Día de sol

Hablas de ti, de cosas profundas que quizá es difícil destapar. Te veo también orientado a un cambio positivo. Pero mientas ahondas un poco se te ve el gesto triste. Todos quisiéramos ser algo diferente. Me dices que nos parecemos en eso, tú y yo, o nosotros. Y sí, nos parecemos en la dificultad y las ganas de querernos más, en el conflicto entre la estabilidad y el miedo a ahogarse en ella, en la necesidad de moverse y sentirse, y saberse útil o con la mente ocupada. Nos parecemos en la inquietud, y en su cantidad (demasiada) Pero estoy escuchándote, sin más. No quiero que nos identifiquemos porque tendremos excusas para seguir llorando las penas. Y no eres eso, aunque a veces lo parezcas. Me siento bien cuando puedes hablarme de todo ello, cuando me preguntas si creo que estás defendido. Confías en mí. Pocas personas quieren saber realmente la imagen que proyectan en el otro. Supone tener que revisarse, plantearse, pensar al llegar a casa solo. Y cuando se está solo, uno quiere simplemente romper con la ausencia llenando vacíos. Me alegro sobre todo cuando te veo no perder la sonrisa. Apoyar la cabeza en el asiento y abrir los labios en un gesto que podría ser insignificante. Pero nunca lo es. No para mí. Tampoco para ti. Me gusta escuchar tus bromas, tu ingenio en plena potencia y acto. Reírme contigo, y hablar sin parar de cosas que salen incontenibles por una cerveza. Que te fijes en si tiemblo o no, que me mires a los ojos. Llegar a casa contenta, con esa sensación de tranquilidad por saberse un poco más al hablar de nada y de todo, al escucharse y escuchar. Eres una buena compañía que no sé cómo definir. Pero hace que mi pensamiento sonría al fumar un cigarro, recordando, con el sol en el rostro.

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