Edad percibida
Voy a cumplir 23 y...¿sabes? el mundo no es muy diferente ahora. He pasado ya por unas cuantas cosas, aunque lo mejor es que aún puedo bromear sobre mi juventud e incluso sentirme afortunada porque me quede más de dos tercios del camino, como quien dice. Me recuerdo madurando demasiado pronto, y puede ser que lo que viví me hiciera estar ahora donde estoy. Cuando hablan del destino quizá se refieran a esto, ¿no? a que uno va construyendo paso a paso lo que es en cada momento, en cada nuevo año, como si fuera una concatenación de sucesos que se ponen en movimiento tras un solo paso. Creo que a esto lo llaman el efecto mariposa. Entra dentro de mis curiosidades del mundo.
La cuestión es que quedan pocos días para dejar atrás un año más. Porque diría que para mí empieza el año en el momento en que cumplo con otro, no tanto en esa fatídica nochevieja a la que nunca le he visto mucho interés. Es más bien cuando pienso que cae uno más (porque los años, en español, nos caen) y me planteo si hasta el momento he hecho lo que quería hacer, qué hubiera cambiado en mi historia y qué está en mi mano aún. Me planteo qué camino tomar en este nuevo año, en esta nueva oportunidad de seguir siendo (aunque algunos haya sido a duras penas) alguien en mi vida, yo misma, en solitario.
Creo que diré que a los 22 terminé de darme cuenta de todo lo que, en probabilidad, quedaba por ver y sentir. Diré que a mis 22 mi vida dio un giro inesperado que fue como una carambola que me llevó a encontrarme finalmente dentro, como un núcleo inamovible. Podré decir (presiento) que me conocí alguno de estos días. Que al mirarme al espejo me vi, simplemente. No hay mejor forma de explicarlo, ni serviría de nada poner más palabras vacías a un hecho tan importante. Lo más especial en mi vida se ha explicado sin necesidad de hablar. Pero sólo hablando he podido terminar de entenderlo. Porque sí, tengo la sensación de que todo esto es una gran paradoja, un tal vez sí o tal vez no. Algo impredecible, incalculable, que no acabo de verlo en toda su magnitud ni podría hacerlo sin romper mi mente en mil pedazos.
He recorrido ya unas cuantas veces el camino directo a la locura: el camino directo a perderme en identidad, en forma, en esencia. Me sigue asustando el túnel a oscuras, saber que está a la vuelta de la esquina y que puedes llamar a una puerta equivocada. Ese fue mi comienzo y me hizo temer lo peor. Pero lo cierto es que he encontrado personas y situaciones y soles solitarios que han brillado por encima del temor más oscuro. Lo cierto es que no podría haber sido de otra manera. Que ahora, en algunos momentos, me siento tan bien sola...y siento que no necesito más que mantener este diálogo interior incansable que al final me guía por aquello que soy y quiero, por aquello que siempre me configuró.
Puede cambiar mi pelo, mi forma de vestir. Puede que mis ojos pierdan en los días grises su brillo, que mi cuerpo tenga más o menos peso, que me duelan más o menos la espalda y las piernas. Puede que la máscara del rostro muestre miles de emociones distintas, que sienta en el pecho latir fuerte el corazón por diversas causas, que mis pensamientos vayan y vengan como estrellas fugaces, que me acompañe la inquietud un tiempo aún. Puede que pierda mi toque idealista y creativo, la iniciativa de buscar donde parece que no hay. Puede que pierda la capacidad de distinguir el bien del mal (si es que esta distinción realmente puede hacerse), o que deje de luchar por lo que me movió años antes. Quizá me vea convertida en aquello de lo que reniego ahora: yendo los sábados a comprar con dos hijos en el carro, o cocinando para varias personas, o viviendo en una casa con poca luz, o no pudiendo encontrar un rato para escapar a un bosque silencioso y caminar. Quizá me salgan arrugas en el rostro casi sin darme cuenta, y adquiera esa expresión de haber visto demasiado. Puede que llegue a caminar como una autómata, que sea de las crucen con semáforos en rojo por Madrid, movida por la prisa de no perder más tiempo, viviendo en una ruleta rusa temiendo al momento en que la bala me llegue, como nos llega a todos.
Puede que me llamen de mil formas diferentes, que se equivoquen al llegar a la X, que sea el cielo, el corazón, el bebé, el conguito, la pitufa...el amor de alguien. Pero sé que nadie ni nada de lo que me ocurra (ni siquiera el tiempo, aunque el dicho popular indique que "todo lo puede") podrá desdibujar la idea que yo tengo cuando me escucho a mí misma llamarme por mi nombre.
