La niña
Yo era esa niña a la que le encantaba ir a su bola. La que nunca participaba de las cosas que no le interesaban. Me encantaba ir al colegio, y me entristecía enormemente despedirme de mis compañeros. Supongo que las despedidas nunca han sido ambientes en los que me haya sentido cómoda.
Era excesivamente perfeccionista en mi letra, que intenté después ir reemplazando por una más personal, incluyendo elementos de aquí y allí y torciéndola hacia la derecha al llegar a la universidad.
Era a la que le costaban los problemas de matemáticas, a la que se le hacían auténticos problemas irresolubles. Siempre me faltaban datos. Pero pensaba, y pensaba durante horas enteras hasta que de repente, en el momento en el que dejaba de darle vueltas le llegaba el Insight que todo lo arregla.
Era la que se esforzaba por entender cada matiz, cada sentido. La que estudiaba de memoria intentando estructurarlo en la mente. A la que le costaban las asociaciones, y lo almacenaba todo en compartimentos estancos.
Era la niña comedida que no se dedicaba a abrir cajones. Lo hacía mi imaginación, y eso era mucho más rico.
Era la que intentaba reflexionar realmente cuando me castigaban en mi habitación y me decían "piensa en lo que has hecho" y la que dudaba una y otra vez de si ya era el momento o no de abrir la puerta para decir "te perdono"
Me encantaban las pizarras, enseñar cosas, descubrir otras tantas. Me gustaban los cuentos antes de dormir, y solía ser inquieta por las noches. Dormía en la litera de arriba, desde donde todo se veía mucho mejor y era mi hueco para estar a solas. Cerca siempre del techo, del cielo. A veces, en los sueños revueltos, me caía desde arriba. Mis padres ya no sabían si ponerme una tabla de madera (que derribaba con el peso de mi cuerpecito de niña) o una red (en la que acababa durmiendo, sobre el vacío, muchas noches)
Era la que nunca se callaba, la que le adoraba ir en contra de todo lo que sonara a impuesto o a verdad absoluta.
Luego empecé a cortarme el pelo a lo radical, muy en mi estilo. Empecé a querer vestirme de las formas que otros consideraban "poco limpias". Quise educar mi voz y ser la mejor en ello, y lo conseguí durante un tiempo. Siempre quería ser la mejor, y eso me llevaba cada día a intentar mejorar, pero también desarrollé en mí esa demanda interna que tantos problemas me ha traído después.
Era la niña que observaba, a la que le encantaban los detalles: los lápices de colores, las hojas en blanco que me daba pena rellenar por su belleza y su posibilidad ilimitada. La que disfrutaba dibujando, la que se emocionaba con ciertas películas donde los perros eran abandonados, o no se entendía a los payasos.
Era una niña musical. Bailaba la lambada, el telín telón, me aprendía sin quererlo las canciones de las películas y los anuncios, y odiaba Disney porque a todos les gustaba. Me gustaba la película en la que Mickey era un mago, y había fantasía, y había un mundo por explorar.
Era una niña miedosa. Me daba terror todo lo que yo veía como excesivamente grande, lo que se me figuraba grotesco, los personajes con demasiado maquillaje o ropas exageradas. Los que actuaban demasiado, los que invadían mi espacio.
Me gustaba escribir poesías para mí, en un gesto íntimo. A los doce años había leído más de cuarenta y dos novelas, y era excesivamente romántica. Me gustaban las cartas, las notas entre personas. Me gustaba compartir secretos y los momentos íntimos con alguien. Me gustaba saltar a la comba, hacer volteretas, imaginar, volar, soñar.
Era la semilla de aquello en lo que me he convertido, con un toque pesimista e idealista, con un toque obsesivo, perfeccionista, y radical. Con mayor tendencia a subir a las alturas que a bajar a la tierra.
Y lo que soy, de alguna manera, sigue siendo lo que era.
Era excesivamente perfeccionista en mi letra, que intenté después ir reemplazando por una más personal, incluyendo elementos de aquí y allí y torciéndola hacia la derecha al llegar a la universidad.
Era a la que le costaban los problemas de matemáticas, a la que se le hacían auténticos problemas irresolubles. Siempre me faltaban datos. Pero pensaba, y pensaba durante horas enteras hasta que de repente, en el momento en el que dejaba de darle vueltas le llegaba el Insight que todo lo arregla.
Era la que se esforzaba por entender cada matiz, cada sentido. La que estudiaba de memoria intentando estructurarlo en la mente. A la que le costaban las asociaciones, y lo almacenaba todo en compartimentos estancos.
Era la niña comedida que no se dedicaba a abrir cajones. Lo hacía mi imaginación, y eso era mucho más rico.
Era la que intentaba reflexionar realmente cuando me castigaban en mi habitación y me decían "piensa en lo que has hecho" y la que dudaba una y otra vez de si ya era el momento o no de abrir la puerta para decir "te perdono"
Me encantaban las pizarras, enseñar cosas, descubrir otras tantas. Me gustaban los cuentos antes de dormir, y solía ser inquieta por las noches. Dormía en la litera de arriba, desde donde todo se veía mucho mejor y era mi hueco para estar a solas. Cerca siempre del techo, del cielo. A veces, en los sueños revueltos, me caía desde arriba. Mis padres ya no sabían si ponerme una tabla de madera (que derribaba con el peso de mi cuerpecito de niña) o una red (en la que acababa durmiendo, sobre el vacío, muchas noches)
Era la que nunca se callaba, la que le adoraba ir en contra de todo lo que sonara a impuesto o a verdad absoluta.
Luego empecé a cortarme el pelo a lo radical, muy en mi estilo. Empecé a querer vestirme de las formas que otros consideraban "poco limpias". Quise educar mi voz y ser la mejor en ello, y lo conseguí durante un tiempo. Siempre quería ser la mejor, y eso me llevaba cada día a intentar mejorar, pero también desarrollé en mí esa demanda interna que tantos problemas me ha traído después.
Era la niña que observaba, a la que le encantaban los detalles: los lápices de colores, las hojas en blanco que me daba pena rellenar por su belleza y su posibilidad ilimitada. La que disfrutaba dibujando, la que se emocionaba con ciertas películas donde los perros eran abandonados, o no se entendía a los payasos.
Era una niña musical. Bailaba la lambada, el telín telón, me aprendía sin quererlo las canciones de las películas y los anuncios, y odiaba Disney porque a todos les gustaba. Me gustaba la película en la que Mickey era un mago, y había fantasía, y había un mundo por explorar.
Era una niña miedosa. Me daba terror todo lo que yo veía como excesivamente grande, lo que se me figuraba grotesco, los personajes con demasiado maquillaje o ropas exageradas. Los que actuaban demasiado, los que invadían mi espacio.
Me gustaba escribir poesías para mí, en un gesto íntimo. A los doce años había leído más de cuarenta y dos novelas, y era excesivamente romántica. Me gustaban las cartas, las notas entre personas. Me gustaba compartir secretos y los momentos íntimos con alguien. Me gustaba saltar a la comba, hacer volteretas, imaginar, volar, soñar.
Era la semilla de aquello en lo que me he convertido, con un toque pesimista e idealista, con un toque obsesivo, perfeccionista, y radical. Con mayor tendencia a subir a las alturas que a bajar a la tierra.
Y lo que soy, de alguna manera, sigue siendo lo que era.
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