Ayer

Ella es la reina de los ojos de gato, del entornarlos ante la belleza, de la admiración por el valor interior. Ella es la reina de la risa cuando por dentro llora. Ella es la que se adapta ahora a unas circunstancias que hubiera deseado diferentes, y me sorprende. Cuántas charlas bajo el sol, bajo días grises y fríos, hemos mantenido sobre el ser. Ser era el agalma, la luz que brilla dentro, el merecerse que alguien la contemplara y quedara extasiado con ella, valorándola hasta el último de sus días. Pero ella ahora, como yo, es una princesa desencantada con los cuentos infantiles. Ya descubrió todo aquello del Edipo, de la rivalidad, del conflicto entre el ello y el superyó, y ahora simplemente ha decidido sobreadaptarse.

La admiro, como siempre he hecho. También lo hacía en su distancia impuesta cuando no podía levantarse de la cama. También lo hace ella conmigo cuando le hablo de mi maraña y lo ve todo claro (dime cómo...)y me sigue dando ánimos. "No te acuerdas" me dice, "no te acuerdas de cómo estabas hace un año, ni de esos días que el mundo se te caía en el bus" Y no me acuerdo...menos mal. Pero pierdo también el elemento para comparar y decirme: "he madurado" Quizá porque tampoco quiero madurar...

La admiro pero me parece curioso lo que ha decidido hacer. Tengo ganas de preguntarla si se debe a un desencantamiento general, o si en realidad está bien así, o hacia dónde cree que irá todo...metiendo el dedo en la herida, como hacemos los psicólogos cuando alguien nos habla desde dentro. Pero callo esta vez. Callo porque creo que cada uno decide, es libre, valora, pone en la balanza y...hace. Muchos criticarían las cosas que yo sigo haciendo. Pero no llevan mis gafas, ni yo llevo las de ella. Por eso me dedico a escuchar y sobre todo a respetar. Porque sé que ella, con lo que lleva dentro, con lo que ha pasado ya, sabrá solucionar la situación. Sabrá salir ilesa de otra más. Sabrá cortarlo antes de que sea tarde. Sabrá hacia dónde mirar, cuándo y de qué modo. Así que la acompaño en el camino, que es lo que hacen los compañeros: ponerse las botas y situarse al lado en silencio, contemplando el paisaje y avanzando en la búsqueda del mar infinito.

Algún día el mar y el cielo se mirarán, estoy segura. Y se darán cuenta de que siempre estuvieron ahí, de que nunca se alejaron en verdad. Y con la distancia que los separa se reconocerán, como en un espejo, y se darán la bienvenida. Creo, pequeña nínfula, que esa será nuestra historia. Y sé que dentro de unos años la contaremos como si todo hubiera empezado ayer.

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