Tenía ya unos 20 años cuando yendo en el autobús me hice un esguince de rodilla, de esos que se hacen los futbolistas (ligamento interno o algo así). No sabía si sentirme ridícula por el motivo de que se hinchara como un globo o afortunada por no haber tenido mayor probabilidad jugando al fútbol. El caso es que sí sentía dolor, y mucho. La mujer a la que le eché toda la culpa por no querer levantar su enorme trasero del asiento para dejarme pasar a mi lado de la lata de sardinas, me miró y me preguntó ante mi expresión "¿estás bien?" A lo que directamente no pude ni contestar (por las ganas de morderla y contagiarle la rabia). Debían ser las siete y media de la mañana y me esperaba todo un día a 40 kilómetros de mi casa, moviéndome de una clase a otra. No sabía exactamente qué me había pasado, así que decidí llamar a mi madre (que por supuesto ya estaría despierta) para contarle lo ocurrido. Mi madre, evaluando su propia mañana, me respondió que aguantara un poco (hija mía, qué blanda eres. Total, sólo es la rodilla. Podrás irla arrastrando de alguna manera, y tampoco te hará falta doblarla para subir escaleras...)y que si al final de la tarde estaba peor, algo habría que hacer. El dolor se mezcló con la típica frustración de "como si me muero aquí mismo" y efectivamente llegué hasta el final de mi día. El resultado fue una rodilla que había empeorado, una tía rara que no doblaba la pierna y levantaba el culo hacia arriba al caminar, y un dolor que al fin y al cabo era psicológico, claro. Cuando llegué y lo vio, me dijo "¡¿pero cómo no te has vuelto a casa?!"...
Yo sólo digo que la educación, estoy de acuerdo, no debe ser fácil. Pero también digo que arrieros somos, y que de momento yo he decidido apuntarme todas estas para que el día de mañana mis hijos no tengan que aguantar dolor de ningún tipo. Que luego nos quejamos de que nos salgan raros o ranas...
Ángulos
Cuando te miro me siento una farsante. Siento que finjo desde hace años un papel que no me corresponde: el de sonreír alrededor, beber cervezas e intentar escucharte a ti a través de tus acordes. Nunca he sabido...ni lo sabré. No sé cómo acercarme, ni qué decirte, ni si debería decirte o callar como hasta ahora. Lo único que sé es que llego a casa cansada, pensando en ti. Y que desde entonces no ha habido un solo día que no te haya echado de menos hasta doler muy dentro. Siento que si vas quitando capas (capas que sólo tú podrías quitar) me verás queriéndote aún como el primer día. Y que llevo mi carga en silencio, mostrándome aquí y allá como si no hubieras existido, guardando celosa quizá los recuerdos de ti. Tu sonrisa aún es la mía, y mi felicidad estará donde tú estés. Podré conformarme y seguir si te veo alguna que otra vez, si me encuentro contigo en un gesto. Pero en realidad no hay más que hacer que intentar sobrevivir un día más, adaptarme a tu ausencia otra vez, como si estu...
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