Mi primera lección
Varios segundos pasan desde mi pregunta hasta tu respuesta. Entretanto, te quedas mirándome fijamente, como si la información no hubiera podido traspasar aún la barrera del sufrimiento repetido. Estás frente a mí, pero no estás. Y lo noto en tu enlentecimiento. Me planteo mil hipótesis posibles en mi mente. Pero no hay lugar a dudas al hablarme de esas pastillas, ni de tu historia de vida, con tantas muertes a las espaldas. Al pensar en ello me doy cuenta y llego a una conclusión que duele y pesa: siempre se dice aquello de que la mente puede llegar a límites insospechados, que aguanta mucha emoción sin tramitar. Pero ahora sé que todo tiene un límite, y presiento el tuyo en tus formas. No hay fuerza que soporte tanta muerte. Y has decidido dejar de estar de alguna manera en el día, para pasar a pertenecer sólo a las sombras de fantasmas, sólo a los huecos sin llenar, sólo a la pena.
No hay lugar a dudas ni a palabras cuando me enseñas tu brazo. Yo hago que no entiendo y te pregunto (quiero que me cuentes tú, desde ti) qué es eso que mis ojos están viendo tan claramente. Y me contestas con la voz casi quebrada y en susurros, y me hablas de una vida que no es vida. Y me hablas de tu forma de enfrentarlo o de escapar. Te entiendo. No puede haber más humanidad en mí condensada en un momento así. No puedo más que contestar con el silencio y mi acompañamiento. La idea de morir siempre me ha partido el cuello, y por eso lo doblo ante esa imagen y grito desgarrada desde dentro.
Cuánta frustración me queda en esta profesión que yo misma elegí. Cuánta imposibilidad y cuántos noes. Cuánta libertad por asumir. Cuánto respeto a lo que veo y lo que siento. Cuántas barreras para poder olvidar lo inolvidable. Cuánta fuerza en lo que soy.
Un presentimiento me inunda cuando no puedes hacerte ni tan siquiera una idea mental de tu futuro. Me digo a mí misma que puede ser que seas mi primera renuncia, mi primera gran lección. Me digo a mí misma que nunca debo olvidar esta charla contigo, porque más que preguntas es una charla entre dos humanos con distintas vidas y formas de entenderla. Me digo a mí misma: recuerda. No entres en ello, y recuerda. Por si algún día te sientes como se siente esta mujer. Por si algún día dudas de tu capacidad para seguir. Recuerda que tuviste la oportunidad de hablarle, de hacerla sentir entendida, de hacerla sentir respetada. Que te enfrentaste a un momento duro porque quisiste llegar a la raíz de todo siempre. Y en ella estás, y desde ella te comprometes a seguir, y a hacer todo lo posible. Y a no perderte.
Sólo puedo decir que me interesas, que te escucho y que estoy, y despedirme (quién sabe si para siempre) de ti, con mi mejor sonrisa.
No hay lugar a dudas ni a palabras cuando me enseñas tu brazo. Yo hago que no entiendo y te pregunto (quiero que me cuentes tú, desde ti) qué es eso que mis ojos están viendo tan claramente. Y me contestas con la voz casi quebrada y en susurros, y me hablas de una vida que no es vida. Y me hablas de tu forma de enfrentarlo o de escapar. Te entiendo. No puede haber más humanidad en mí condensada en un momento así. No puedo más que contestar con el silencio y mi acompañamiento. La idea de morir siempre me ha partido el cuello, y por eso lo doblo ante esa imagen y grito desgarrada desde dentro.
Cuánta frustración me queda en esta profesión que yo misma elegí. Cuánta imposibilidad y cuántos noes. Cuánta libertad por asumir. Cuánto respeto a lo que veo y lo que siento. Cuántas barreras para poder olvidar lo inolvidable. Cuánta fuerza en lo que soy.
Un presentimiento me inunda cuando no puedes hacerte ni tan siquiera una idea mental de tu futuro. Me digo a mí misma que puede ser que seas mi primera renuncia, mi primera gran lección. Me digo a mí misma que nunca debo olvidar esta charla contigo, porque más que preguntas es una charla entre dos humanos con distintas vidas y formas de entenderla. Me digo a mí misma: recuerda. No entres en ello, y recuerda. Por si algún día te sientes como se siente esta mujer. Por si algún día dudas de tu capacidad para seguir. Recuerda que tuviste la oportunidad de hablarle, de hacerla sentir entendida, de hacerla sentir respetada. Que te enfrentaste a un momento duro porque quisiste llegar a la raíz de todo siempre. Y en ella estás, y desde ella te comprometes a seguir, y a hacer todo lo posible. Y a no perderte.
Sólo puedo decir que me interesas, que te escucho y que estoy, y despedirme (quién sabe si para siempre) de ti, con mi mejor sonrisa.
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