Estados de conciencia
Me sorprendo con la mente limpia de pensamientos circulares. El contenido fluye libremente y llega a mi conciencia como un estado de serenidad y alegría, un optimismo que jamás logré sentir. Ya son muchos días sin tener que quedarme metida en la cama, y si he cambiado de actitud no he sido consciente. Tengo todo equilibrado: las necesidades básicas, las necesidades del cuerpo, el humor, el afecto, el tiempo, mis pensamientos. Y me descubro no queriendo nada más. Todo está bien así. A mi alcance, en su justa medida. Y puedo ser más feliz que cuando me sentí atada a otras muchas cosas. Me dejo sorprender de que las personas entren y salgan, lleguen y se vayan, den lo que quieran dar, se abstengan de ofrecer o recibir. Y siento dentro de mí un profundo amor hacia todo y todos. Un humor renovado, una sonrisa fácil, una actitud de eterna gratitud y bienvenida.
La mejor forma de describirlo es la imagen de una puerta abierta. Dentro hay luz, fuera hay luz. Y las cosas fluyen sin límites. El mundo se ha colado en mi cabeza, y la inunda de nuevas ideas y emociones. Como si te hubieran hecho a un lado el cráneo, partido en dos mitades y hubieran colocado en el centro una caja de oro que brilla y está siempre abierta y llena de cosas, o vacía de ellas. Pero en cualquier caso, allí está. Dispuesta a acoger desde la libertad.
Me noto más compasiva, más cariñosa, menos preocupada. Pudiendo disfrutar de cada instante, cada conversación, cada cosa que me ocurre. Y curiosamente me están ocurriendo muchas, en cortos períodos de tiempo. No me siento invadida ni agobiada, sino contenta. Muy contenta. Con ganas de abrir los brazos y dejar que el sol me acaricie la cara y el cuerpo.
Sólo he sentido esto en el pasado cuando he estado enamorada. Y ahora sé que no se debe a estar enamorada de alguien, sino a un enamoramiento general hacia la vida, como si la vida misma fuera objeto de mi amor infinito. Estoy en un viaje de luz y nadie me acompaña, excepto yo.
La mejor forma de describirlo es la imagen de una puerta abierta. Dentro hay luz, fuera hay luz. Y las cosas fluyen sin límites. El mundo se ha colado en mi cabeza, y la inunda de nuevas ideas y emociones. Como si te hubieran hecho a un lado el cráneo, partido en dos mitades y hubieran colocado en el centro una caja de oro que brilla y está siempre abierta y llena de cosas, o vacía de ellas. Pero en cualquier caso, allí está. Dispuesta a acoger desde la libertad.
Me noto más compasiva, más cariñosa, menos preocupada. Pudiendo disfrutar de cada instante, cada conversación, cada cosa que me ocurre. Y curiosamente me están ocurriendo muchas, en cortos períodos de tiempo. No me siento invadida ni agobiada, sino contenta. Muy contenta. Con ganas de abrir los brazos y dejar que el sol me acaricie la cara y el cuerpo.
Sólo he sentido esto en el pasado cuando he estado enamorada. Y ahora sé que no se debe a estar enamorada de alguien, sino a un enamoramiento general hacia la vida, como si la vida misma fuera objeto de mi amor infinito. Estoy en un viaje de luz y nadie me acompaña, excepto yo.
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