Horquillas
Cuántas veces he hecho este ritual, durante cuántas noches que hemos compartido cama, sueño, insomnio y despertares. A veces te desesperabas, arropado hasta la barbilla como un niño, mientras yo iba al baño, llenaba la botella de agua y me la bebía de un trago junto a ti. Me quitaba las horquillas del pelo, una a una. Me deshacía del sujetador y lo lanzaba a la mesa, y aún tardaba mi tiempo en acurrucarme entre las sábanas. Casi siempre guardabas ese hueco para mí, entre tu hombro y tu pecho, y el olor de tu piel me hacía dormir como un somnífero. Yo me empeñaba en el detalle de dar las buenas noches. Me empeñaba en tantas cosas sin sentido...ahora comprendo que todo el ritual o el darse un beso antes de dormir no eran gran cosa. No eran nada. Porque dos meses después daría cualquier cosa por uno solo de esos pasos realizados en tu compañía.
En ocasiones las horquillas se perdían entre las sábanas, se caían al suelo e iban apareciendo en tu almohada días después. Tú las recolectabas, y las volvías a dejar en la mesilla para mí. Te reías al encontrarlas. Parecía una lluvia imparable.
En tu habitación hemos vivido muchas cosas. Recuerdo grabarte en tu lucha por atrapar a una polilla que yo detestaba. Era la época en que quería captar nuestra vida en común en pequeños instantes. Tú trepabas por la cama, por las sillas, por los muebles, y alcanzabas el brazo hacia el techo. Te acercabas lentamente, como si la polilla pudiera verte, y casi siempre conseguías atraparla por un ala con suavidad. Abrías la ventana, y la dejabas volar hacia afuera. Luego reíamos, cuando yo había conseguido calmarme y aquello me había empezado a parecer desde hacía un rato algo cómico. O tantas veces que me has desvelado por atrapar al famoso mosquito que no paraba de zumbar cerca de tu oído. Una vez incluso, desde tu exageración para estas cosas, me dijiste que aquel mosquito contenía una cantidad impensable de sangre, y dejaste la muestra en la pared, junto al póster de Bob Marley que te regalé al poco de empezar contigo.
Las noches son tristes sin ti.
Al menos, en la oscuridad puedo camuflarme, y la gente deja de preguntarme cosas estúpidas, como si estoy enfadada o por qué no salgo, o si estoy ya mejor que cuando me dejaste. Dejan de preguntarme alegremente si estoy de bajón, y de darme esos consejos inútiles como decirme lo guapa que estoy o que mejor sola, o que es normal tener pequeños momentos tristes. Porque de día tengo ganas de contestarles que de nada me importa estar más o menos guapa, que la tristeza no cesa aunque lo intente disimular ni un segundo del día, o que el mayor problema es que me siento sola. Muy sola. En la noche puedo dejar que se escape alguna lágrima en tu memoria, escribir sobre recuerdos que no tienen sentido, imaginarte cerca o dentro de mí como estabas antes. En la noche puedo volver a llamarte bebé, puedo rezar a un dios en el que no sé si creer que te devuelva a mi lado. Puedo descargar todo el día y pensar que quizá mañana todo cambie.
Al quitarme las horquillas me acordé de estas tonterías que han sido parte de mi vida y sentí el impulso de escribirlas para pasar el nudo en la garganta. Me vienen recuerdos de ti como flashes a todas horas, y si alguien me preguntara qué hago cuando eso me ocurre le diría: simplemente dejo que se queden el tiempo suficiente hasta que deciden irse dejando su lugar a otras ideas. No sé, es una forma algo metafórica de decir que me duelen y que intento barrerlos, como siempre dije. Me hacen gracia ahora todas esas frases que yo misma he repetido a los demás hasta la saciedad: el dolor pasa, barre los pensamientos que te hagan daño, piensa en positivo, transforma tus quejas en algo más leve...Lo cierto es que ahora no encuentro consuelo en nada, y me da miedo saberlo. Lo cierto es que todo es como una gran pesadilla, y es difícil ya coger cada cosa a su tiempo, porque el tiempo se ha quedado anclado en ti.
La verdad es que te echo de menos. Más de lo que me reconozco.
En ocasiones las horquillas se perdían entre las sábanas, se caían al suelo e iban apareciendo en tu almohada días después. Tú las recolectabas, y las volvías a dejar en la mesilla para mí. Te reías al encontrarlas. Parecía una lluvia imparable.
En tu habitación hemos vivido muchas cosas. Recuerdo grabarte en tu lucha por atrapar a una polilla que yo detestaba. Era la época en que quería captar nuestra vida en común en pequeños instantes. Tú trepabas por la cama, por las sillas, por los muebles, y alcanzabas el brazo hacia el techo. Te acercabas lentamente, como si la polilla pudiera verte, y casi siempre conseguías atraparla por un ala con suavidad. Abrías la ventana, y la dejabas volar hacia afuera. Luego reíamos, cuando yo había conseguido calmarme y aquello me había empezado a parecer desde hacía un rato algo cómico. O tantas veces que me has desvelado por atrapar al famoso mosquito que no paraba de zumbar cerca de tu oído. Una vez incluso, desde tu exageración para estas cosas, me dijiste que aquel mosquito contenía una cantidad impensable de sangre, y dejaste la muestra en la pared, junto al póster de Bob Marley que te regalé al poco de empezar contigo.
Las noches son tristes sin ti.
Al menos, en la oscuridad puedo camuflarme, y la gente deja de preguntarme cosas estúpidas, como si estoy enfadada o por qué no salgo, o si estoy ya mejor que cuando me dejaste. Dejan de preguntarme alegremente si estoy de bajón, y de darme esos consejos inútiles como decirme lo guapa que estoy o que mejor sola, o que es normal tener pequeños momentos tristes. Porque de día tengo ganas de contestarles que de nada me importa estar más o menos guapa, que la tristeza no cesa aunque lo intente disimular ni un segundo del día, o que el mayor problema es que me siento sola. Muy sola. En la noche puedo dejar que se escape alguna lágrima en tu memoria, escribir sobre recuerdos que no tienen sentido, imaginarte cerca o dentro de mí como estabas antes. En la noche puedo volver a llamarte bebé, puedo rezar a un dios en el que no sé si creer que te devuelva a mi lado. Puedo descargar todo el día y pensar que quizá mañana todo cambie.
Al quitarme las horquillas me acordé de estas tonterías que han sido parte de mi vida y sentí el impulso de escribirlas para pasar el nudo en la garganta. Me vienen recuerdos de ti como flashes a todas horas, y si alguien me preguntara qué hago cuando eso me ocurre le diría: simplemente dejo que se queden el tiempo suficiente hasta que deciden irse dejando su lugar a otras ideas. No sé, es una forma algo metafórica de decir que me duelen y que intento barrerlos, como siempre dije. Me hacen gracia ahora todas esas frases que yo misma he repetido a los demás hasta la saciedad: el dolor pasa, barre los pensamientos que te hagan daño, piensa en positivo, transforma tus quejas en algo más leve...Lo cierto es que ahora no encuentro consuelo en nada, y me da miedo saberlo. Lo cierto es que todo es como una gran pesadilla, y es difícil ya coger cada cosa a su tiempo, porque el tiempo se ha quedado anclado en ti.
La verdad es que te echo de menos. Más de lo que me reconozco.
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