Los otros
Llegarán otros y serán lo que nosotros fuimos. Inmortales, eternos, luces en la oscuridad. Llegarán con el tiempo, mi gran enemigo, a recordarnos besos, lágrimas y caricias. Llegarán con su risa y nos sonará ese ruido a pasajes que habremos intentado dejar atrás. Vendrán sin presentarse, derepente, ilusionados. Vendrán con nombres y apellidos y confundiremos letras. Pasarán de ser extraños a familiares, de la distancia a la cercanía en los domingos. Vendrán a llenar horas y días, soledades nocturnas, mañanas grises.
Y yo me resisto, una y otra vez, a abandonar mi lugar predilecto. El lugar donde era, de alguna manera. Donde brillaba y lucía en lo alto. Mi lugar tan claro entonces. Me niego a aceptar que ese otro ocupe una sonrisa, y lo haga como yo: mirando ligeramente hacia abajo, tímidamente, para recuperar el objetivo y estallar en hilera de dientes blancos.
Me resisto a pensar que un colchón que fue tan mío, que fue después tuyo, y finalmente nuestro, sea el nido de pasiones y desvelos. Me resisto a mirarme y pensar que todo puede ser sustituido. Me gusta creer que fui exclusiva para alguien, que ante aquella pregunta de "¿me olvidarás" la respuesta fue sincera. Me niego a pensar que callarán palabras de lo que fui o sigo siendo. Que silenciarán miradas, sentimientos, metáforas, colores.
A pensar que dejarán de pensar en mí. Que me iré sin haber sido un buen día para nadie. Me aterra el olvido. Me aterran los años. Me cuesta seguir desde aquí.
Sólo espero y rezo, a lo que tenga que rezar cada día de mis múltiples creencias renovadas, porque no dejen de pensarme desde algún lugar, alguien. Pero leo después sobre el desapego y tengo ganas de desaparecer y aislarme, para verme sola, para verme yo, pensarme yo, sentirme yo. Deseo no haber sido nada para nadie. No haber existido en las vidas de los otros.
Lo único constante en esta vida es uno mismo, porque los cambios se experimentan sobre un pilar de hormigón inamovible. El único compañero fiel, el sentimiento. La esencia, la intuición. Más allá de eso todo son ilusiones. Todo se deforma. Todo cambia y se transforma. El otro no es el otro, es uno. Indeterminado, por revestir con ropas y maquillajes de nosotros. El otro no es más que lo que queramos que sea. Y yo quiero ser ese otro al que darle forma, pero no ser objeto. Ser objeto, en todo caso, sólo de mí misma, no demasiado.
La soledad es más dura de lo que puede parecer, y aún no me siento del todo en ella. Cuando llegue gritaré muy alto, como un primer susto al caer en el vacío de ser y no ser a un mismo tiempo. Gritaré por si alguien me oye, pero no habrá nadie ya. Y entonces sólo quedará una cosa por hacer: darme la bienvenida, reconocerme en los pasos, en las formas. Y peinarme, y desvestirme, e investirme. Y dejarme hacerlo, lentamente. Dejarme sentir y ser, contemplar y percibir, nacer. Después de llorar lágrimas negras por sentirme oscura, podré ver la luz. Y no veo el día en que ese "satori" me encuentre por fin.
Tengo miedo, sí. Tengo miedo de mí, no de los otros.
Y yo me resisto, una y otra vez, a abandonar mi lugar predilecto. El lugar donde era, de alguna manera. Donde brillaba y lucía en lo alto. Mi lugar tan claro entonces. Me niego a aceptar que ese otro ocupe una sonrisa, y lo haga como yo: mirando ligeramente hacia abajo, tímidamente, para recuperar el objetivo y estallar en hilera de dientes blancos.
Me resisto a pensar que un colchón que fue tan mío, que fue después tuyo, y finalmente nuestro, sea el nido de pasiones y desvelos. Me resisto a mirarme y pensar que todo puede ser sustituido. Me gusta creer que fui exclusiva para alguien, que ante aquella pregunta de "¿me olvidarás" la respuesta fue sincera. Me niego a pensar que callarán palabras de lo que fui o sigo siendo. Que silenciarán miradas, sentimientos, metáforas, colores.
A pensar que dejarán de pensar en mí. Que me iré sin haber sido un buen día para nadie. Me aterra el olvido. Me aterran los años. Me cuesta seguir desde aquí.
Sólo espero y rezo, a lo que tenga que rezar cada día de mis múltiples creencias renovadas, porque no dejen de pensarme desde algún lugar, alguien. Pero leo después sobre el desapego y tengo ganas de desaparecer y aislarme, para verme sola, para verme yo, pensarme yo, sentirme yo. Deseo no haber sido nada para nadie. No haber existido en las vidas de los otros.
Lo único constante en esta vida es uno mismo, porque los cambios se experimentan sobre un pilar de hormigón inamovible. El único compañero fiel, el sentimiento. La esencia, la intuición. Más allá de eso todo son ilusiones. Todo se deforma. Todo cambia y se transforma. El otro no es el otro, es uno. Indeterminado, por revestir con ropas y maquillajes de nosotros. El otro no es más que lo que queramos que sea. Y yo quiero ser ese otro al que darle forma, pero no ser objeto. Ser objeto, en todo caso, sólo de mí misma, no demasiado.
La soledad es más dura de lo que puede parecer, y aún no me siento del todo en ella. Cuando llegue gritaré muy alto, como un primer susto al caer en el vacío de ser y no ser a un mismo tiempo. Gritaré por si alguien me oye, pero no habrá nadie ya. Y entonces sólo quedará una cosa por hacer: darme la bienvenida, reconocerme en los pasos, en las formas. Y peinarme, y desvestirme, e investirme. Y dejarme hacerlo, lentamente. Dejarme sentir y ser, contemplar y percibir, nacer. Después de llorar lágrimas negras por sentirme oscura, podré ver la luz. Y no veo el día en que ese "satori" me encuentre por fin.
Tengo miedo, sí. Tengo miedo de mí, no de los otros.
Comentarios
Publicar un comentario