La puerta cerrada

No podías entender mi desesperanza, mi angustia. En aquellas noches negras en que surgía, sin verla venir, una discusión entre nosotros, a modo de nube gris, de bloque de hielo que no sabría cuándo romper ni cómo contigo. Te levantabas de tu propia cama y sin decir nada, cogías una manta del armario y te ibas a la habitación de al lado. Yo intentaba que te giraras en algún momento para hablar, aunque a menudo eran las tantas de la madrugada y ambos estábamos muy cansados. Pero no entendía tu huida repentina, tu silencio, el giro de la situación en un momento por algo que se solía quedar a modo de pregunta enorme y con entonación ascendente en mi cabeza, provocándome un llanto imparable, una sensación de desamparo, de no poder decir ni expresar, de no poder darle salida, de no poder hacerme cargo de algo que no entendía.

Intentaba detenerte antes de que llegaras a la puerta, con la esperanza de que volvieras a acurrucarte a mi lado y me abrazaras, haciendo que aquella noche no fuera una más, haciendo que el día terminara bien por una vez. Pero tú no atendías. Sólo te ibas y ya no había hueco ni lugar libre de culpa sin sentido, sin enlace posible. Te escuchaba trajinar mientras me acurrucaba entre las sábanas, cogiéndome las rodillas con los brazos, llorando de ese modo silencioso o con hipidos y ansiedad. Podía escuchar perfectamente tu indiferencia: tu modo de colocar el colchón, el momento exacto en el que te tumbabas y te ponías la manta por encima, o bajabas la persiana a modo de "no molestar", y yo imaginaba aquella escena con exactitud. Imaginaba tu absoluta frialdad respecto a nosotros. Imaginaba tu cansancio. Y me sentía también cansada, pero no indiferente y me lo reprochaba. No sentir que no sentía nada. Que podía calmarme sin pensar y esperar a la mañana.

Cuando todo se iba un poco más de las manos, entraba en tu habitación a oscuras y te preguntaba si podíamos hablar. Me decías un "qué quieres" con cara de sueño y hartazgo, y yo no sabía entonces qué decir, o más bien cómo ordenarlo, y me sentía tan ridícula en mi mundo, en mi dolor. Sola en esa escena junto a tu cama, donde acercarse era un error y alejarse me aseguraba una noche de dormir mal y de levantarme peor. Llegaste muchas veces a decirme un "no" o una serie de frases de esas que aún acrecientan en dolor, que aumentan la distancia. Llegaste muchas veces a cerrar esa puerta con llave. Y entonces ya no podía hacer nada. Y sólo pensaba y sentía que no podía ser posible que todo te diera igual, que te diera lo mismo saber que yo (a quien querías, eso creía) estuviera pasando un mal rato, intentando pasarlo más bien, sin saber, sin poder, sin ser, sin ti.

Entonces ya sólo quedaba la opción de sentirme despreciable preguntándome qué había hecho mal. Por qué había conseguido meter la pata sin darme cuenta, cuál de todas mis palabras había despertado la furia en ti y qué sentimiento podía llevarte a esa indiferencia absoluta.

Solía despertarme antes que tú, me preparaba una taza de café sin preguntarte, sin saber cuándo te decidirías a abrir esa puerta cerrada con llave y aparecer, ni qué me dirías entonces para solucionar ya no sólo la bronca estúpida sino todo el momento de después donde yo me había dejado de sentir pareja para sentirme una mierda solitaria, incomprendida, asustada, despreciada, poco querida, malherida, culpabilizada, no perdonada. Y me salía a la terraza a fumar y beber hasta poder verte la cara y adivinar cómo actuar, qué decir. Luego te quejabas de que no fuera capaz de prepararte una taza de café o darte los buenos días, pero no me salía. Me pregunto qué esperabas. Si realmente pensabas que esto de la psicología podía hacerme ser una maga que adivinara los estímulos discriminativos del hombre enfadado, del hombre que necesita que le dejen en paz, del hombre que quiere arreglar el estropicio, del hombre que se siente dolido, del que te desprecia, del que duda de si seguir en la relación, del que te quiere a pesar de todo. Era imposible. Y lo mejor es que yo pensé que debía conseguirlo, eso de pensarte desde ti para ti. Pensé que esperabas eso de mí y me fue hundiendo la mezcla de ese pensamiento con la intermitencia de tus emociones y tus actos.

Sólo podía entender, y entiendo ahora, que tan sólo podía hacerme cargo de una puerta cerrada y de mi posición tras ella.

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