Final alternativo

Están los dos allí. Uno y otro. Sujeto y objeto en ambos. Están con los pies descalzos sobre el suelo de madera. En un mismo cuarto, dos identidades diferentes, pero compartiendo el mismo espacio. Están los dos callados, espalda contra espalda. Ella lleva una máscara y no es carnaval. Él se tapa los ojos con el pelo largo. No pueden verse ya, entre tanto artificio que se pusieron encima. La pregunta flota sobre ellos, como una nube densa y gris. El silencio les envuelve pero no es un silencio incómodo, sino más bien una forma de cristalizar esa certeza en la que ahora están los dos, uno y uno. Ella duda en formular una pregunta, pero no acuden palabras a su mente. Sus labios, durante un instante que el ojo humano no percibe casi, han intentado juntarse para emitir algún sonido que rompa. Pero se contiene, girando de nuevo la vista hacia la pared blanca. Es ahora o nunca. Pero el instante es lo que tiene: se desvanece sin poder ser capturado. Y ya ha pasado. Y ya es anterior, siempre anterior, algo perdido ahora. Él solo es capaz de mirar hacia abajo mientras tanto. No ha podido ver que ella casi se gira y le pregunta algo. No sabrá esta parte de la historia, que no es capaz de ver de espaldas a su rostro. No sabrá nunca que ella, después de esto, cerró los ojos y levantó la cabeza hacia el cielo cubierto por un techo que la frena a volar. No sabrá qué quiso preguntarle. No será capaz de averiguarlo.

Están de pie, descalzos, espalda contra espalda. Y ella, en mitad de su duda de decir o callar ha tomado una decisión. Ha mirado a la pared y se ha visto reflejada, y al encontrar su imagen ha cerrado los ojos lentamente para retenerla y no ver más allá. Separa entonces su piel de la de él. Eso supone sentir el frío de la ausencia de la cercanía de un otro. Pero supone también notar su cuerpo en movimiento. Con un paso al frente, decide abrir la puerta que tiene frente a ella y salir al exterior. Para no volver jamás a esa habitación.

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