Una bonita historia
Te vas lejos y yo me quedo atónita ante la noticia, casi forzándome a reaccionar y preguntándome qué siento. Siento que tengo frente a mí a una persona que, a pesar de la distancia mantenida en nuestra relación, siempre estuvo en los peores momentos.
Fuiste un descubrimiento en aquel bar, aquella noche en que dijiste que necesitabas psicólogas de diván y yo me quedé prendada de tu cazadora de cuero negra que ocultaba tu sensibilidad.
Compartimos después un poco de todo: besos, divanes, caricias, películas, escritos. Y fuiste aquella pared roja donde el reloj se paraba siempre en las ocho de la mañana, y el calendario estaba fuera de fecha. Pude contar contigo aquel fatídico veintiuno de abril, a las cuatro de la mañana, cuando mi vida dio un giro inesperado y todo era confusión y dolor. Me preguntaste si quería irme a dormir contigo pero no pude esa noche. Sin embargo estuviste al día siguiente junto a mí, y cuando cayó la luz del día y las puertas se cerraban en mi mente, me abrazaste fuerte para que me quedara dormida. Aquella vez sólo podía mirar a la bombilla desnuda de tu habitación. Supiste mantener el silencio que habitaba en mí diciéndome a un mismo tiempo que no te irías esa vez. Nunca fuiste muy hablador, pero eres de aquellos que guardan tanto dentro que ante una sola palabra, uno tiene que callar.
Un tiempo después estuvimos algo distanciados. Me llamaste un día contándome tu propia tragedia, mostrándote esquivo y dañado. Tardé cuarenta y cinco minutos en presentarme en tu casa tras tu "no hace falta", con los vaqueros casi pegados al cuerpo y cuando abriste la puerta te sorprendiste de que estuviera ahí, desoyéndote y oyéndote a un mismo tiempo, dispuesta a hablarte o escucharte y a darme una ducha en tu baño abarrotado de ropa por el suelo.
Entrar en tu casa era el olor del papel de periódico, que cada mañana volvía a mi olfato en el metro abarrotado de gente sedienta de noticias frescas, durante mis años de estudiante. Entrar en tu casa era tu forma cansada y algo encorvada al caminar, tus libros sobre biografías, tu sofá escupegente en el que acabamos tumbados muchas veces (más que en el sofá en el suelo)Entrar en tu vida fue como si hubieran escrito para nosotros la mitad de aquella novela que me regalaste por mis veintitrés. Tampoco me fallaste en esa fiesta, donde viniste además, para mi sorpresa, con la mujer que ahora comparte más la vida contigo. Tu chica morena y tan parecida a ti me gustó por lo bien que te entendía. Yo, que siempre que te pintaba era en solitario, me alegré de que por fin encontraras tu horma.
Recuerdo que a mí me conquistaste con tus masajes. Un día en el coche me diste uno y entonces surgió una chispa que no supimos mantener. Supongo que de alguna forma a ambos nos quedó claro que no estábamos hechos el uno para el otro. Y la tarde que te conté lo de Javier, sentados en tu cama, poco tiempo antes de que te marcharas de viaje a Rusia, tuve la sensación de que querías decirme algo que decidiste callar finalmente. Quizá fue simplemente una de mis sensaciones.
Me llamaste a los quince días desde tan lejos para darme la noticia y yo me preocupé al escucharte bromear, y me halagó que fuera a mí a quien quisieras contármelo. Sólo te pregunté cuándo volvías y si estabas realmente bien. Tú me dijiste que aquel hospital te recordaba a mí porque tu compañero no paraba de fumar y no pude mas que reír ante tu recordatorio peculiar. Luego llegó aquel verano en el que dejaste el trabajo a un lado para irte a comer a un mejicano: tú, yo, y tu corsé que tenía vida propia cuando lo dejabas descansar junto a la silla, y la adaptación de no poder ir al cine porque las butacas no eran la mejor posición en ese momento para ti. Llegó aquella famosa conversación de la "girlfriend experience" que me abrió los ojos a un futuro mejor. En esas palabras me quité el sombrero ante tu capacidad de analizar y tu sabiduría (en algo debía notarse que tuvieras unos cuantos años más que yo) y sobre todo ante tu amistad y tu aprecio por mí. A partir de ese momento te pedí que hablaras más, y que estuvieras aún a mi lado a tu manera y a la mía, y me di cuenta de que tus palabras serían siempre un buen consejo a tener en cuenta.
