Dos

Todo es más fácil en la imaginación. Cuando pensamos que lo fantaseado o imaginado puede hacerse real, inevitablemente nos invade un cierto temor. Pueden llegar a temblar las piernas mientras caminas de vuelta hacia tu coche, o representarte un laberinto sin salida en el que no sabrás muy bien cómo responder. Después todo parece irreal y remoto. Y el sueño te vence deseoso de hacer su función de cada día con lo latente de la realidad. Incluso despierto, cambias escenas en tu mente pocos minutos después, cuando te encuentras en la soledad segura y tranquila de una habitación que reconoces como tuya. Las imágenes crecen, y entonces ya no es él recostado sobre un sofá, sino tú acercándote a sus labios. Ya no es él manteniendo una distancia frente a ti, sino tú deshaciéndola con un abrazo. Tu imagen ante un espejo y una cuenta atrás de plantas no es la misma. En tus ojos hay diferencias entre ambas, pensamientos distintos. En la primera piensas que esa luz destaca todos tus defectos, que es tan potente que puedes verte tal cual. En la segunda tu imagen se superpone a su rostro, y una capa de incertidumbre te envuelve, y una confusión le sigue. Hay un momento de duda. Cuando las puertas aún no se han cerrado. Cuando se pulsa un botón hacia la salida y el aire cargado de lluvia. El dedo titubea y hay dos finales: en el primero se pulsa y se cierran las puertas. En el segundo se da un paso atrás y vuelves para que otra se abra de nuevo.

La vida es un continuo entre realidad y fantasía. Es una serie de decisiones en un tiempo y espacio concretos. Es un me voy y un me quedo. Es un abierto y cerrado. Es un atrevimiento y un miedo. Es un él y yo, y un él y él.

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