Época de vino y rosas

En la época de vino y rosas cantábamos a Silvio. Las voces se empastaban para hacer de la melodía en la guitarra una canción compartida y bonita. Siempre pedíamos las mismas y tú te cansabas de tocarlas una y otra vez. Hacíamos reuniones donde no faltaba nadie hasta altas horas de la noche, y nos sorprendía el día charlando con tu casa patas arriba y ese olor a cerveza y humo en el salón.

En la época de vino y rosas yo no sabía si besarte en público, y me empeñaba en reservarlo para esas horas sin manillas en el reloj, en las que estábamos solos y llenos de luz propia. Sólo tú y yo sabíamos lo que empezaba a fraguarse entre nosotros, y nos sentábamos alejados el uno del otro en el sofá si había más gente. Nadie podía opinar entonces ni había intermediarios. Era algo tan íntimo y especial que preferíamos callarlo ante el mundo, dejar las palabras para las conversaciones, y simplemente vivirlo. Nos mirábamos a los ojos al cantar, se quejaban de nuestra dificultad para tomar la iniciativa, y les hacíamos sentir incómodos cuando nos olvidábamos de que existían y jugábamos a seducirnos.

En la época de vino y rosas no existían ya los e-mails, y todo había pasado a formar parte de una realidad que parecía más bien sueño. Contactabas conmigo en el móvil, proponiendo algún plan en el que la única condición era que estuviéramos los dos y el escenario daba un poco igual. A veces nos tumbábamos en tu cama a charlar sobre nada en concreto y sobre todo a la vez, con incienso y velas, y así se nos pasaban los días, conociéndonos.

En aquella época yo te decía que no de vez en cuando. Me sorprendía tu insistencia aunque hubieran pasado pocas horas desde las últimas palabras. Y te preguntaba por qué querías verme de nuevo si ya habíamos pasado la tarde anterior juntos. Me preparabas té verde, las visitas al baño eran entre reflexión y reflexión y nos dábamos tiempo para acrecentar ideas en la mente. Era cuando no sabía aún en qué armario de tu casa guardabas cada cosa. Cuando no teníamos que decidir qué tipo de infusión hacer, y sólo había té verde y eso bastaba como excusa para el resto de las horas del día.

Yo caminaba descalza por tu casa con mi propia ropa. Se nos ocurrían cosas a las que luego yo pondría pegas, como cuando sacamos el sofá a tu terraza para contemplar la noche con una copa de vino. Podía pasar horas escuchándote tocar la guitarra y alabando nuevas composiciones.

En la época de vino y rosas tú aún me querías, más que nunca. Y yo aún me sentía libre, más que en cualquier otro momento de mi vida. Éramos dos personas a los que no se les ocurría nada mejor que hacer que estar el uno junto al otro. Y el mundo dejaba de existir.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Vacío fértil

Siete esquinas,7

la varita