El niño

Vas cayendo, uno a uno, en todas aquellas cosas que sabías que me molestaban. Sólo hay una diferencia ahora: que ya no me molestan. Pertenecen todas ellas a un pasado que dejé atrás, en esa etapa de niña que llora y no sabe cómo actuar. La vida te va cambiando, te va haciendo que reflexiones antes de actuar, que escuches tus voces interiores gritar por dentro que hagas o no hagas algo. Que el golpe sea menos duro o dure menos tiempo. Que discrimines, asocies, entiendas, superes.

Dicen que las parejas posteriores tienen algo de las anteriores. Tú tienes lo peor de todos ellos porque te has preocupado de saber qué era para poder reproducirlo como venganza. Qué equivocado estás conmigo. Dejé las armas hace años. Las guerras sólo provocan muerte y destrucción.

Tú aún eres un niño, mecido en unos brazos transparentes, que acunan y aprietan. Ese niño que actúa por impulsos, que se venga cuando algo no le parece bien, que echa la culpa a todo lo de fuera, que no se compromete, que intenta hacer de su propio dolor el dolor de los demás, que se defiende atacando. Ya lo decías (y va mucho contigo) eso de "morir matando" Ese es tu estilo. No he podido quererte como yo lo hago porque ha sido muy patente nuestra individualidad y nuestras diferencias, que tú sólo has procurado dejar muy claras mientras yo reía al verlas. Y cómo te dolía la risa, que te separaba de mí.

Desde tu vida de niño piensas que los demás no te vemos y jugamos, como tú, al escondite. Ese escondite donde el niño se tapa los ojos y el adulto hace que no está y le dice "has desaparecido, no te veo" Pero el adulto no deja de verle, sólo que decide jugar con él a algo mágico. Tú quieres taparte los ojos y que los demás no te veamos, pero la vida (se aprende después, si quieres aprenderlo) no funciona así.

Se te olvidan muchas cosas. Se te olvida que, para empezar, soy psicóloga. A ti sólo te sirvió para ponerme en esa función de "sabelotodo" maldita y digna de reprobación. Pero valgo más por lo que callo y percibo que por lo que digo. Supongo que inconscientemente estabas midiendo tus fuerzas. Pero no hay mayor fuerza que la que genera el silencio ante lo que no nos gusta, o la retirada a tiempo, o la indiferencia. Se te olvida que sé quién eres, a veces más allá de lo que tú puedas saber porque no puedo evitarlo. Soy como el detective al que cautivan las pistas, y no puede evitar seguirlas hasta reconstruir el caso por completo. Desde luego, tú eres un caso. Un caso perdido por voluntad propia. Un caso cerrado. Mi reto favorito son las máscaras y saber quién se oculta detrás de qué.

Siempre pensé que la inteligencia puede ser una condena, que el pensar mucho es una gran cárcel sin rejas, que las voces internas eran alucinaciones. Pero ahora todo cambia, y creo que la inteligencia es mi mayor baza, que pensar me lleva a cerrar, y que mis voces internas me guían. Quien no se escucha a sí mismo, se pierde en la corriente de lo que otros hacen y dicen. Yo sigo mi propio camino.

Tu juego es un juego infantil. Actúas como si en la vida todo viniera dado. Te lo han dado todo, es cierto. Y a mí me han quitado mucho. El equilibrio está en eso. En ese hilo fino que tú no puedes ver, pero yo contemplo con claridad. Eres un irresponsable actuando como le viene en gana, haciendo lo que quiere. Pero actúas mal porque no sabes lo que quieres. Te mueves por corrientes para ti desconocidas. Y estoy convencida de que nadar así te llevará a tu propia muerte psíquica. De que te verás atrapado en los juegos sucios que propones. Pero no seré ya yo esa otra parte. Te veré desde lejos mover ficha y perder. No hay otra salida para ti si no decides hacer algo. Ni siquiera te lo diré. Para qué. No hay palabras válidas para aquel que no está dispuesto a escuchar ni aprender. No soy yo la maestra indicada, lo sé. Pero de todo el mundo se puede aprender si consigues abrir la mente a entenderlo. Tú eres como el burro obcecado por la visión limitada que le impusieron, arrastrando con el peso de su cuerpo tanta rabia como siente al cargar con pesos que no puede ver. Tu camino no será más que tragar polvo. Besar el suelo de quien te permitió caminar un día. Agachar la cabeza. Ese es el precio que pagas por no querer ser libre. Y será tu condena, como te gustaba decir. Todos tenemos la nuestra propia. De la mía hablaré otro día. Y no te la contaré a ti, porque no podrás entenderlo ni tendrá sentido ya que tú merezcas una sola reflexión que generaste. En la medida en la que entraron en mi mente, se escapan ya de la tuya.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Vacío fértil

Siete esquinas,7

la varita