Quietud inquieta
Cuando no se puede hablar, quizá es que no quedan palabras. Le doy vueltas en mi mente a ideas vagas, pero no son nada. Aparece siempre esa emoción extraña, que no es soledad, que no es dolor, pero que tampoco es indiferencia. He notado que si estás lejos de mí, física y mentalmente, mi cuerpo casi lo agradece restableciendo horas de sueño y sobre todo estados anímicos. Pero basta una sola idea vaga en la que vuelves, aunque sea el color de tu pelo (algo asociado, da igual) y entonces tengo que hacer la labor de contención. Sigo queriendo, simplemente, destruirte. Imaginar que abro la puerta y te apunto con una pistola al pecho, sentir tu miedo, salir corriendo ante mi propia imagen de asesina. No puedo casi ni fantasear con esto. Porque no quiero más daño, ni interno ni externo. Sólo quiero el silencio ahora, ese estado de quietud cuando todos duermen y las televisiones se apagan, y afuera no hay ruidos ya. Ese momento cuando fumo un cigarro y mis ojos están cansados. Cuando sólo pienso "esta soy yo" por haber tenido la mente callada unas horas, cuando no tengo que hablar con nadie de nada. Cuando siento que todo y todos se alejan, y me las tengo que ver conmigo misma. Cuando sólo me dirijo al baño para observarme en el espejo y notar que la caída de mi pelo sobre los hombros es otra, que mi mirada es otra, que mi cuerpo es otro. Únicamente en esa sensación me reconozco estos días. En la sensación de quien va a cumplir un año más dentro de poco. Y de quien no soplará velas.
Comentarios
Publicar un comentario