"Cómprate una casa mental más grande"

Se me ocurre esta frase cuando pienso en el debate que se abrió entre nosotros la otra noche. Me planteabas que quizá una clave de la relación podría estar en no vivir con la pareja. Es cierto que mi experiencia me dicta lo mismo, pero no creo que sea la solución a los conflictos de convivencia, ni mucho menos la solución a los conflictos internos que se generan cuando compartes la vida con alguien. Llevo desde entonces dándole vueltas, de manera consciente y creo que también inconsciente, sin encontrar respuestas. Si me he sentido mal viviendo con alguien no ha sido por la presencia o ausencia de ese alguien, sino por el haber encontrado o no un espacio físico que hacer mío, y por tanto, un espacio mental donde seguir siendo yo sola. Porque ya se sabe aquello (o al menos yo vivo conforme a esta idea) de que para la mente no hay respuestas (por tanto no hay respuestas correctas o incorrectas, sino útiles o inútiles tal como hablábamos en su día) sino que hay preguntas que abren a más preguntas. Ahora yo me pregunto e intento teorizar.

Lo que nos enseña la historia (a la que está bien recurrir para saber de dónde venimos, sin olvidarnos, tal como hace la mente con nuestro propio pasado, que nunca se olvida por ser la base de todo nuestro crecimiento futuro) es que el ser humano es un ser social por principio. La supervivencia individual (como en el caso de Chris McCandless)es imposible, puesto que se necesita en cierta medida del otro para seguir siendo, al menos en nuestra vertiente social (¿Qué hubiera pasado si una mujer se hubiera leído bien el libro de plantas comestibles y le hubiera precavido antes de comerse esa última?) Hay personas cuyo narcisismo primario les lleva a seguir en su burbuja de aislamiento social, pero son personas que tampoco en sí mismos encuentran la tranquilidad que buscan o el placer que esperaban, constituyéndose así en patología del yo. Hay otras personas que se vuelcan demasiado a lo exterior donde tampoco encuentran la satisfacción del yo, y a esto se le puede llamar el estilo de vida centrado en el amar y ser amado, o en casos más primarios en el follar y ser follado, que lleva inevitablemente a querer la unión con el otro, su interiorización y ser un "uno-todo" que finalmente desemboca también en patología de retirada de afecto hacia el otro y por tanto hacia el yo (al ser uno solo) Yéndome a estos extremos como ejemplos pretendo encontrar el punto medio. Y es el siguiente: el hombre necesita de compañía y amor, pero también de una casa interior que sea lo suficientemente amplia como para aceptar en alguna de sus habitaciones como inquilino al otro. Mi respuesta parcial sería: "Cómprate una casa mental más grande" con lo que prentendo decir lo que sigue:

Si la mente es una gran casa con múltiples compartimentos, uno se podría encontrar a sí mismo en cada una de sus habitaciones: las más luminosas, las más oscuras, las vacías y las repletas de cosas. Dentro de estas habitaciones estaría bien que alguna estuviera cerrada con llave para el otro. Es lo que llamaría intimidad (y en este punto se me ocurre una respuesta a una pregunta que me planteaban el otro día: por qué no lo contaba todo de mi historia pasada a mi pareja, juzgándome por ello de omitir información o de mentir, cuestión en la que no estoy de acuerdo) Pero otras serían públicas, de tal manera que al invitar a tus amigos a tomar café les harías pasar al salón y no a la habitación, que reservarías para otro tipo de actividades, quizá más privadas. En otras habitaciones podrías encontrar música, libros, o aquellas cosas externas que te satisfacen. Pero también habría una habitación donde encontrarse con el otro, llamémoslo pareja. Ese compañero habita siempre una de tus habitaciones mentales, pero no todas. Y ahí situaría yo la clave. Si no puedes socialmente mantener una relación donde cada uno viva en su propia casa (desde mi punto de vista seguiría impidiendo el crecimiento de la pareja hacia algo conjunto), consigue que en tu mente ese otro no esté en todas partes, que no ocupe todas tus habitaciones como un inquilino al que más temprano que tarde tendrás que terminar echando en la búsqueda de espacio propio. Lo que de puertas para afuera no se puede hacer, lo puedes conseguir de puertas para adentro. Aún en tu mente siempre tendrás la capacidad de decidir, cosa que no siempre se manifiesta en lo social, en lo que el otro tiene algo que decir y parece no callarse nunca. No se trata de que limites tu espacio físico sino mental. No se trata de que impongas una distancia física sino mental. Conseguir entender al otro desde su individualidad y verte a un mismo tiempo unido a él. No me parece tan incompatible como para tener que llegar al extremo de limitarlo en lo real, en el espacio o en el tiempo como dimensiones inamovibles y existentes. La mente tiene su propio espacio, su propio tiempo y su propia realidad, que puedes manejar según lo que tú sientas o desees, o rechaces. Ahí es donde se puede actuar, si es que quieres actuar en algún sitio y sientes la necesidad de limitar.

Mi pregunta es la siguiente: ¿qué te lleva a querer cambiar lo social respecto a la pareja, probar formas nuevas en la realidad, separarte físicamente del otro? Si esto lo llevaras a tu vida mental, donde como he dicho antes siempre puedes decidir, ¿no se trataría más bien de poner límites, espacios, tiempos, formas distintas, en tu propia mente en relación al otro?

Me alegra que me hayas hecho pensar.

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