Se dirigió hacia su casa. Iba buscando respuestas con unas llaves en la mano. Las cogió uno de esos días que él dormía encerrado por decisión en el cuarto de al lado. Quizá no debería haberlo hecho, eso de cogerlas sin permiso. Le conocía y él no se las hubiera dado. Lo hubiera considerado una falta de respeto de esas en las que tanto le gustaba pronunciarse. Hubiera dicho "entrará en mi intimidad, y todo estará perdido. Se dedicará a romper lo que quede de mí, en un intento de destruir" Ella lo sabía. Pero había querido tenerlas en su poder igualmente. Poco le importaban ya las consideraciones, esas que habían brillado precisamente por su ausencia cuando más las habría necesitado. Así que ahora no tenía miramientos para introducir la llave principal en la puerta blindada y penentrar en su espacio privado. Al final en ese espacio ella había sido, de alguna manera, ella y su sombra. Ella y la marioneta movida por hilos que se hacían llamar amor idílico. Caminando desnuda por aquel suelo de madera oscura, del salón a la cocina, de la cocina a la habitación. Se había probado todas sus camisetas tras noches de fiesta, y se había duchado con su mismo olor en el cuerpo, en la esponja. Había llegado a utilizar incluso su cepillo de dientes al principio...justo cuando a él no le daba tanto asco compartir.

Y ahora buscaba respuestas. Sabía que él habría salido a correr, a correr muy lejos de allí, a escapar por un momento del mismo espacio codiciado una y otra vez. No le daría esa sorpresa non grata de aparecer sin haber sido llamada. Ya no. Pero las respuestas...aún podían tener sentido. Buscaba saber quién era. No ella. Ella ya no...lo sabía, de alguna manera, y sabía que no se encontraría allí. Pero él quizá hubiera querido dejar una puerta abierta y mostrarse cuando pensaba que no iba a ser visto. Y eso era lo que más quería ver. Cómo era su ausencia, la de ella, la de él, la del nosotros.

La puerta sonó levemente, y con un "clac" metálico se quedó entreabierta, esperando a ser empujada por ella. Asomó la cabeza por ese hueco y le llegó un olor nauseabundo. "Se ha vuelto a dejar la basura de días en la cocina", pensó. Pero no esperaba encontrarse con aquello. En la cocina la basura no era basura propiamente dicho. Ese olor provenía más bien de un cuerpo tendido en el suelo. Un cuerpo que no reconoció de primeras, pero que le resultaba familiar. Todo era silencio y no quiso romperlo. Se acercó de puntillas a examinar aquel cadáver inerte, inmóvil, y tuvo que llevarse la mano a la boca para ahogar aquel grito cuando vio los ojos verdes abiertos, sin expresión. Y su torso desnudo de cintura para arriba. El pelo rapado, como hace un tiempo. Buscó la señal...la señal que confirmara lo que no quería creer, lo que no podía creer y la encontró. Allí estaba, en su brazo blanquecino, el tatuaje. Era él. No había lugar a dudas. Y fue alejándose hasta el salón, esperando poder levantar la persiana, salir a la terraza y tomar un poco el aire de primavera que en la calle aún flotaba en el ambiente. El salón estaba a oscuras, y movida por la prisa de oler el aire fresco no se dio cuenta de sus pasos y tropezó a medio camino con algo.

Otro cuerpo. Tendido, igual que el anterior, en el suelo. Pero este se mostraba en otra posición. De lado, con las manos encogidas frente al pecho, a modo de bebé que duerme. Sin embargo no dormía. Al agacharse a mirarlo tenía también los ojos abiertos, el pelo largo, la perilla...y vestía de manera diferente, algo antigua e irreconocible. De dónde habría sacado aquella camisa, o mejor dicho, cómo la llevaría puesta en el momento de su muerte. No tenía sentido aquello. Que el mismo rostro y cuerpo estuvieran tendidos, con imágenes distintas, sobre un suelo silencioso y frío. Qué había ocurrido.

