Niebla

Cuando despertaba en California siempre había niebla. Una de las grandes satisfacciones del día era esa: despertar en una casa desierta, salir a una terraza de madera suspendida sobre un frondoso bosque de altos árboles, y contemplar cómo amanecía en la bahía de San Francisco sin poder ver apenas la ciudad a lo lejos. Me sentaba con el primer café de la mañana y el cigarrillo, y se acercaba a la cristalera Pumba, un Golden Retriever sediento de cariño y atención. Ladraba suavemente para que le abriera. Era quizá el único al que permitía tumbarse a mi lado para compartir la escena. Acariciaba su pelaje largo y tostado desde mi soledad invadida por su presencia silenciosa. Y pensaba entonces que, con distancia, mi mente se abría al presente y todo lo anterior quedaba lejos y olvidado, como si hubiera sido un mal sueño. Era feliz en ese instante que quedará en mi memoria como eterno.

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