Alex
Y si pudierais ver lo que sale en mi pantalla cuando pongo la negrita, os dariais cuenta de la bonita coincidencia de escribirme a mí misma rodeada de fuerza.
La cuestión es que quedan pocos días para dejar atrás un año más. Porque diría que para mí empieza el año en el momento en que cumplo con otro, no tanto en esa fatídica nochevieja a la que nunca le he visto mucho interés. Es más bien cuando pienso que cae uno más (porque los años, en español, nos caen) y me planteo si hasta el momento he hecho lo que quería hacer, qué hubiera cambiado en mi historia y qué está en mi mano aún. Me planteo qué camino tomar en este nuevo año, en esta nueva oportunidad de seguir siendo (aunque algunos haya sido a duras penas) alguien en mi vida, yo misma, en solitario.
Creo que diré que a los 22 terminé de darme cuenta de todo lo que, en probabilidad, quedaba por ver y sentir. Diré que a mis 22 mi vida dio un giro inesperado que fue como una carambola que me llevó a encontrarme finalmente dentro, como un núcleo inamovible. Podré decir (presiento) que me conocí alguno de estos días. Que al mirarme al espejo me vi, simplemente. No hay mejor forma de explicarlo, ni serviría de nada poner más palabras vacías a un hecho tan importante. Lo más especial en mi vida se ha explicado sin necesidad de hablar. Pero sólo hablando he podido terminar de entenderlo. Porque sí, tengo la sensación de que todo esto es una gran paradoja, un tal vez sí o tal vez no. Algo impredecible, incalculable, que no acabo de verlo en toda su magnitud ni podría hacerlo sin romper mi mente en mil pedazos.
He recorrido ya unas cuantas veces el camino directo a la locura: el camino directo a perderme en identidad, en forma, en esencia. Me sigue asustando el túnel a oscuras, saber que está a la vuelta de la esquina y que puedes llamar a una puerta equivocada. Ese fue mi comienzo y me hizo temer lo peor. Pero lo cierto es que he encontrado personas y situaciones y soles solitarios que han brillado por encima del temor más oscuro. Lo cierto es que no podría haber sido de otra manera. Que ahora, en algunos momentos, me siento tan bien sola...y siento que no necesito más que mantener este diálogo interior incansable que al final me guía por aquello que soy y quiero, por aquello que siempre me configuró.
Puede cambiar mi pelo, mi forma de vestir. Puede que mis ojos pierdan en los días grises su brillo, que mi cuerpo tenga más o menos peso, que me duelan más o menos la espalda y las piernas. Puede que la máscara del rostro muestre miles de emociones distintas, que sienta en el pecho latir fuerte el corazón por diversas causas, que mis pensamientos vayan y vengan como estrellas fugaces, que me acompañe la inquietud un tiempo aún. Puede que pierda mi toque idealista y creativo, la iniciativa de buscar donde parece que no hay. Puede que pierda la capacidad de distinguir el bien del mal (si es que esta distinción realmente puede hacerse), o que deje de luchar por lo que me movió años antes. Quizá me vea convertida en aquello de lo que reniego ahora: yendo los sábados a comprar con dos hijos en el carro, o cocinando para varias personas, o viviendo en una casa con poca luz, o no pudiendo encontrar un rato para escapar a un bosque silencioso y caminar. Quizá me salgan arrugas en el rostro casi sin darme cuenta, y adquiera esa expresión de haber visto demasiado. Puede que llegue a caminar como una autómata, que sea de las crucen con semáforos en rojo por Madrid, movida por la prisa de no perder más tiempo, viviendo en una ruleta rusa temiendo al momento en que la bala me llegue, como nos llega a todos.
Puede que me llamen de mil formas diferentes, que se equivoquen al llegar a la X, que sea el cielo, el corazón, el bebé, el conguito, la pitufa...el amor de alguien. Pero sé que nadie ni nada de lo que me ocurra (ni siquiera el tiempo, aunque el dicho popular indique que "todo lo puede") podrá desdibujar la idea que yo tengo cuando me escucho a mí misma llamarme por mi nombre.
Alex
Y si pudierais ver lo que sale en mi pantalla cuando pongo la negrita, os dariais cuenta de la bonita coincidencia de escribirme a mí misma rodeada de fuerza.
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