Espantada, se dirigió hacia la habitación. La recordaba como el único lugar a salvo. Tocó el pomo con la mano y se desencajó con ese ruido de golpe de madera hueca. Por la ventana entraba la luz del atardecer en sus tonos anarajados, morados y rosas. Esos atardeceres del oeste...Y le costó percatarse de que sobre la cama había también otro cuerpo. Era él pero algo diferente. Más joven, un adolescente quizá. El pelo más oscuro, los rasgos aniñados, el cuerpo más pesado. Yacía boca arriba con los ojos cerrados y una especie de sonrisa tranquila. Las manos sobre el corazón, encogidas. Le recordó a su forma de dormir y pensó por un momento que quizá no estuviera muerto, sólo dormido. Por eso le sacudió el brazo (no tenía tatuaje, acababa de ser consciente de esa falta) pero no ocurrió nada. Siguió aquella imagen como si nada. Casi dormido. Dormido en su propia cama. Sin respirar. Sin moverse. Sin ser él ya. Sólo un recuerdo de lo que había sido. Y al dar media vuelta para dirigirse de nuevo a la cocina, pasando por encima de aquel cuerpo, procurando no pisarlo se apoyó sobre el mostrador, miró hacia la ventana cerrada y una frase se le vino a la mente, casi sin poder quedarse mucho tiempo. Le dijo "él fue dejando cadáveres de sí mismo en su propia casa. No salió a correr. Sólo dejó los cuerpos allí, como si nada. Y en alguno de ellos habitaste tú. Pero tú estás viva, observándolos, porque supiste que esto pasaría algún día. Que el sentido de su vida y de vuestra historia fue, simplemente, poder dejar otro cadáver más en el recuerdo. Poder olvidarse de sí mismo de nuevo para creer que podría reconstruirse con otra imagen distinta. Pero todos estos quedarán en esta casa para siempre, y si algún día vuelve no podrá recogerlos porque habrán cogido ya todo el peso del pasado en sus brazos, en sus piernas inmóviles. Habrán quedado ya paralizados por un rigor mortis que acaba llegando" Y entonces lo supo: que otra y no ella se encargaría de ese estropicio, y que su acción ahora sólo podría ser salir de allí. Salir de allí con la respuesta, con aquella reflexión aún viva en la cabeza, con aquel cuerpo en movimiento que aún era.

Se precipitó hacia la puerta y sin percatarse la dejó abierta, mientras bajaba corriendo los peldaños de las escaleras descendentes que la llevarían al final a la salida, a la salida hacia la luz y la primavera estrenada. Hacia su coche.

Encontró las llaves en su mano, las llaves de su propio coche. Y supo hacia dónde dirigirse. Quería estar allí en cinco minutos, pero tardaría algo más. Quizá diez. Tampoco mucho. Así que condujo. Condujo por las carreteras llenas de gente, de personas indecisas y recuerdos. Por las calles de miedos. Y fue subiendo aquellas curvas sabiendo quién era, quién era ella. Olvidándose de los cadáveres que acababa de contemplar en aquella casa muerta, oscura, silenciosa.

Dejó el coche en la entrada. Había en aquella acera un hueco para ella y subió los pisos corriendo, casi sin aliento. Se le fue cayendo el miedo en la escalera, se le fue llenando de oxígeno todo el cuerpo, la sangre fluyendo con palpitaciones que resonaban en su propia cabeza, olvidando las palabras. Y al llegar la puerta estaba abierta. Qué despiste y qué detalle. No tenía llaves ni había querido tenerlas. Pero pudo entrar sin hacer ruido en aquella habitación luminosa. Le vio tumbado en la cama, dormido. ¿Dormido? Ya no sabía dónde podría encontrarse un cuerpo más. Pero tuvo otra sensación distinta, de que algo allí flotaba con aires renovados. Parecía feliz, tranquilo. Respiraba. Sí, estaba respirando. Se sentó en el borde de la cama mientras se quitaba los zapatos. Lo que había ocurrido momentos antes parecía no tener sentido ya, como si nunca hubiera existido de verdad. Se inclinó hacia su cuerpo por la espalda. Acababa de girarse como esperando el abrazo. Y eso fue, simplemente, lo que hizo. Se tumbó a su lado sin necesidad de decir nada y le pasó el brazo por la cintura, acercándose mucho para poder olerle, ese olor a infancia y a muñeco. Ese olor a él. Y justo cuando acababa de acomodarse le invadió una sensación de paz y felicidad y supo que en todo caso allí estaban las respuestas, o las preguntas que abren puertas (quizá la puerta abierta no era un despiste, sino una forma de preguntarse si ella llegaría después, o de esperarlo)Él susurró "has llegado a tiempo" y ella le dijo "estoy aquí" Y la noche dio paso a un nuevo día.

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