El silencio

El silencio a veces es sólo silencio. En él proyectamos nuestras propias interpretaciones, que provienen siempre de nuestra mente y su flujo constante. Pero no se puede decir que hable más que las palabras, en la medida en que las palabras son nuestra mejor herramienta de comunicación. Con ella aclaramos cuestiones, damos nuestra opinión, expresamos lo que hay dentro...

Puede el silencio ser, no obstante, significativo en ciertos contextos: en una terapia, cuando se comienza por el silencio estamos mostrando con él nuestra defensa, nuestra resistencia a abrirle un mundo a un desconocido. Tras una interpretación el silencio puede ser una forma de asentir, o puede indicar que estamos procesando la información, o que lo que oímos nos duele.

En la música un silencio a tiempo puede marcar la diferencia entre una obra maestra o una sucesión de ruidos sin sentido. El silencio es el respeto por el público, la reflexión simbólica. El silencio aquí es tan importante como una nota, pero hay que saber cómo y cuándo colocarlo.

En el amor el silencio está sobrevalorado. Hablar sin palabras parece ser una forma romántica de entenderse, aquello a lo que algunas personas aspiramos. Pero vuelvo al primer párrafo para decir que con el silencio no se mantiene un sentimiento, ni ningún tipo de relación entre dos personas. Nos metemos en problemas cuando alguien nos dice que nos quiere y nos quedamos callados, o al revés. Las miradas siempre serán lo que queramos que sean. Pero las palabras pueden aclararse. Si a un silencio intentas ponerle nombre, se pierde su magia (en la medida en que ya nos es imposible proyectarnos en él) Y creo, sinceramente, que no se mantienen las cosas sin hablar, sin decirle al otro lo que queremos de nosotros mismos, o lo que esperaríamos de él, o lo que nos ha molestado o lo mucho que nos importa. No se puede dar por hecho, porque el tiempo y el silencio no lo aclaran todo.

Lo que pasa es que nos sentimos bien así, callando. Pensando que los problemas se solucionan por sí mismos, de forma mágica y natural. Sin embargo lo único que puede ser factible es el acuerdo, el dejar las cosas como están o el intentar llegar a un lugar común expresanado opiniones. El acuerdo de respetar que el otro piensa diferente a nosotros, o el acuerdo de saber que estamos queriendo decir lo mismo de distinta forma.

No me imagino a una pareja planteando la pregunta de "¿has pagado la factura de la luz?" o "¿te apetece que cenemos en tal o cual restaurante esta noche?" contestándose con el silencio. Puede confundir más que aclarar. O en ese momento de duda, tras una discusión, en el que quizá uno de los dos quiera saber si el otro le quiere, si firman una tregua amistosa, y simplemente encuentra la callada por respuesta.

Si se calla se pierde de alguna forma el derecho a réplica. Si uno calla, le deja al otro todo el espacio para invadirle, para que piense lo que quiera, para que malinterprete. Si se calla, no hay comunicación posible, ni entendimiento posible, ni amor ni amistad posible.

Si intentáramos hacer todos un pequeño esfuerzo por poner en palabras, aunque constriñan inevitablemente el mundo de las ideas y las sensaciones, aunque se queden cortas o demasiado grandes, aunque no sean del todo precisas...quizá el mundo funcionaría de otra manera: las personas podrían entenderse, o incluso entender que no se entiendan. No estallaríamos como ollas a presión ante la más mínima cuestión insignificante. No dudaríamos del amor, o de la importancia, o del respeto. Y encontaríamos así todos nosotros un espacio donde poder dar rienda suelta a lo que somos.

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