Madurez
Me tumbo en el diván y pienso muchas cosas. No he comido aún, tampoco tengo hambre, pero los huesos me pesan más que los kilos de más. Observo el cuadro mil veces contemplado ya y pienso "hay algo nuevo en él" pero me confundo con una absurda percepción de la que no tardo mucho en darme cuenta. Es que normalmente contemplo el sol, y la escalera que lleva hacia él, o el cuadrado con flores naranjas. Hay 9 y su forma es desigual en cada una de ellas. Una vez más no sé de qué hablar y comienzo con algo estúpido, cuestión de horarios y cuadrar tiempos. Luego una cosa me lleva a la otra, mientras ella está sentada en el sillón negro y se mueve. Pienso "qué le habrá dicho mi cara hoy" pienso también que no quiero salir de allí. Quiero quedarme un rato más, simplemente llorando, dejando que la pena salga, que la confusión se vaya marchando lentamente. Cuando atravieso el portal siempre tengo la sensación de que la gente me mira extrañada. Tengo los ojos llorosos y camino un poco más lento, como si estuviera cansada. Realmente al tumbarme en ese sofá morado llego a sentir que estoy cansada de la vida, que no sé por dónde cogerla. Hoy, al salir del número 16, todavía sonándome los mocos y fumándome un cigarro que acababa de encender, me he cruzado con un hombre y su hijo. El hombre no era muy mayor y su hijo se apoyaba de su hombro. Tenía, era evidente, una discapacidad mental que le obligaba a caminar más lento. He levantado la mirada del suelo y he cruzado mis ojos con los de ese hombre. Nos hemos dicho muchas cosas en silencio, tan sólo un segundo. Pero después de poner en palabras me entran unas ganas tremendas de callarlo todo, de dejar de escucharme en el camino de vuelta a casa, de intentar salir de ese estado de somnolencia y difuminación de la realidad. Le he dicho "tú también sufres, y te entiendo" y el hombre me ha sonreído levemente. Luego he tenido ganas de acercarme al hombre que pedía en el metro y ponerle, simplemente, una mano en el hombro en señal de comprensión, pero me he abstenido. Quizá estaba demasiado sensible, o quizá es que acababa de darme cuenta de otras muchas cosas y no sabía qué hacer con ellas, y no podía entenderlas del todo. Es éste un proceso tan poco a poco que a veces te desesperas y piensas: no hay nada que hacer conmigo, ya está. Y me entran ganas de faltar a la sesión, y resoplo al cruzar la puerta de la habitación sabiendo que me espera otro momento duro y complicado, pensando que luego tengo que estudiar, sí, tengo que estudiar y enfocar toda mi atención en la adquisición del lenguaje en los niños, y dejar de pensar en todo lo que acabo de soltar, en todas esas asociaciones que no sé adónde me llevarán, en toda esta marea que me arrastra en esta etapa de mierda y crecimiento. Creo que hay personas que nos tomamos las cosas de una forma inevitablemente profunda, o de una forma inevitablemente dolorosa o confusa, o agobiante, o miedosa. Creo que es duro hacerle frente a todo. Nos pasamos años intentando encontrar respuestas, y es una gran sorpresa encontrarlas y ver que no eran las que esperabas, que ahora tienes casi un problema más en el que pensar, que sigue provocándote más preguntas y más dudas y nunca encuentras el final, el punto de origen de todo, lo definitivo. No hay respuestas categóricas. Todo es una dinámica, una maraña con mil hilos enredados que se conectan unos con otros. Pero nunca sabes dónde empieza, ni encuentras el final del hilo. No puedes hacer nada más que empezar con ella poco a poco, darle vueltas para encontrar ese inicio que te haga desenredarla por fin. Y descubres entonces que es tan grande...tan grande que te llevará toda una vida, que no podrás parar de pensarlo o de intentar solucionar cosas en años. Y que cuando creas que todo el proceso ha acabado, te darás cuenta de que las cosas han cambiado y ahora tienes que tratar todo lo nuevo. El eterno retorno.
Me pregunta mi hermana "¿qué tal la terapia hoy?" y no puedo más que resoplar y tener ganas de echarme a llorar y a gritar, y acabar con todo de una vez, o esconder la cabeza debajo de la almohada, o no volverme a despertar, o romper cosas. Romper cosas. Eso implica tener que reconstruirlas. Mi terapeuta dice que el no saber nada es el comienzo de empezar a saber, el punto de partida necesario. Y que es mejor no saber nada que creer que lo sabes todo, no tener estructurado que tenerlo perfectamente estructurado. Estoy de acuerdo con ella. Pero ese no saber puede ser como una losa que te cae encima cuando menos lo esperas. Qué paradoja: un punto de partida cuando en realidad lo sientes como un punto de llegada final.
Supongo que todo este proceso sólo tiene un nombre, difícil de entrever a través de la bruma, difícil de leer entre líneas. Y que da título a este escrito.
Me pregunta mi hermana "¿qué tal la terapia hoy?" y no puedo más que resoplar y tener ganas de echarme a llorar y a gritar, y acabar con todo de una vez, o esconder la cabeza debajo de la almohada, o no volverme a despertar, o romper cosas. Romper cosas. Eso implica tener que reconstruirlas. Mi terapeuta dice que el no saber nada es el comienzo de empezar a saber, el punto de partida necesario. Y que es mejor no saber nada que creer que lo sabes todo, no tener estructurado que tenerlo perfectamente estructurado. Estoy de acuerdo con ella. Pero ese no saber puede ser como una losa que te cae encima cuando menos lo esperas. Qué paradoja: un punto de partida cuando en realidad lo sientes como un punto de llegada final.
Supongo que todo este proceso sólo tiene un nombre, difícil de entrever a través de la bruma, difícil de leer entre líneas. Y que da título a este escrito.
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