Escritos
El 3 de marzo de 2009 escribía:
"Puede la música transportarte tan lejos como uno quiera. Recorrer miles de kilómetros, dos horas y media de avión, horas y minutos sin ti, para encontrarte de repente en el salón del Teatro Negro. Una chica checa toca el piano y me dan ganas de quedarme allí un buen rato escuchando el alma sonar entre las teclas. Me he metido en el baño al llegar, para no variar, y una canción. Una canción me ha dado ganas de llorar y sonreír a un mismo tiempo "Yesterday" llenando el ambiente, y me paralizo, apoyada contra la pared, dejándome ir hasta un recuerdo donde el piano se convierte en guitarra y sonríes tras ella, tímido allí, entre las losas frías y húmedas. Cuando he subido a la parte de arriba del barco, en el Moldava, entre los dedos imaginaba tu abrazo lateral, y cómo me acercas hasta ti para darme un beso mientras sonríes. Chispeaba y hacía mucho frío, pero quería ver la luna, la misma que tú podrías estar viendo en otro país que se ha convertido en tuyo y mío. No estaba sola. Te he dicho lo mucho que te quería con todas mis fuerzas antes de bajar las escaleras. Desde que pisé esta tierra me acompañas, en la distancia, más que nunca"
No fue mentira. No fue un invento mío. Fue algo real, aunque ahora me parezca una escena de película y (curiosamente) no recordara qué canción tocaban al piano hasta haberlo descubierto esta tarde de nuevo. Lo difícil fue saber que te alejabas o te ibas para siempre. Lo complicado sigue siendo, en lo más profundo de mi ser, tenerte delante y no reconocerte ni saber ya de qué hablar, por dónde empezar a mostrarme o cómo hacerlo. He querido tirar del hilo del recuerdo al volver a mis sesiones de diván, al dolor dejado allí, a las palabras vacías y tan llenas. Ninguno de aquellos martes logré saber del todo quién eras, a quién había reconocido en tus ojos verdes o en tu acento extranjero. No me recordabas a nadie más que a mí misma, y quizá por eso me perdí al perderte. Jamás podré explicar de forma precisa con las palabras (esas que me gustan tanto) qué fuiste, ni cómo sigues siendo en mi interior, en esa conexión extraña que no desaparece con el tiempo sino que en ocasiones parece incluso reavivarse. Cuando leo esas líneas me transporto a lo que más sentí como mío: nuestro amor y lo que yo era dentro de él. Muchas teorías posteriores podrían explicar muchas cosas, pero sigue habiendo un factor místico, mágico, que se escapa a toda racionalización y del que no me olvido. No tengo esa euforia del enamorado cuando dice que el día en que muera llevará consigo el recuerdo del otro, sino que calmadamente me digo a mí misma que es posible que eso ocurra. Depende de mis pasos posteriores, y de que sigas estando vivo en alguna parte del planeta.
Me he preguntado muchas veces si seguirías pensando en mí. He adivinado en tus ojos (quizá como un falso consuelo) que cuando cantabas ciertas letras aún estaba yo en ellas. Pero no he conseguido removerte ni un momento algo dentro que te lleve al punto de este escrito como me lleva a mí la intuición de abrir un libro y encontrar algo tuyo sin dirigirme conscientemente hacia ello. Todo se rompe, pero los pedazos siguen dentro, a veces causando cierto dolor, otras callados, pero siempre ahí.
Leer algo así me hace sonreír. Me emociona enormemente recordarme a mí misma sintiendo ese aluvión de emociones sin techo, que no han vuelto a mi vida de momento. No me hace daño ya. Más bien me ayuda a entender que todos tenemos un pasado, y que todos hemos llegado a un punto siguiendo unos pasos (quizá equivocados, quizá demasiado intensos) que dimos porque quisimos dar.
"Puede la música transportarte tan lejos como uno quiera. Recorrer miles de kilómetros, dos horas y media de avión, horas y minutos sin ti, para encontrarte de repente en el salón del Teatro Negro. Una chica checa toca el piano y me dan ganas de quedarme allí un buen rato escuchando el alma sonar entre las teclas. Me he metido en el baño al llegar, para no variar, y una canción. Una canción me ha dado ganas de llorar y sonreír a un mismo tiempo "Yesterday" llenando el ambiente, y me paralizo, apoyada contra la pared, dejándome ir hasta un recuerdo donde el piano se convierte en guitarra y sonríes tras ella, tímido allí, entre las losas frías y húmedas. Cuando he subido a la parte de arriba del barco, en el Moldava, entre los dedos imaginaba tu abrazo lateral, y cómo me acercas hasta ti para darme un beso mientras sonríes. Chispeaba y hacía mucho frío, pero quería ver la luna, la misma que tú podrías estar viendo en otro país que se ha convertido en tuyo y mío. No estaba sola. Te he dicho lo mucho que te quería con todas mis fuerzas antes de bajar las escaleras. Desde que pisé esta tierra me acompañas, en la distancia, más que nunca"
No fue mentira. No fue un invento mío. Fue algo real, aunque ahora me parezca una escena de película y (curiosamente) no recordara qué canción tocaban al piano hasta haberlo descubierto esta tarde de nuevo. Lo difícil fue saber que te alejabas o te ibas para siempre. Lo complicado sigue siendo, en lo más profundo de mi ser, tenerte delante y no reconocerte ni saber ya de qué hablar, por dónde empezar a mostrarme o cómo hacerlo. He querido tirar del hilo del recuerdo al volver a mis sesiones de diván, al dolor dejado allí, a las palabras vacías y tan llenas. Ninguno de aquellos martes logré saber del todo quién eras, a quién había reconocido en tus ojos verdes o en tu acento extranjero. No me recordabas a nadie más que a mí misma, y quizá por eso me perdí al perderte. Jamás podré explicar de forma precisa con las palabras (esas que me gustan tanto) qué fuiste, ni cómo sigues siendo en mi interior, en esa conexión extraña que no desaparece con el tiempo sino que en ocasiones parece incluso reavivarse. Cuando leo esas líneas me transporto a lo que más sentí como mío: nuestro amor y lo que yo era dentro de él. Muchas teorías posteriores podrían explicar muchas cosas, pero sigue habiendo un factor místico, mágico, que se escapa a toda racionalización y del que no me olvido. No tengo esa euforia del enamorado cuando dice que el día en que muera llevará consigo el recuerdo del otro, sino que calmadamente me digo a mí misma que es posible que eso ocurra. Depende de mis pasos posteriores, y de que sigas estando vivo en alguna parte del planeta.
Me he preguntado muchas veces si seguirías pensando en mí. He adivinado en tus ojos (quizá como un falso consuelo) que cuando cantabas ciertas letras aún estaba yo en ellas. Pero no he conseguido removerte ni un momento algo dentro que te lleve al punto de este escrito como me lleva a mí la intuición de abrir un libro y encontrar algo tuyo sin dirigirme conscientemente hacia ello. Todo se rompe, pero los pedazos siguen dentro, a veces causando cierto dolor, otras callados, pero siempre ahí.
Leer algo así me hace sonreír. Me emociona enormemente recordarme a mí misma sintiendo ese aluvión de emociones sin techo, que no han vuelto a mi vida de momento. No me hace daño ya. Más bien me ayuda a entender que todos tenemos un pasado, y que todos hemos llegado a un punto siguiendo unos pasos (quizá equivocados, quizá demasiado intensos) que dimos porque quisimos dar.
Comentarios
Publicar un comentario