tono de voz, hubo un deseo de largarte, y cuando te quedaste era yo la que quería irme. Pero no me atrevía a arrancar y dejarlo todo ahí, no quería dormir sin saber si mañana sería el día que llevaba meses esperando, ese en el que te largarías sin decir adiós. Quería salir, salir de todo el mundo que nos habíamos creado por idiotas y miedosos. Ante mi cabreo te giraste, mientras yo intentaba escapar por la ventana sin que lo supieras. Me dijiste más calmado que te mirara a los ojos, que me girara y te hablara. Yo no podía. No podía y te lo dije. Y cuando levanté los ojos en lágrimas me dio vergüenza que pudieras ver los efectos que tenías en mí. Quería rescatar los muros desde los rescoldos, pero el amor y el dolor de no encontrar salida era más fuerte que yo. Me cogiste la mano, y entonces pronunciaste aquella frase que quedará grabada en mi memoria. Te vi débil, pero te quise más todavía. En el fondo quería reírme de todo aquello contigo, que nos viéramos desde fuera y nos diéramos cuenta de lo ridículos que estábamos siendo. Te abracé, te pedí disculpas. Hiciste lo mismo. Quisimos cambiar el rumbo y terminar lo que empezamos. No he sentido más en ninguna experiencia. Aquel día éramos un solo cuerpo acompasado, fundiéndose lentamente. Te acunaba en un abrazo de miembros. Te perdías entre mi cuello. Me dijiste "cuídame" desde la voz rota. Lo repetiste varias veces hasta que pude articular una respuesta, y en realidad fue más una promesa interna. Me prometí cuidarte por el resto de mis días, costara lo que costara. Me prometí ser aquello, serlo para siempre. Y te respondí que lo haría, que lo haría...No podría describir lo que fuiste aquel día, en aquel momento, para mí. Me bloqueo al recordarlo. Me bloqueo al sentirlo de nuevo en mi cuerpo, la sensibilidad del que ama con todo. Éramos dos personas reconociendo un amor que sobrepasaba todo lo pensable y todo lo posible.

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