No sé qué quieres: si una batalla o una tregua. Pero me siento cansada de intentar mantener mis buenas intenciones, y no estoy segura de que lleven a ningún lado.
No puedo evitar, en ocasiones, caer en esa añoranza que lo nubla todo y envuelve los recuerdos de ti. Las risas en la piscina, tu forma de agarrarme la mano, cómo caminabas a mi lado, como si no pudieras soportar que estuviera lejos ni un momento. Nuestra forma de hacer el amor, nuestras caricias por la mañana durante el café, y tus risas. Te quiero recordar sonriendo, simplemente eso. Guardarme en mi cajón del tiempo una imagen de ti en una tarde soleada, o una imagen de ti iluminado por la lámpara de pie que compramos, cuando aún existía el amor entre nosotros. Quiero llevarme conmigo el veteado de tu pelo rubio, tu piel morena en las playas del norte, tus palabras tranquilizadoras. La paciencia que tenías conmigo, ese gesto tuyo con la boca después de besarme. Tu sonrisa después de darme las buenas noches, y la forma en que te girabas hacia mí en la cama para abrazarme, completamente pegado a mi cuerpo. Las comidas en casa de tu familia donde todo eran cariños y buenos modos, donde en nuestra mirada sólo parecíamos existir nosotros. Tu empeño en echarme la bebida antes que a ti, tu toalla abierta para recibirme bajo los rayos de sol de ese agosto que fue nuestro. Tus manos tirando de mí en la piscina hasta tenerme tan cerca. Tus palabras al oído...Duele escribirte así porque en cada palabra me doy cuenta de que lo hemos perdido ya. Y ha sido por nosotros, porque ambos hemos ido queriendo, sin hacer nada al respecto, sin querer dar el giro decisivo.
Lo siento. Si te hería al hablarte con vehemencia. Si discutía sobre todo lo que era común. Si quería imponer mi criterio en tu vida. Si he sido juez y parte. Si me he dejado nublar la vista por demasiadas emociones. Si no he sabido pedir disculpas. Si me ha dolido más de lo que hubiera querido. Si no fui capaz de mantener alguna promesa.
El otro día me viniste al pensamiento. Estabas tumbado en la cama, y yo sobre ti te decía cantarina: "¿a que te vas a casar conmigo?" y tú asentías y me besabas con esa manera tan tuya que nadie podrá suplantar. Y me dolía. Lo que quedó en el aire, lo que se dijo y lo que no. Me dolía el desenlace de ti en mi vida.
Aún recuerdo a ese chico que hace meses se sentó junto a mí en la Calle Mayor, lleno de entusiasmo por la nueva aventura. Era un chico que no paraba de hablar de sus proyectos, de su ilusión. Era el chico que temblaba de nervios con mis gestos recién descubiertos. Fue el mismo chico que esa noche me conquistó con sus formas. El mismo que me hizo pasar un momento feliz después de tanto. Que se apoyó en la puerta de mi coche para no dejarme ir todavía. El mismo que abrió los brazos diciendo: "qué quieres que te diga, chiquilla, me has encantado" El mismo al que yo llamaba loco por su impulsividad. ¿En qué ha quedado todo aquello? Son esos recuerdos que nunca sé qué hacer con ellos y que iré olvidando poco a poco, a medida que vaya pasando el tiempo.
Ahora eres una máscara de insatisfacción y dureza. Una máscara de rabia impenetrable. Eres la distancia y el no saber qué hacer. Eres mi ilusión perdida. Eres el motivo de mi llanto y de mi confusión. El motivo de mi protección.
De verdad sólo quiero llevarme de ti tu forma de sonreír, despreocupada. Y ese amor entregado y sin límites del principio.
Siento que hayamos llegado hasta aquí. Lo siento.
No puedo evitar, en ocasiones, caer en esa añoranza que lo nubla todo y envuelve los recuerdos de ti. Las risas en la piscina, tu forma de agarrarme la mano, cómo caminabas a mi lado, como si no pudieras soportar que estuviera lejos ni un momento. Nuestra forma de hacer el amor, nuestras caricias por la mañana durante el café, y tus risas. Te quiero recordar sonriendo, simplemente eso. Guardarme en mi cajón del tiempo una imagen de ti en una tarde soleada, o una imagen de ti iluminado por la lámpara de pie que compramos, cuando aún existía el amor entre nosotros. Quiero llevarme conmigo el veteado de tu pelo rubio, tu piel morena en las playas del norte, tus palabras tranquilizadoras. La paciencia que tenías conmigo, ese gesto tuyo con la boca después de besarme. Tu sonrisa después de darme las buenas noches, y la forma en que te girabas hacia mí en la cama para abrazarme, completamente pegado a mi cuerpo. Las comidas en casa de tu familia donde todo eran cariños y buenos modos, donde en nuestra mirada sólo parecíamos existir nosotros. Tu empeño en echarme la bebida antes que a ti, tu toalla abierta para recibirme bajo los rayos de sol de ese agosto que fue nuestro. Tus manos tirando de mí en la piscina hasta tenerme tan cerca. Tus palabras al oído...Duele escribirte así porque en cada palabra me doy cuenta de que lo hemos perdido ya. Y ha sido por nosotros, porque ambos hemos ido queriendo, sin hacer nada al respecto, sin querer dar el giro decisivo.
Lo siento. Si te hería al hablarte con vehemencia. Si discutía sobre todo lo que era común. Si quería imponer mi criterio en tu vida. Si he sido juez y parte. Si me he dejado nublar la vista por demasiadas emociones. Si no he sabido pedir disculpas. Si me ha dolido más de lo que hubiera querido. Si no fui capaz de mantener alguna promesa.
El otro día me viniste al pensamiento. Estabas tumbado en la cama, y yo sobre ti te decía cantarina: "¿a que te vas a casar conmigo?" y tú asentías y me besabas con esa manera tan tuya que nadie podrá suplantar. Y me dolía. Lo que quedó en el aire, lo que se dijo y lo que no. Me dolía el desenlace de ti en mi vida.
Aún recuerdo a ese chico que hace meses se sentó junto a mí en la Calle Mayor, lleno de entusiasmo por la nueva aventura. Era un chico que no paraba de hablar de sus proyectos, de su ilusión. Era el chico que temblaba de nervios con mis gestos recién descubiertos. Fue el mismo chico que esa noche me conquistó con sus formas. El mismo que me hizo pasar un momento feliz después de tanto. Que se apoyó en la puerta de mi coche para no dejarme ir todavía. El mismo que abrió los brazos diciendo: "qué quieres que te diga, chiquilla, me has encantado" El mismo al que yo llamaba loco por su impulsividad. ¿En qué ha quedado todo aquello? Son esos recuerdos que nunca sé qué hacer con ellos y que iré olvidando poco a poco, a medida que vaya pasando el tiempo.
Ahora eres una máscara de insatisfacción y dureza. Una máscara de rabia impenetrable. Eres la distancia y el no saber qué hacer. Eres mi ilusión perdida. Eres el motivo de mi llanto y de mi confusión. El motivo de mi protección.
De verdad sólo quiero llevarme de ti tu forma de sonreír, despreocupada. Y ese amor entregado y sin límites del principio.
Siento que hayamos llegado hasta aquí. Lo siento.
Comentarios
Publicar un comentario