El proceso
Comencé a fumar cuando tenía 16 años. Para algunos el primer cigarro supone un acto meramente social, el intento de pasar de niño a mayor, de revelarse contra algún tipo de autoridad...Pero mi primer cigarro no fue eso, y hoy al pensarlo estaba intentando encajar piezas.
La primera vez que decidí fumarme un cigarro estaba completamente sola. Me encerré en el baño de una casa que no era la mía y elaboré todo el proceso como una experiencia puramente individual e independiente. Buscaba un rincón donde esconderme de muchas cosas, donde decidir por mí misma, donde hacerme responsable de las consecuencias, donde nadie pudiera entrar ni invadirme, ni opinar ni juzgar. Quería que formara parte de mí en la medida en la que no formaba parte de nadie más.
Se podría decir que fue mi primer síntoma. Se podría, analizándolo, llegar a la conclusión parcial de que fue una manera de regresión a un punto de fijación de la infancia, donde todo aquello que tenía que ver con mis deseos de supervivencia se satisfacía a través de lo oral. El simbolismo no deja de ser la incorporación del otro. Quizá a quien más quería incorporar era a mí misma.
Podría decir que entonces mi mente percibía y no percibía a un mismo tiempo lo que me estaba pasando. Intentó buscar muchas defensas que fueron siendo sustituidas a medida que iba pasando el tiempo. Primero lo negué, luego lo reprimí. Posteriormente lo intenté olvidar, y finalmente me abandoné a la pulsión de muerte, queriendo regresar a lo inanimado, queriendo vaciar por completo mi mente, queriendo dejar de existir, convertirme en algo anterior a mí misma. No ser.
Me pilló en un momento donde uno intenta poner a prueba todo lo aprendido. Me encontré con el polo opuesto a aquello que me habían intentado inculcar. Quizá no podía seguir siendo aquella niña responsable y culpable, más madura para su edad. Quizá quería saber cuáles eran mis límites, dónde estaba. Puede que simplemente intentara encontrar un lugar que nunca había sentido que fuera mío. Y encontré ese lugar en lo que otro era. Pero lo que el otro era suponía el mayor daño posible para el ser. Dejé de mirarme a mí misma, en ese miedo de pensar en qué podía convertirme, en ese miedo de conocerme, de experimentarme y vivirme, y miré hacia el otro, olvidándome de lo que había sido y de lo que quería ser.
No fui consciente. Pero ahora puedo poner en palabras todo esto, y puedo hablar de algo sobre lo que no he hablado durante mucho tiempo por seguir defendiéndome. Pienso que sólo podré dejar salir toda la emoción que fue destruida dentro de mí o anclada o grabada a fuego, si consigo ponerlo en palabras, si consigo saber por fin, encontrar una explicación a lo que viví como tan inexplicable, como una especie de mala suerte sin fin.
No pude recuperarme bien de aquello. No supe cómo hacerlo. No se me ocurrió pensar que pudiera pasarme factura. Pero está. Todo el pasado se reactualiza en el momento presente de la mente, porque es dinámica. Y todo queda en alguna parte, y vuelve en determinados momentos. Se remueve por dentro si no ha podido salir. Y aquí estoy.
Puedo entender que no es cuestión de culpar a nadie. Cada cual aguanta su vela, y cada cual se hace o no más o menos consciente todo lo que es para sí mismo y para los demás. Supongo que él no lo sabía. No sabía de su poder destructor. No sabía cuánto se odiaba a sí mismo y por qué necesitaba hacer lo que hacía con la persona que tenía a su lado. Supongo que no imaginaba que hubiera otras formas posibles de relacionarse, que no sabía qué era el amor, o sentirse querido. Supongo que me cargó con todo aquello de lo que él no podía hacerse cargo. Entender que yo formé parte de eso de forma voluntaria aunque inconsciente conlleva que no haya que levantar el hacha frente a nada, que no necesite sentarme frente a él para decirle. Supone que me sienta libre de poder encajar las piezas de un puzle, las piezas de un jarrón que se hizo pedazos.
