La primera carta

La primera carta la leíste, cada día, unas tres veces durante muchos días. Dijiste que era la primera carta que recibías de alguien, y desde entonces pareciste mostrar admiración por mis escritos. Te duró poco tiempo.

La dejaste encima del radiador de tu habitación casi todo el verano, junto con un paquete de tabaco vacío de haberte dado el último cigarro un día en el coche.

Cuando yo llegué a habitar aquella habitación sonreía cada vez que veía los dos objetos allí y me preguntaba cómo pudiste leerla tantas veces, y qué sentido tenía para ti guardar un paquete vacío. Nunca llegué a saber nada de esto. En cualquier caso fuiste dejando de hacer esas cosas: darle importancia.

En esta última carta escribo sobre la guinda del pastel y digo que la guinda es lo que se le pone para adornarlo, y que la nuestra... es amarga.

Amarga...

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