Carne y huesos

Cada día me siento más vieja y más delgada. Lo pensaba esta mañana temprano, cuando me ha costado dos cafés el despertarme con el sonido extraño de un despertador que me ha sorprendido a las seis. Caminando en pleno frío hacia el bus, sentía el peso de mi cuerpo más ligero, y las arrugas en la piel más marcadas. Me sentía sola pero pensaba que eso es la madurez: ir sintiéndose poco a poco alejada de todo, perteneciendo a una misma y a la nada, a un universo infinito lleno de posibilidades que se reducen con las rutinas diarias. Me siento más mayor e hipnotizada por mis propias ideas de lo que ocurre en la vida, por mis teorías a comprobar, por mis ideales y experiencias. Me siento más desligada y conectada, a un mismo tiempo, con aquello que fui y que quiero ser. Sentirse vieja y con arrugas es una etapa. En la siguiente me toca mirarme al espejo y sonreír abiertamente a todo, abrir el cuerpo y la mirada a lo que tenga que llegar. Avanzar a un cielo azul y horizontal aunque sea de puntillas o rozándolo con los dedos en un instante infinito en pensamiento. Crecer. Madurar.

De eso se trata al final.

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