La primera vez que decidí fumarme un cigarro estaba completamente sola. Me encerré en el baño de una casa que no era la mía y elaboré todo el proceso como una experiencia puramente individual e independiente. Buscaba un rincón donde esconderme de muchas cosas, donde decidir por mí misma, donde hacerme responsable de las consecuencias, donde nadie pudiera entrar ni invadirme, ni opinar ni juzgar. Quería que formara parte de mí en la medida en la que no formaba parte de nadie más.
Se podría decir que fue mi primer síntoma. Se podría, analizándolo, llegar a la conclusión parcial de que fue una manera de regresión a un punto de fijación de la infancia, donde todo aquello que tenía que ver con mis deseos de supervivencia se satisfacía a través de lo oral. El simbolismo no deja de ser la incorporación del otro. Quizá a quien más quería incorporar era a mí misma.
Podría decir que entonces mi mente percibía y no percibía a un mismo tiempo lo que me estaba pasando. Intentó buscar muchas defensas que fueron siendo sustituidas a medida que iba pasando el tiempo. Primero lo negué, luego lo reprimí. Posteriormente lo intenté olvidar, y finalmente me abandoné a la pulsión de muerte, queriendo regresar a lo inanimado, queriendo vaciar por completo mi mente, queriendo dejar de existir, convertirme en algo anterior a mí misma. No ser.
Me pilló en un momento donde uno intenta poner a prueba todo lo aprendido. Me encontré con el polo opuesto a aquello que me habían intentado inculcar. Quizá no podía seguir siendo aquella niña responsable y culpable, más madura para su edad. Quizá quería saber cuáles eran mis límites, dónde estaba. Puede que simplemente intentara encontrar un lugar que nunca había sentido que fuera mío. Y encontré ese lugar en lo que otro era. Pero lo que el otro era suponía el mayor daño posible para el ser. Dejé de mirarme a mí misma, en ese miedo de pensar en qué podía convertirme, en ese miedo de conocerme, de experimentarme y vivirme, y miré hacia el otro, olvidándome de lo que había sido y de lo que quería ser.
No fui consciente. Pero ahora puedo poner en palabras todo esto, y puedo hablar de algo sobre lo que no he hablado durante mucho tiempo por seguir defendiéndome. Pienso que sólo podré dejar salir toda la emoción que fue destruida dentro de mí o anclada o grabada a fuego, si consigo ponerlo en palabras, si consigo saber por fin, encontrar una explicación a lo que viví como tan inexplicable, como una especie de mala suerte sin fin.
No pude recuperarme bien de aquello. No supe cómo hacerlo. No se me ocurrió pensar que pudiera pasarme factura. Pero está. Todo el pasado se reactualiza en el momento presente de la mente, porque es dinámica. Y todo queda en alguna parte, y vuelve en determinados momentos. Se remueve por dentro si no ha podido salir. Y aquí estoy.
Puedo entender que no es cuestión de culpar a nadie. Cada cual aguanta su vela, y cada cual se hace o no más o menos consciente todo lo que es para sí mismo y para los demás. Supongo que él no lo sabía. No sabía de su poder destructor. No sabía cuánto se odiaba a sí mismo y por qué necesitaba hacer lo que hacía con la persona que tenía a su lado. Supongo que no imaginaba que hubiera otras formas posibles de relacionarse, que no sabía qué era el amor, o sentirse querido. Supongo que me cargó con todo aquello de lo que él no podía hacerse cargo. Entender que yo formé parte de eso de forma voluntaria aunque inconsciente conlleva que no haya que levantar el hacha frente a nada, que no necesite sentarme frente a él para decirle. Supone que me sienta libre de poder encajar las piezas de un puzle, las piezas de un jarrón que se hizo pedazos.
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