Mi madre

Te he escrito muchas cartas desde niña. Me respondías muchas veces con silencio y con tu petición de un beso al entrar en casa. Siempre has sido demasiado reservada, y eso te pesó en un momento en el que a todos nos pesaba algo, pero yo podía intuirte desde mis múltiples estados, y observaba lo que no se dice en tu rostro. Sólo pude ayudarte como supe, y creo que al final lo conseguí: verte reír después de todo, acostumbrarte a una palabra difícil de pronunciar, hacer de la ausencia un acompañamiento llevadero.

Desde que era pequeña me preguntas cada día qué tal me ha ido, si salió bien el examen, si me siento triste...Has celebrado conmigo, como si fueran tuyos, cada uno de mis éxitos. Me has alentado a explorar nuevos caminos cada vez, siempre apoyándome en las formas de encontarme y realizarme. Has confiado en mí y te has preocupado a veces por protegerme demasiado. Has sufrido con cada uno de mis sufrimientos, con cada uno de los desplantes y despotricabas por mí, frente a todos ellos. Y decidías de repente no callar más y lo soltabas todo. Así eres tú, explosiva. Por eso vienes de vez en cuando a preguntarme sobre algo, a contarme tus frustraciones, a hablarme de lo íntimo. Y yo escucho en silencio y te digo que moderes tus formas, que intentes verlo de otra manera, que te leas tal libro o tal otro, que pienses en la otra perspectiva, que respires hondo. Has confiado en mí tanto para tantas cosas que lo que siento ante esto no puedo ponerlo en palabras. También tú has estado cuando lancé aquel reloj contra la pared, en un intento fallido por volverme loca de una vez. Apareciste con la pastilla mágica y yo me cabreé aún más, pero ya no sabías qué más hacer en aquel momento por mí. No podías ponerte en mi lugar, y eso era lo que más te dolía. Otra vez, no hace tanto, bajé sin poder respirar al salón y allí estabas tú, corriendo a coger una bolsa de plástico para ponerla en mi rostro y recuperar así la calma para poder hablar después de todo lo que yo también tiendo a callar.

Me entiendes. Mucho más de lo que a veces me gustaría.

Me regalaste una vez un osito, cuando era muy pequeña, que está al lado de mi cama desde hace años. Lo recuerdo especialmente porque aquél no fue un regalo de buenas notas, o una recompensa. Apareciste un día, simplemente, con ellos en la mano después del trabajo, y yo me enamoré del rosa de su vestidito, pero sobre todo me enamoré del gesto, tan gratuito y tan desde dentro. Lo he recordado mucho últimamente, y es algo que no he podido decirte aún, que aquello se quedó en mi mente de niña como un momento feliz y especial contigo.

También escondiste en la capucha de otro oso una nota que hace tiempo que no leo. Sólo tú y yo sabemos que está ahí, y lo que dice. Fue tu forma de expresarme que estarías siempre a mi lado, en cualquier momento, dispuesta a darme un abrazo y un beso. Ojalá podamos cumplirlo, mamá, durante mucho tiempo más. Nos quedan muchas cosas por vivir. No he vuelto a leerla porque al hacerlo siempre lloro. Me recuerda a lo que existe y no se dice, pero siempre lo he sentido en el vientre ante vuestras muestras de cariño, las de papá y tú, o cuando he salido en vuestra defensa. Me recorre un escalofrío en el vientre, como si estuviera conectada a vosotros desde lo más profundo e íntimo.

Creo que hay pocas cosas que no te haya dicho ya. Pocas veces que no te haya mirado directamente a los ojos para recordarte que tu lucha es un ejemplo para mí. Siempre te has sentido un poco inferior por no haber podido seguir estudiando, y te alegraste tanto cuando te dije que la inteligencia se heredaba de la madre, que te lo hubiera repetido una y otra vez para hacerte sentir importante.

Eres la reina de los sudokus y los juegos de ordenador, la que se ve todas las series de crímenes conmigo, la que se emociona con las mismas cosas que a mí me emocionan. Eres una madre entregada, a veces demasiado. Eres natural y bella, pura y cálida. Siempre hueles a limpio y a café. Eres la primera persona a la que nombré cuando me preguntaron por primera vez en serio quién era la persona más importante de mi vida.

Y es que en ocasiones me siento tu prolongación juvenil. Y he querido muchas veces devolverte lo que no pudiste tener a través de lo que era. Ahora necesito alejarme de ti un poquito, para poder contemplarnos y seguir creciendo. Pero serás siempre, mamá, una gran parte de mi esencia. Y yo el bufón que te haga sonreír cuando estés triste, como he hecho siempre, con mis ocurrencias.

Te quiero.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Vacío fértil

Siete esquinas,7

la varita