Equilibrista

Camino por una cuerda. En la delgada línea de metal los pies no tienen heridas. Me sostienen en el equilibrio de una vida. La red que aguantará la caída soy yo misma. No importa el grosor de la cuerda. Sé que debo compensar todo el peso que hay dentro de mi cuerpo para ajustarlo a ella. Un mal paso y volaré en el vacío descendente unos segundos, como si fuera nada. A la izquierda el inconsciente, la locura total del que delira, del que alucina recuerdos que fueron satisfactorios. Del mismo lado, el pasado, aquello a lo que nunca más podré volver. A mi derecha lo consciente, la razón, la verdad, lo real. Yo simplemente miro al frente. Para ser un buen equilibrista he de situarme entre los dos y seguir caminando. Al final está sólo el futuro, y estoy yo, atravesada por multitud de estímulos que tiran de mí para aprovechar el impulso de quien no se sostiene. Un pie delante del otro, lentamente. Cierro los ojos y encuentro la esencia, y hacia ella me dirijo titubeando. Sólo hay un foco, puesto sobre mí, que ilumina lo que he sido y en lo que me estoy convirtiendo. Mi cuerpo no pesa, lo material no pesa, me deshice de la mochila antes de probar mi defensa. Los músculos aguantan la gravedad. Llegaré al otro lado si consigo mantenerme en pie y confío en que los pasos se hacen al andar.

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