"Pepeño"

Antes de dormir hoy siento tu presencia. Y se me viene de ti la sensación de una profunda amistad, más allá de las caricias de fuego que nos caracterizaban y el carácter arrollador. Recuerdo que fuiste mi amigo en muchas cosas, en los pitis en el coche cuando me escocían los ojos del humo o me dolía la cabeza del tabaco de liar. Recuerdo nuestro primer beso de una forma nítida ahora: me dijiste algo así como "ven aquí" y yo me tiré sobre tu gesto con toda mi pasión de los 17, con todo mi entusiasmo e ilusión. Hablábamos de muchos temas que han quedado olvidados para siempre en mi memoria. Pero no pasa el tiempo para las miradas y tu suficiencia, para tu risa abierta o tu pelo con vetas rubias, para tus muslos anchos y tu postura al sentarte, para tus brazos cruzados sobre el pecho inclinado hacia atrás. Me decías que te gustaba la forma que adoptaban mis labios al sujetar el cigarro segundos antes de encenderlo. O mi timidez bajo mi abrigo negro. Recuerdo las charlas en los viajes de horas, donde nos sentíamos unidos por algo común (quizá la juventud y la novedad)Recuerdo tu polo de rayas anchas beige y verde, que me gustaba ponerme a veces. Se me viene vagamente tu olor, casi dulzón, y el color de tu habitación azul fuerte en aquellas horas previas a las clases en las que deseábamos que se cancelara para poder disfrutarnos más. Recuerdo el día en que sentada en tu cama te dije que pensaba que quizá no estaba preparada para el amor. Tu imagen en color azul, debajo de tu jersey blanco de cuello vuelto, desde abajo, tras la que entonces era mi película favorita. Recuerdo el sofá de cuero negro donde sudábamos el resto en verano, y donde dimos rienda suelta a muchas fantasías. También decidimos allí ese primer día de encuentro. Sentada a horcajadas sobre ti y con la temperatura palpitando te dije "el próximo miércoles" y quedamos en eso, y lo cumplimos, de una forma u otra. Los bailes agarrados donde había mucho movimiento, las fotos de caras pegadas, las risas.

No siempre fuiste el mejor amigo. Me fallaste también en el peor momento de mi vida, aquel abril en que todo dio un vuelco inesperado. No quería creer entonces que no estuvieras después de todo y me agarraba a la idea de una confusión o un despiste. Luego me hablaste de razones, pero nunca llegó a ser suficiente para mí. Los demás me decían que no entendían por qué te había perdonado algo así, pero yo no podía enfadarme contigo. Supongo que en aquel momento estuve principalmente sola, y que los demás fueron agentes catalizadores de emociones demasiado confusas. Supongo que tirarste hacia tu vida, y de alguna manera te vendiste al mejor postor. Ahora con el tiempo todo adquiere perspectiva.

Me quedan de ti miles de fotos. Te gustaba mucho inmortalizar momentos. Me quedan cumpleaños y recuerdos de transición de una etapa a otra. Me quedan las visitas a tu facultad para acabar yéndonos juntos a un lugar apartado. Tu forma de pronunciar, tan desinhibida. Tu imagen fumando. Me queda tu olor a galleta. Tu acompañamiento. Una alianza de oro con una inscripción. Entonces pensábamos que sería un para siempre, pero terminó con el clásico "incompatible" de por medio. Nos reconciliamos tiempo después, cuando yo lucía ese escote con mi jersey negro y te esperaba durante un rato en mi coche amarillo, aparecer por un parque poco iluminado para perdernos en la luz de las miradas, en la oscuridad de las noches.

Pensaba en ti porque fuiste alguien importante, con quien hubo pocas palabras posteriores. Porque sé que fuiste mi primer gran amor, si es que eso existe. Porque sé que estás feliz ahora, que te sientes más mayor y no más viejo, que te has vuelto ordenado y responsable, y que quieres con la misma intensidad a una mujer que me figuro bellísima. Porque has crecido, y sobre todo porque no esperaba otro final para ti que el saberte feliz y en tu vida.

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