Preguntas

Si realmente me parara a preguntarme cómo he llegado hasta aquí, me echaría a reír. Vueltas y más vueltas, y todo parece ciertamente cíclico. Me siento como si hubiera vuelto a la adolescencia después de un período de cargarme de responsabilidades insostenibles. He llegado a muchos puntos clave: esos en los que sientes que, inevitablemente, tienes que dar pasos adelante y construirte una vida. Pero ahora mi vida es un stand by extraño. Un volver a empezar, como si no hubieran existido esos puntos donde una siente tanta presión sobre sí misma (externa e interna) De alguna manera no añoro sentir ese agobio, pero me pregunto si es acertado este camino hacia la nada, esta espera previa y aplazable antes de que el avión despegue. Nunca supe estarme quieta y esperar. Siempre necesité moverme, aunque fuera únicamente a través de miles de ideas que no llegaron a ninguna parte. Ahora me apetecería buscarme una beca para estudiar en California y marcharme a hacer mi vida allí, lejos de todas las historias del pasado, y no mirar ya más atrás. Me doy cuenta de que convertirse en lo que uno siempre soñó que sería no parece ser tarea fácil, y me aterra pensar en llegar a cierta edad pintando mi vida como el paisaje de un tren en movimiento, que está delante y pronto se va. Creo que parte de mi vuelta a ese punto de hace dos años tiene el sentido de recordarme a mí misma que un día tuve la vida que había soñado tener, junto a quien había soñado a mi lado. Es cuando me niego a pensar que esa vida se fue igual que vino, se desvaneció entre discusiones y asuntos mal tratados. Un tiempo después me dije que él había existido, y con él todos mis sueños bohemios de ser, y entonces aquello me dejó tumbada sin poder creerlo, lamentándome de haberme separado. Tuve que aceptar que yo no pude hacer más, y que tampoco pude hacerlo peor, pero ya no estaba. Ya era tarde. Ahora sigue siendo tarde, pero nunca lo es para preguntarme cómo pudo pasarme todo aquello. Yo fui la persona que se sintió feliz, la persona pletórica en mayos sucesivos, la compañera de un proyecto que parecía el mejor de todos los posibles. Entiendo que tengo que continuar mi camino sola y no flagelarme por aquello, sino mantener la esperanza de que algo mejor esté por venir. Pero es cuando me dan ganas de coger el teléfono o presentarme en su casa y llamar a la puerta cuantas veces sea necesario para decirle que en realidad, desde que se fue, me ha costado mucho volver a construir. Para decirle que no estoy segura de que haya hogar sin sus cimientos. No obstante mis emociones tienden a querer remover en las cenizas de lo que dejó de ser. Y se me olvida que cada uno pinta la historia a su manera, y que los milagros no existen.

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