Aquel libro me hacía sentir tremendamente bien. Era como regresar a una infancia lejana en la playa de Ondarreta donde uno se integra en un grupo de amigos y hace salvajadas, y se enamora, y se fuma su primer cigarrillo...la infancia que yo no había tenido, ese duro pero emocionante proceso de socialización que yo me salté a la torera para acabar en la cama de un tío nueve años mayor que yo donde entré por la puerta grande en el arte del amor o el intento de querer. Hasta entonces leía novelas de Corín Tellado que nunca me entusiasmaron, me escribía cartitas con mi mejor amiga y salíamos al McDonalds los fines de semana. Mi amiga, por supuesto, ya se conocía las babas de aquel grupo de chicos con el que nos encontramos ya no recuerdo muy bien cómo. A mí me parecía que todos tenían demasiados granos en la cara como para ser dignos de ese compartimento de babosas en celo. Asi que me tocaba aguantar al pesado de turno, que no me había caído bien ni un solo segundo desde que le vi, y hablar de gilipolleces si es que me decidía a hablar. Volviendo al libro, era la historia de varias vidas contadas de una forma sencilla y sincera, donde uno se acababa convirtiendo en delincuente y haciendo retratos de cabezas grandes en la celda de una cárcel y otro estudiaba para funcionario de prisiones y veía el camino que las vidas de ambos habían tomado (lo clásico del bueno y el malo) Al final, claro, era mi parte favorita. Porque al final el bueno se encontaba con la chica a la que siemrpe había querido y nunca había podido tener del todo más que en su amor idílico, y resultaban coincidir en el momento temporal y vital, y se quedaba abierto a averiguar el resto de la historia. Yo siempre pensaba que se quedarían juntos, claro.
En mi corta vida no había esas suaves transiciones entre un momento y otro. Ahora recuerdo con cariño aquel amor con mi vecino, donde todo parecía real, y veíamos una y otra vez la peli de Grease y cantábamos las canciones, y nos dábamos la mano tiernamente. Creo que por vergüenza ninguno de los dos volvió jamás a hablar de todo aquello. Luego sólo soy capaz de recordarme viviendo una vida acelerada, viendo subir a un tío por una roca, intentando cuadrar en un grupo de veinteañeros pijos y a cual más gilipollas, y creyendo que viviría eternamente una vida paralela con copas y orgullos gays, y vacaciones en apartamentos de la playa, y cajas de cigarrillos fumados a medias...Lo único que me quedó de todo aquello fue la sensación de haber corrido demasiado, esta adicción al cigarro como compañero, la sensación de no haberme tenido que meter en todo aquello tan inconscientemente, su nombre que odio, y el relato del recuerdo sentada frente a una terapeuta desconocida. Pero sobre todo me quedaron las ganas de volver a leer ese libro.
En mi corta vida no había esas suaves transiciones entre un momento y otro. Ahora recuerdo con cariño aquel amor con mi vecino, donde todo parecía real, y veíamos una y otra vez la peli de Grease y cantábamos las canciones, y nos dábamos la mano tiernamente. Creo que por vergüenza ninguno de los dos volvió jamás a hablar de todo aquello. Luego sólo soy capaz de recordarme viviendo una vida acelerada, viendo subir a un tío por una roca, intentando cuadrar en un grupo de veinteañeros pijos y a cual más gilipollas, y creyendo que viviría eternamente una vida paralela con copas y orgullos gays, y vacaciones en apartamentos de la playa, y cajas de cigarrillos fumados a medias...Lo único que me quedó de todo aquello fue la sensación de haber corrido demasiado, esta adicción al cigarro como compañero, la sensación de no haberme tenido que meter en todo aquello tan inconscientemente, su nombre que odio, y el relato del recuerdo sentada frente a una terapeuta desconocida. Pero sobre todo me quedaron las ganas de volver a leer ese libro.
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