1 y 1
Jueves cinco de mayo. Antes de irme a dormir. Estoy pensando en ti. Quizá te parezca extraño descubrir que estas palabras no van dirigidas al destinatario de siempre, sino a ti.
No me gusta cuando utilizas la palabra comodín y a ratos en estos días se me viene como un eco a los oídos, y pienso que quiero escribirte algo. Siempre tengo algo que decirte. Y esta vez es, simplemente, que no quiero volver a escucharlo, ni en la escena real ni en mi mente. Porque no es cierto. Porque a estas alturas ya deberias saberlo, y no permitir que tu mente lo use de manera inconsciente como una defensa ante mí, como una pregunta en el aire quizá. Eres la persona que siempre responde cuando pregunto si hay alguien más ahí. Y me llega tu voz, o tus palabras escritas, o noto tu presencia. Cuando caminas a mi lado, eso también lo recuerdo. Tú como una figura alta y con presencia propia, con nombre propio desde hace meses. Tú con tu barba, o tu camisa a cuadros y tu pantalón azul oscuro de deporte, tu cazadora roja o esa verde grande y larga con la que se me perfila tu imagen, tu pañuelo rojo y negro al cuello, o tu sombrero gris. Tú como aquel que siempre me escucha y me acompaña, como aquel que saca un hueco para verme. Que aún quiere verme, más allá de una imagen o de un lamento o una queja mantenida. Me emocionan mis propias palabras y tengo ganas de llorar y no sé por qué. Quizá porque a veces te siento al saber que en ocasiones puedes sentirte tan impar como yo, y compartimos eso. Puede ser que sepa que entiendes mejor que nadie mi soledad y mis días grises, y esa lucha constante por fijarme en el cielo cuando está azul y despejado.
Desde que lo soñaste, más de una vez, simbólicamente en mi pensamiento he enlazado mi mano con la tuya preguntándome si es posible que exista el equilibrio en algún lugar. Me he preguntado una y otra vez si no me empeño demasiado en lo complicado, por qué no soy capaz de tener a mi lado a una persona simple que sólo hable de recetas de cocina, y qué es lo que no funciona ahí fuera (o puede que más bien dentro)
Me gusta compartir contigo momentos. Verte en algún lugar de la semana, mandarte un guiño si te recuerdo o preguntarte simplemente qué tal. Mantenerme al día de tu vida, hacerte llegar que estoy interesada en aquello que pueda ocurrirte, para bien o para mal, en tu mutismo tranquilo.
En ocasiones tu sonrisa me salva de ser un punto más pesimista, y tu presencia en lo importante de últimamente me hace saber que si caigo estarás ahí, como lo estás los días que me da por vestirme de negro y de insoportable.
Me gusta ese gesto tan tímido y breve de tu mano en mi rodilla, o de apoyarte en mi hombro. Qué pena que llegaras en mal momento entonces, porque me hubiera gustado mantener por instante ese contacto. Lo justo para que ninguno de los dos se sintiera incomodado. Pero lo cierto es que me gusta también vestirme con sudadera y mallas cuando sé que voy a verte, porque significa que me siento cómoda y que no es necesario darte una imagen. Me conoces más allá de todo eso, y me aceptas tal cual. No es necesario seducir ni ser lo que no me apetece ser en el momento. Puedo seducir tu sonrisa con otra, y puedes observarme a través de cualquier tejido y color, de cualquier cosa con la quiera vestirme a mí misma.
Se me vienen imágenes de las veces que hemos quedado desde diciembre, y sé que significan algo más que compartir soledades o ratos sin nada que hacer. Sé que adquieren una importancia mayor de la que tú quieres hacerme ver cuando te pronuncias.
Y sé que cuando leas esto me dirás probablemente algo. Pero espero que no caigas en la trampa de agradecer, porque eres capaz de mayor originalidad y creatividad, aunque te cueste asumirlo. Porque estás en ese punto en mí en el que las gracias no son más que palabras vacías y sin lugar.
