Mi sueño
Anoche leía sobre los sadhis. Son personas que renuncian, por un ideal, a todo contacto con lo material e intentan descubrir quiénes son practicando la ascesis. Leía sobre la importancia en el budismo de la muerte del deseo, de alcanzar el nirvana (ausencia de toda sensación) para encontrar la mónada espiritual (el yo). También leía sobre la acumulación de karma, y sus distintos colores, que es lo que nos lleva a reencarnarnos una y otra vez. Toda esta amalgama de información debió dejar huella en mi mente, y he soñado algo muy bonito.
Estaba en un pueblo alejado. Había fiestas, cantos y vestidos de otras culturas. Él estaba conmigo y me enseñaba cómo había aprendido a cantar con las dos cuerdas vocales separadas (canto difónico) Él era, supongo, la condensación del deseo insatisfecho. Y me acompañaba. Quizá pensé mientras leía en la imposibilidad de matar el deseo, en lo bueno de abrirse a él como forma de vida. Si no deseamos estamos muertos, y la pulsión de muerte es precisamente eso. Me extrañó que el budismo pusiera en alza la pulsión de muerte, que tanto daño hace al ser humano.
El caso es que estaba acompañada de otra mucha gente. Pero él a veces se acercaba a mí por la espalda, y apoyaba su rostro curtido en mi hombro, mientras me hablaba de cosas nuevas y me enseñaba culturas. Revoloteaba a mi alrededor, y cuando se alejaba le buscaba con la vista, y siempre volvía. Pero luego yo decidía irme lejos. Y estaba a unos pasos de ese pueblo, pero había recorrido mucho espacio, y él me había seguido. No obstante, me veía sola caminando por una especie de llanura empedrada. Cuando conseguía alcanzar la cima, miraba a mi derecha y encontraba una visión impresionante: un gran templo budista a lo lejos, que quería visitar. Y esta visión me emocionaba, removía cosas en mi interior. Me sabía entonces en el camino.
Para llegar a la plaza, que estaba todavía más arriba, tenía que atravesar puertas y grandes habitaciones vacías que se situaban a mi izquierda. Estas puertas grandes y pesadas de madera oscura me hubieran parecido en otra ocasión algo tétricas, pero esta vez las abría y cerraba para trasladarme de un sitio a otro. En la plaza, que estaba llena de gente y ruido, había un puesto de comida rápida. Yo pedía comida para dos (era como si me acompañara una amiga en mi viaje, a la que nunca veía) pero siempre surgía algo que me llevaba a moverme de nuevo hacia otro lugar, y cuando llegaba la comida había desaparecido. Y la volvía a pedir...pero en realidad no tenía hambre.
Parece no tener mucho sentido, pero las sensaciones eran inigualables. Calma. Paz. Tranquilidad. Movimiento. Nuevos aprendizajes. Contemplación. Grandiosidad.
Después de mucho tiempo he conseguido dormir un par de horas más de lo habitual, y levantarme con la sensación de haber descansado y estar tranquila. Estos días atrás mi despertar había sido repentino, como si en un momento dado de mi sueño hubiera algo que no podía representarme por resultar fuerte o angustioso, y me despertaba. Me levantaba echa un trapo, y el café de la mañana se me hacía angustioso. Hoy he disfrutado de él, y me he sentido en mi lugar en esta enorme vida que gira como una noria, y donde se puede encontrar siempre algo nuevo en cada giro.
Estaba en un pueblo alejado. Había fiestas, cantos y vestidos de otras culturas. Él estaba conmigo y me enseñaba cómo había aprendido a cantar con las dos cuerdas vocales separadas (canto difónico) Él era, supongo, la condensación del deseo insatisfecho. Y me acompañaba. Quizá pensé mientras leía en la imposibilidad de matar el deseo, en lo bueno de abrirse a él como forma de vida. Si no deseamos estamos muertos, y la pulsión de muerte es precisamente eso. Me extrañó que el budismo pusiera en alza la pulsión de muerte, que tanto daño hace al ser humano.
El caso es que estaba acompañada de otra mucha gente. Pero él a veces se acercaba a mí por la espalda, y apoyaba su rostro curtido en mi hombro, mientras me hablaba de cosas nuevas y me enseñaba culturas. Revoloteaba a mi alrededor, y cuando se alejaba le buscaba con la vista, y siempre volvía. Pero luego yo decidía irme lejos. Y estaba a unos pasos de ese pueblo, pero había recorrido mucho espacio, y él me había seguido. No obstante, me veía sola caminando por una especie de llanura empedrada. Cuando conseguía alcanzar la cima, miraba a mi derecha y encontraba una visión impresionante: un gran templo budista a lo lejos, que quería visitar. Y esta visión me emocionaba, removía cosas en mi interior. Me sabía entonces en el camino.
Para llegar a la plaza, que estaba todavía más arriba, tenía que atravesar puertas y grandes habitaciones vacías que se situaban a mi izquierda. Estas puertas grandes y pesadas de madera oscura me hubieran parecido en otra ocasión algo tétricas, pero esta vez las abría y cerraba para trasladarme de un sitio a otro. En la plaza, que estaba llena de gente y ruido, había un puesto de comida rápida. Yo pedía comida para dos (era como si me acompañara una amiga en mi viaje, a la que nunca veía) pero siempre surgía algo que me llevaba a moverme de nuevo hacia otro lugar, y cuando llegaba la comida había desaparecido. Y la volvía a pedir...pero en realidad no tenía hambre.
Parece no tener mucho sentido, pero las sensaciones eran inigualables. Calma. Paz. Tranquilidad. Movimiento. Nuevos aprendizajes. Contemplación. Grandiosidad.
Después de mucho tiempo he conseguido dormir un par de horas más de lo habitual, y levantarme con la sensación de haber descansado y estar tranquila. Estos días atrás mi despertar había sido repentino, como si en un momento dado de mi sueño hubiera algo que no podía representarme por resultar fuerte o angustioso, y me despertaba. Me levantaba echa un trapo, y el café de la mañana se me hacía angustioso. Hoy he disfrutado de él, y me he sentido en mi lugar en esta enorme vida que gira como una noria, y donde se puede encontrar siempre algo nuevo en cada giro.
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