Nuestros días de verano fueron menos de los que nos hubieran gustado, pero disfrutamos realmente de la compañía al comer juntos y en esas tardes de piscina. Tú llevabas todo tu armamento: tus aletas, tus gafas y tu tubo para poder respirar. Yo mis revistas y gusanitos para entrenerme mientras explorabas el fondo azul de aquel rectángulo. Recuerdo especialmente un día que nos sentamos en el borde. Mi mejor relación no pasaba por su mejor momento. Y pronunciaste una frase que he recordado años después. Me dijiste que lo peor que podíamos hacer era separarnos, porque una vez que se instaura la distancia no hay manera de volver a lo de antes. Espero ahora que no sea del todo cierto entre nosotros, ni en lo que está por venir para mí.
Te enamoraste y no me dijiste nada. Sé que lo pasaste mal en esos meses. Sé que poco me contaste de todo aquello, pero volviste una vez más a esa tetería a escucharme hablar de todo un poco. Fue cuando te dije que yo quería saber quién eras, lo que sentías, lo que pensabas...conocerte más. Me mostraste tu novela, que dejaste inacabada, y que me dejó a mí sin palabras. Algo que pienso todavía es que tienes un gran talento que regalar al mundo, y espero que lo hagas con tu trabajo ahora. En cualquier idioma y lugar.
En nuestro último encuentro me escuchaste hablar una vez más de mis conflictos amorosos, y me dijiste "si te quiere, encontrará la forma" Es una frase que no he olvidado estos meses, y que ha contado mucho en mi decisión final. Hoy me presento ante ti con la noticia, y tú tienes otra que darme. También dijiste algo al despedirte que me hizo pensar en lo valioso de nuestra amistad: tú, el bohemio entre los dos por excelencia, me hablabas de mi desapego con cierto dolor. Por eso escribo ahora nuestra pequeña historia, que espero no poder concluir. Porque aunque pase el tiempo y los años, y nos ocurran cosas, eres muy importante para mí.
Te deseo lo mejor y quiero decirte tan sólo que tengas mucha suerte en tu camino, que acabaremos bien el año, que me mantengas informada, y que no te vayas. Sobre todo que no te vayas aunque estés lejos de aquí. Porque te quiero y te aprecio, y eres una pieza clave en mi rompecabezas mental.
A un buen amigo a quien le deseo un futuro prometedor.
Alexandra.
Fuiste un descubrimiento en aquel bar, aquella noche en que dijiste que necesitabas psicólogas de diván y yo me quedé prendada de tu cazadora de cuero negra que ocultaba tu sensibilidad.
Compartimos después un poco de todo: besos, divanes, caricias, películas, escritos. Y fuiste aquella pared roja donde el reloj se paraba siempre en las ocho de la mañana, y el calendario estaba fuera de fecha. Pude contar contigo aquel fatídico veintiuno de abril, a las cuatro de la mañana, cuando mi vida dio un giro inesperado y todo era confusión y dolor. Me preguntaste si quería irme a dormir contigo pero no pude esa noche. Sin embargo estuviste al día siguiente junto a mí, y cuando cayó la luz del día y las puertas se cerraban en mi mente, me abrazaste fuerte para que me quedara dormida. Aquella vez sólo podía mirar a la bombilla desnuda de tu habitación. Supiste mantener el silencio que habitaba en mí diciéndome a un mismo tiempo que no te irías esa vez. Nunca fuiste muy hablador, pero eres de aquellos que guardan tanto dentro que ante una sola palabra, uno tiene que callar.
Un tiempo después estuvimos algo distanciados. Me llamaste un día contándome tu propia tragedia, mostrándote esquivo y dañado. Tardé cuarenta y cinco minutos en presentarme en tu casa tras tu "no hace falta", con los vaqueros casi pegados al cuerpo y cuando abriste la puerta te sorprendiste de que estuviera ahí, desoyéndote y oyéndote a un mismo tiempo, dispuesta a hablarte o escucharte y a darme una ducha en tu baño abarrotado de ropa por el suelo.
Entrar en tu casa era el olor del papel de periódico, que cada mañana volvía a mi olfato en el metro abarrotado de gente sedienta de noticias frescas, durante mis años de estudiante. Entrar en tu casa era tu forma cansada y algo encorvada al caminar, tus libros sobre biografías, tu sofá escupegente en el que acabamos tumbados muchas veces (más que en el sofá en el suelo)Entrar en tu vida fue como si hubieran escrito para nosotros la mitad de aquella novela que me regalaste por mis veintitrés. Tampoco me fallaste en esa fiesta, donde viniste además, para mi sorpresa, con la mujer que ahora comparte más la vida contigo. Tu chica morena y tan parecida a ti me gustó por lo bien que te entendía. Yo, que siempre que te pintaba era en solitario, me alegré de que por fin encontraras tu horma.