No sé cómo concluir. Y prefiero no hacerlo
...
No me gusta cuando utilizas la palabra comodín y a ratos en estos días se me viene como un eco a los oídos, y pienso que quiero escribirte algo. Siempre tengo algo que decirte. Y esta vez es, simplemente, que no quiero volver a escucharlo, ni en la escena real ni en mi mente. Porque no es cierto. Porque a estas alturas ya deberias saberlo, y no permitir que tu mente lo use de manera inconsciente como una defensa ante mí, como una pregunta en el aire quizá. Eres la persona que siempre responde cuando pregunto si hay alguien más ahí. Y me llega tu voz, o tus palabras escritas, o noto tu presencia. Cuando caminas a mi lado, eso también lo recuerdo. Tú como una figura alta y con presencia propia, con nombre propio desde hace meses. Tú con tu barba, o tu camisa a cuadros y tu pantalón azul oscuro de deporte, tu cazadora roja o esa verde grande y larga con la que se me perfila tu imagen, tu pañuelo rojo y negro al cuello, o tu sombrero gris. Tú como aquel que siempre me escucha y me acompaña, como aquel que saca un hueco para verme. Que aún quiere verme, más allá de una imagen o de un lamento o una queja mantenida. Me emocionan mis propias palabras y tengo ganas de llorar y no sé por qué. Quizá porque a veces te siento al saber que en ocasiones puedes sentirte tan impar como yo, y compartimos eso. Puede ser que sepa que entiendes mejor que nadie mi soledad y mis días grises, y esa lucha constante por fijarme en el cielo cuando está azul y despejado.
Desde que lo soñaste, más de una vez, simbólicamente en mi pensamiento he enlazado mi mano con la tuya preguntándome si es posible que exista el equilibrio en algún lugar. Me he preguntado una y otra vez si no me empeño demasiado en lo complicado, por qué no soy capaz de tener a mi lado a una persona simple que sólo hable de recetas de cocina, y qué es lo que no funciona ahí fuera (o puede que más bien dentro)
Me gusta compartir contigo momentos. Verte en algún lugar de la semana, mandarte un guiño si te recuerdo o preguntarte simplemente qué tal. Mantenerme al día de tu vida, hacerte llegar que estoy interesada en aquello que pueda ocurrirte, para bien o para mal, en tu mutismo tranquilo.
En ocasiones tu sonrisa me salva de ser un punto más pesimista, y tu presencia en lo importante de últimamente me hace saber que si caigo estarás ahí, como lo estás los días que me da por vestirme de negro y de insoportable.
Me gusta ese gesto tan tímido y breve de tu mano en mi rodilla, o de apoyarte en mi hombro. Qué pena que llegaras en mal momento entonces, porque me hubiera gustado mantener por instante ese contacto. Lo justo para que ninguno de los dos se sintiera incomodado. Pero lo cierto es que me gusta también vestirme con sudadera y mallas cuando sé que voy a verte, porque significa que me siento cómoda y que no es necesario darte una imagen. Me conoces más allá de todo eso, y me aceptas tal cual. No es necesario seducir ni ser lo que no me apetece ser en el momento. Puedo seducir tu sonrisa con otra, y puedes observarme a través de cualquier tejido y color, de cualquier cosa con la quiera vestirme a mí misma.
Se me vienen imágenes de las veces que hemos quedado desde diciembre, y sé que significan algo más que compartir soledades o ratos sin nada que hacer. Sé que adquieren una importancia mayor de la que tú quieres hacerme ver cuando te pronuncias.
Y sé que cuando leas esto me dirás probablemente algo. Pero espero que no caigas en la trampa de agradecer, porque eres capaz de mayor originalidad y creatividad, aunque te cueste asumirlo. Porque estás en ese punto en mí en el que las gracias no son más que palabras vacías y sin lugar.
No sé cómo concluir. Y prefiero no hacerlo
...
Comentarios
Publicar un comentario