Libros
Pasé por la edad prohibida. Esa en la que escapaba (sí, aún más)de algo que no quería vislumbrar. Fue el primer intento de ruptura, cuando quise separarme de mi hermana y encontrarme. Me encontré con esa edad maldita, tan difícil, y rodeada de cosas aún más difíciles de entender a mi edad. Acabé haciendo todo lo prohibido, acabé acabando con las ganas.
Pasé por el arte de amar, en un tiempo de vino y rosas junto al rubio de mis sueños y caminando por la orilla de las cosas. En aquel apartamento de colores crecieron muchas diversiones, experimenté la madurez del cuerpo y la mente, la ilusión del amor verdadero, el inicio de hablar durante horas de aquello que se nos ocurriera. Vinieron también las primeras discusiones y las meteduras de pata. Los cigarros compartidos, los secretos en plena noche, los viajes a ninguna parte. Tú conocías mi colección de tangas y yo conocí tus inseguridades, y al final optamos por creernos incompatibles para tiempo después confesarnos, una vez más, que éramos las únicas personas de quienes nos habíamos enamorado, ya sin forma de dar marcha atrás. Comíamos un helado en una plaza, y yo aún me ponía escotes y tacones, atusaba mi pelo sin cesar mientras el tuyo empezaba a caerse sin poder evitarlo.
Pasé por el camino al paraíso, corazón tan blanco, el hombre sentimental y el miedo a la libertad contigo. Al principio me sentía conduciendo un coche con un gran motor por rutas salvajes con la ventanilla bajada mientras me daba el aire en la cara y alborotaba mi pelo, y la calefacción interior creando llamas en mi piel. Fuiste después aquel "bastardo sentimental" que me conquistó con sus metáforas y su constante intento de no caer en tópicos, renovando palabras y miradas y formas cada día. Pero al final llegó el miedo a la libertad. El aire empezaba a molestar y me secaba los ojos, la calefacción me hacía sudar, el pelo se me enredaba...Era tan idílico que no podía sostenerse, porque seguimos siendo, aunque a veces no nos guste, simplemente humanos y mortales. Mortal y rosa.
Pasé a intentar escudriñar mis zonas erróneas, sin dejar de preguntarme por qué las cebras no tienen úlceras, y buscando respuestas a todo este lío de vida llegué a la mística oriental, que consiguió hacer que me olvidara de esa senda del deseo en la que no dejo de caminar.
Acabaré en la novela policíaca, intentando averiguar la causa de muerte, o en una granja de cuerpos con epitafios para no olvidar. Acabaré intentando ser el hombre en busca de sentido, sin conciencia. Preguntándome por qué amamos, siendo una loba esteparia que intenta interpretar sus sueños locos...ayudando a los renglones torcidos de dios a enderezarse, si se que se puede hacer tamaña tontería, siendo al final invisible...pero sobre todo, pensando menos y viviendo más.
Pasé por el arte de amar, en un tiempo de vino y rosas junto al rubio de mis sueños y caminando por la orilla de las cosas. En aquel apartamento de colores crecieron muchas diversiones, experimenté la madurez del cuerpo y la mente, la ilusión del amor verdadero, el inicio de hablar durante horas de aquello que se nos ocurriera. Vinieron también las primeras discusiones y las meteduras de pata. Los cigarros compartidos, los secretos en plena noche, los viajes a ninguna parte. Tú conocías mi colección de tangas y yo conocí tus inseguridades, y al final optamos por creernos incompatibles para tiempo después confesarnos, una vez más, que éramos las únicas personas de quienes nos habíamos enamorado, ya sin forma de dar marcha atrás. Comíamos un helado en una plaza, y yo aún me ponía escotes y tacones, atusaba mi pelo sin cesar mientras el tuyo empezaba a caerse sin poder evitarlo.
Pasé por el camino al paraíso, corazón tan blanco, el hombre sentimental y el miedo a la libertad contigo. Al principio me sentía conduciendo un coche con un gran motor por rutas salvajes con la ventanilla bajada mientras me daba el aire en la cara y alborotaba mi pelo, y la calefacción interior creando llamas en mi piel. Fuiste después aquel "bastardo sentimental" que me conquistó con sus metáforas y su constante intento de no caer en tópicos, renovando palabras y miradas y formas cada día. Pero al final llegó el miedo a la libertad. El aire empezaba a molestar y me secaba los ojos, la calefacción me hacía sudar, el pelo se me enredaba...Era tan idílico que no podía sostenerse, porque seguimos siendo, aunque a veces no nos guste, simplemente humanos y mortales. Mortal y rosa.
Pasé a intentar escudriñar mis zonas erróneas, sin dejar de preguntarme por qué las cebras no tienen úlceras, y buscando respuestas a todo este lío de vida llegué a la mística oriental, que consiguió hacer que me olvidara de esa senda del deseo en la que no dejo de caminar.
Acabaré en la novela policíaca, intentando averiguar la causa de muerte, o en una granja de cuerpos con epitafios para no olvidar. Acabaré intentando ser el hombre en busca de sentido, sin conciencia. Preguntándome por qué amamos, siendo una loba esteparia que intenta interpretar sus sueños locos...ayudando a los renglones torcidos de dios a enderezarse, si se que se puede hacer tamaña tontería, siendo al final invisible...pero sobre todo, pensando menos y viviendo más.
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