Gilda, tú y yo (enero 2009)
Está sentado frente a mí. Tiene la guitarra entre las manos, y la acaricia lentamente. Las cuerdas comienzan a vibrar de forma ligera. Son presionadas por sus dedos ávidos que intensifican el sonido de un alma. Sé entonces que el alma, si existe, habita dentro de la caja de su guitarra. La siento salir gimiendo de dolor y de placer, de rabia y alegría...depende de a quién quiera encontrar entre sus ecos del pasado, el presente y el futuro. Vino desde lejos, viajó mucho para ser tocada allí, a aquella hora y en aquella cama de un metro veinte en la que yo me siento sólo a escucharla y a mirar la emoción de aquel que le da voz. Además sé, mientras le miro a él, que son sobre todo sus manos las que admiro, con sus dedos largos y su forma de rozar recuerdos, que quisiera hacer algún día míos también. Son las melodías que traspasan paredes y puertas en el anochecer y en las mañanas, las que iluminan mi cara ante el espejo. La cara que lavé hace tan sólo un momento para limpiar un interior que siento sucio a veces. Cuál es tu nombre...mi nombre al escuchar es Gilda, o al menos quisiera ser ella entre tus dedos. Quisiera expresar sentimientos con esa capacidad de resonar dentro de ti. Ser el soporte de las ideas que te llegan a las tantas de la mañana. Enseñarte cómo gime dentro el sonido de lo morado y amarillo.
No me importa compartir la cama si es con ella, porque sé que en ella estás sobre todo tú. Que en sus curvas te hiciste poco a poco un hombre que ahora enseñas. Sé que probablemente te acompañó en los peores momentos. Y por eso la dejo descansar a nuestro lado, sin sentir que me desplaza ni un segundo. Porque son para mí pocas las horas que paso escuchándola en algún rincón de la casa. Y la adoro al contener todos tus yoes. Y la adoro por dejar tu alma libre en lo etéreo del aire que respiro.
No me importa compartir la cama si es con ella, porque sé que en ella estás sobre todo tú. Que en sus curvas te hiciste poco a poco un hombre que ahora enseñas. Sé que probablemente te acompañó en los peores momentos. Y por eso la dejo descansar a nuestro lado, sin sentir que me desplaza ni un segundo. Porque son para mí pocas las horas que paso escuchándola en algún rincón de la casa. Y la adoro al contener todos tus yoes. Y la adoro por dejar tu alma libre en lo etéreo del aire que respiro.
Comentarios
Publicar un comentario