Gitanos de la cava

Estaba sentada en el pasillo de una casa enorme, ajena. Estaba cogiéndome las rodillas con las piernas mientras escuchaba cómo en una de las habitaciones caía el agua de la ducha, a modo de lluvia. De fondo y en alto sonaba una canción. Por lo demás, todo era silencio de una tarde de verano caluroso y confuso.

Me quedé quieta escuchando esa melodía inundar la casa, intentando no pensar en lo que tenía en verdad entre manos: la decisión de irme o quedarme, sin poderla postergar por propia salud mental. Sé que él saldría y pondría buena cara como si nada estuviera pasando. Y yo callaría una vez más. Por eso me encerré en mí misma y en la melancolía del sonido de trompeta y voz desgarrada del flamenco.

Aquella canción se hizo eterna. Pero sólo he podido comprobarlo al volverla a escuchar tiempo después. Ahora pienso que es demasiado corta para poder generar en mí cualquier tipo de emoción asociada. Pero aquel día...aquel día fue como un lamento largo, prolongado...el lamento a la soledad interior y a lo perdido. Duró eternamente, duró como toda una tarde, unos cuantos meses. Duró hasta calar en lo más profundo, hasta casi hacerme llorar y pensar sobre qué hacer después. Qué hacer después, cuando todo siguiera siendo la farsa a la que había decidido someterme, jugando con la pulsión de muerte, en una recaída sin sentido del pasado que no había superado aún.

Y de alguna manera calmó la herida de saberme en peligro cada día que pasaba con él.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Vacío fértil

Siete esquinas,7

la varita