El pulso equivocado
Es doloroso. Contar los episodios de ese tipo. Contar mis emociones a un público silencioso pero sobre todo público. Es más doloroso contármelas pasado el tiempo. Verme a mí misma a modo de imágenes en aquellos derroteros. Verme luchando por nada, quemándome en mi propio sentimiento, helándome al tocarte cuando estabas frío. Y ahora sólo quiero seguir, dejar esto atrás, dejar de pensar que algo debo perdonarme. No creo que hiciera nada mal, al menos no de la forma en la que tú parecías querer hacérmelo ver. Cometí errores, casi de principiante, porque en el amor he sentido tantas veces que es un volver a empezar, volver a iniciar...que olvidaba lo aprendido por la emoción, por la que me dejaba llevar. Y yo era una eterna chica de quince años pidiendo permiso, deseando ser querida, escuchando una y otra vez un "no te quiero" que intentaba asociar con un comentario anterior "creo que me estoy enamorando de ti" y no había nexo. Yo era esa chica asustada, esa chica con el control puesto en el otro o en la situación pero nunca en mí misma. Era la idiota que no tenía límite, que había aguantado ya lo que no está escrito. Que agachaba la cabeza apelando a esa palabra...amor. Y no. Si en algo me equivoqué conmigo misma (nada tiene que ver con darle cuentas a otros) fue en eso. En aguantaros las tonterías a todos vosotros. En no dar un golpe en la mesa, levantarme de la cama, vestirme, coger el coche e irme a dormir sola. Cerrar la puerta sigilosamente saliendo de puntillas de mi propia cárcel del piso octavo de un número 13 que no compensaba. Saliendo de todo lo que no tenía que ver conmigo: vuestras inseguridades, vuestra manía de control, vuestra necesidad de dominar y ser dominados. No estoy ya para batallas. Todas las he librado lo suficientemente mal como para seguir pensando que las relaciones son eso: un pulso donde la mano cae, unida a otra pero compitiendo con ella, hacia un lado de la mesa provocando un golpe y un cansancio. No estoy ya para estas cosas, porque yo no las merezco. Y sé que debo dejar que pase el tiempo para asegurarme de que se asiente lo suficiente como para no repetir ni apostar al caballo perdedor una vez más.
Porque no hay caballo que no pueda ser y sentirse libre. Porque la libertad pasa por saber decir que no. Por sentir que tienes ese derecho en cada uno de los instantes en que vivas. Por vivir, no por sufrir. Por ser, por mí.
Porque no hay caballo que no pueda ser y sentirse libre. Porque la libertad pasa por saber decir que no. Por sentir que tienes ese derecho en cada uno de los instantes en que vivas. Por vivir, no por sufrir. Por ser, por mí.
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