Sin límites

Yo hubiera querido ser aquella chica que se colaba por la ventana de un sótano para experimentar una vida adulta a escondidas. Hubiera querido acercarme a ti y saborearte, olerte, tocarte. Que te aproximaras a mi cuerpo aún sin estrenar para vivir en una misma noche la novedad y la pasión una y otra vez. Hubiera querido ser tu primer beso desnudos en el calor de la adolescencia. Pero llegué mucho después. Cuando tu vida había cambiado demasiado, cuando yo había dejado de ser una niña años antes. Estábamos compartiendo una cama después de unos cuantos meses imaginándonos, anhelándonos en la distancia. Estábamos lejos de todo, y en silencio se juntaron nuestros labios una vez más, y de repente estábamos enlazando los cuerpos, con manos ávidas. Mi instinto me llevó a comprobarte. Y en un momento tu piel rozaba la mía, tras una lucha entre sábanas y mantas donde encontrarnos sin hacer ruido. Nos tocábamos el uno al otro como en un sueño, a oscuras en medio de una habitación improvisada, arropados por calor en pleno invierno. Me bañaste con tu amor aquella noche, como un preámbulo a todo lo que llegaría después. Y nos reímos al sentirnos aún muy niños que sabían demasiado de las cosas. Al poder hacer un todo de la nada. Nos hablamos en susurros y dormimos como no lo habíamos hecho días atrás, muy avanzadas las horas, después del momento de delirio. Y al día siguiente intentamos disimular nuestras sonrisas, levantarnos con un golpe de agua fría en nuestros rostros exhaustos, caminar largas horas entre bosques. Fue nuestro secreto frente al mundo, nuestro primer momento de unión completa. Fue el inicio de algo que amenazaba con explotar desde la fuerza.

Pasaron muchos meses de subidas y bajadas, de conocimiento, de palabras, de besos. Entre medias de la bienvenida yo desfallecía unas cuantas veces a tu lado, sonreías en las tardes de domingo bajo el sol, no nos cansábamos el uno del otro e inventábamos nuevas formas de sentirnos más. Utilizábamos metáforas de la naturaleza para explicar aquel fenómeno de nuestros cuerpos hablando en silencio. Te besaba la piel blanca de los hombros suavemente, y hundía mi nariz en los rincones que adoraba. Nos bebíamos el agua de la piel si teníamos sed, y completábamos hazañas con te quieros que salían imparables desde dentro. Nos abrazábamos como niños que encontraron su hogar en mitad de embistes lentos. Se paraba el mundo y el reloj para nosotros. Se movía el cielo y los colores, veía tu pañuelo del revés cuando mi cuello se doblaba hacia atrás con tus caricias. Apartábamos almohadas a patadas, y volaban las ropas por el cuarto. Nos movíamos como uno en el espacio, y me agarrabas la mano dirigiéndome al Nirvana. Nos mirábamos directamente a los ojos suplicantes y felices. Me ponía seria al hacerlo. Encontraba en ellos el horizonte de un mar prometido en el que naufragar a la deriva de un destino. Me estremecía ante tu delicadeza y tus silencios. Y gritaba de alegría entre tu cuerpo.

Cuando llegó la bienvenida no pudimos hacer más que pasar los días entre sábanas. Los cafés nunca llegaban, o se quedaban fríos en la mesa. Apresurados, escríbiamos una hora. Y faltaba sólo volar hasta la cama. Nos urgía la prisa de sabernos de nuevo juntos. Queríamos probar nuestro amor estrenado a base de besos y promesas calladas. Queríamos medir la fuerza de dos personas nuevas, y te acercabas lentamente mientras hablaba de mi día para arrastrarme por la cintura hacia las sendas del placer sin límites. Me mirabas, feroz, desde quien eras. Me retabas a crecerme cada vez. Y atrevidos descubrimos una fuente inagotable. El amor. En todas sus formas posibles. Siempre nuevo, siempre impredecible. Siempre más grande y completo en nuestra unión.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Vacío fértil

Siete esquinas,7

la varita