Recuerdo que a mí me conquistaste con tus masajes. Un día en el coche me diste uno y entonces surgió una chispa que no supimos mantener. Supongo que de alguna forma a ambos nos quedó claro que no estábamos hechos el uno para el otro. Y la tarde que te conté lo de Javier, sentados en tu cama, poco tiempo antes de que te marcharas de viaje a Rusia, tuve la sensación de que querías decirme algo que decidiste callar finalmente. Quizá fue simplemente una de mis sensaciones.
Me llamaste a los quince días desde tan lejos para darme la noticia y yo me preocupé al escucharte bromear, y me halagó que fuera a mí a quien quisieras contármelo. Sólo te pregunté cuándo volvías y si estabas realmente bien. Tú me dijiste que aquel hospital te recordaba a mí porque tu compañero no paraba de fumar y no pude mas que reír ante tu recordatorio peculiar. Luego llegó aquel verano en el que dejaste el trabajo a un lado para irte a comer a un mejicano: tú, yo, y tu corsé que tenía vida propia cuando lo dejabas descansar junto a la silla, y la adaptación de no poder ir al cine porque las butacas no eran la mejor posición en ese momento para ti. Llegó aquella famosa conversación de la "girlfriend experience" que me abrió los ojos a un futuro mejor. En esas palabras me quité el sombrero ante tu capacidad de analizar y tu sabiduría (en algo debía notarse que tuvieras unos cuantos años más que yo) y sobre todo ante tu amistad y tu aprecio por mí. A partir de ese momento te pedí que hablaras más, y que estuvieras aún a mi lado a tu manera y a la mía, y me di cuenta de que tus palabras serían siempre un buen consejo a tener en cuenta.
Nuestros días de verano fueron menos de los que nos hubieran gustado, pero disfrutamos realmente de la compañía al comer juntos y en esas tardes de piscina. Tú llevabas todo tu armamento: tus aletas, tus gafas y tu tubo para poder respirar. Yo mis revistas y gusanitos para entrenerme mientras explorabas el fondo azul de aquel rectángulo. Recuerdo especialmente un día que nos sentamos en el borde. Mi mejor relación no pasaba por su mejor momento. Y pronunciaste una frase que he recordado años después. Me dijiste que lo peor que podíamos hacer era separarnos, porque una vez que se instaura la distancia no hay manera de volver a lo de antes. Espero ahora que no sea del todo cierto entre nosotros, ni en lo que está por venir para mí.
Te enamoraste y no me dijiste nada. Sé que lo pasaste mal en esos meses. Sé que poco me contaste de todo aquello, pero volviste una vez más a esa tetería a escucharme hablar de todo un poco. Fue cuando te dije que yo quería saber quién eras, lo que sentías, lo que pensabas...conocerte más. Me mostraste tu novela, que dejaste inacabada, y que me dejó a mí sin palabras. Algo que pienso todavía es que tienes un gran talento que regalar al mundo, y espero que lo hagas con tu trabajo ahora. En cualquier idioma y lugar.
En nuestro último encuentro me escuchaste hablar una vez más de mis conflictos amorosos, y me dijiste "si te quiere, encontrará la forma" Es una frase que no he olvidado estos meses, y que ha contado mucho en mi decisión final. Hoy me presento ante ti con la noticia, y tú tienes otra que darme. También dijiste algo al despedirte que me hizo pensar en lo valioso de nuestra amistad: tú, el bohemio entre los dos por excelencia, me hablabas de mi desapego con cierto dolor. Por eso escribo ahora nuestra pequeña historia, que espero no poder concluir. Porque aunque pase el tiempo y los años, y nos ocurran cosas, eres muy importante para mí.
Te deseo lo mejor y quiero decirte tan sólo que tengas mucha suerte en tu camino, que acabaremos bien el año, que me mantengas informada, y que no te vayas. Sobre todo que no te vayas aunque estés lejos de aquí. Porque te quiero y te aprecio, y eres una pieza clave en mi rompecabezas mental.
A un buen amigo a quien le deseo un futuro prometedor.
Alexandra.
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