Flexibilidad

Y quién soy yo para juzgar a nadie. Quién me creo si pienso en algún lugar de mí que soy moralmente correcta y que puedo, con mi dedo acusador, dictar sentencia contra alguien y a favor de mí misma. No se trata de eso. En aquello que hago, llamémoslo trabajo porque aunque no cobre por ello ocupa gran parte de mi vida y de mi tiempo, la flexibilidad en el pensamiento es imprescindible. Desde el momento en el que voy conduciendo hacia el lugar y veo una puerta que se cierra y otra que se abre, desde el momento en que trato con personas, no sé lo que va a ocurrir a continuación, con qué me sorprenderán o con quién me encontraré. La duda de quién eres tú se mantiene constantemente en el aire de forma bidireccional, y me ocupo de intentar ganarme la confianza de personas nada acostumbradas a confiar y sí a observar con escrutinio. En ese momento, decía, debo tener presente lo que soy y cómo quiero actuar respecto a otros, como una esencia básica e inamovible que me acompaña dentro y que me guía ante lo impredecible, que me dice cómo actuar ante un conflicto, o cómo hacerme la despistada cuando soy consciente de que me observan interrogantes. Debo tener claro hacia dónde me quiero orientar, lo que espero conseguir, y sobre todo dónde están y cuáles son mis límites. Pero nunca puedo cargar con los pensamientos que me acompañan sobre la vida, con esos pensamientos estereotipados y rígidos que me hablan de moral, del bien y del mal. Cuestionarme lo que me enseñaron a pensar o lo que creo pensar, o mis tendencias evaluativas y valorativas lo reservo para ese momento a solas en el coche donde conduzco hacia mi hogar y refugio. En ese camino me contemplo desde dentro y me pongo constantemente a prueba. Dónde están mis límites para aceptar o para rechazar. Y me doy cuenta entonces de la dificultad de este trabajo personal, de este poner en tela de juicio (y no hay expresión que lo pueda definir mejor) aquello que mis ojos ven, que mi conciencia sabe y mis oídos escuchan. Se establece así el compromiso conmigo misma de aceptar lo que a priori parece inaceptable, de olvidarme de lo que han hecho para centrarme en lo que son conmigo y con los demás, con aquellas que tendemos una mano hacia la esperanza y la oportunidad de mejorar. Es un frágil equilibrio: aquello en lo que te han educado y aquello que has decidido ser, que en ocasiones se alejan lo suficiente como para generar una brecha que te permite crecer y construirte.

Puedo considerarme una persona idealista, pero cuando se trata de ser realista lo soy sin titubear. Si tengo que aceptar que alguien mató a otro clavándole un cuchillo no me escondo en los mundos imaginarios de la Alex niña, ni en aquellos tiempos felices donde todo parecía a salvo, incluida yo. Si me caracterizo por algo es por mirar estas cosas de frente, con los ojos llenos de complejidad y reflexión, desde lo que soy, para abrir mi mente a un mundo donde todo es posible. Donde no hay culpables ni víctimas, ni buenos ni malos, ni blanco ni negro sino una gama infinita de posibilidades intermedias que se solapan y se mezclan, y eso...eso es el ser humano, incluida yo.

No me tiembla la voz si debo hablar ante los retos, ni tengo miedo de tratar con personas que otros considerarían potencialmente peligrosas, por decirlo de una forma suave. No es ese mi papel, simplemente. Voy más allá de todo eso, estoy por encima de todo eso, con una actitud de profunda humildad ante lo que no sé y lo que aún me queda por saber. Hay tanto mundo ahí fuera...tantas historias distintas, tantos caminos, tantas decisiones, tantas formas. Y pensando en esto, conduciendo, me daba cuenta de que incluso podría fácilmente considerar esta etapa de mi vida como mi etapa dorada en cuanto a conocimiento.

Me veo segura, me veo en esencia fuerte. Pero esta fortaleza es diferente a la que siempre consideré como mía. No se trata de la coraza impenetrable del que siente que ha sufrido, sino de ese núcleo humilde del que se sabe sabiendo poco. De ahí surge mi fortaleza. Y de lo que siento que soy surge mi seguridad, impresionante si me viera desde fuera, sin tener nada que ver con la inseguridad que me ha caracterizado en lo emocional. Me veo pensando de forma racional, exacta, precisa a cada situación, resolviendo con rapidez lo que en otros momentos se me hubiera hecho un mundo. Lo que me sorprende es que en aquello que puede parecer más difícil es donde menos miedo tengo. Y la ausencia de miedo surge de la ausencia de estereotipos, de la ausencia de sentencias firmes, de la ausencia de extremos mentales, de la posibilidad.

Por muchas durezas que vea, va conmigo el no dejar de creer en el ser humano. Si tuviera que hablar de mí, hablaría de esto en primer lugar. Y no tengo que defenderme de nada, porque nadie me ataca si le hablo de su persona desde la apertura y el respeto. Si le hablo de humano a humano. Si hablo de lo que somos y nos une, de lo que nos junta y no de las diferencias, sin cortezas y durezas innecesarias y ridículas cuando se trata de compartir.

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