Arena

No había quien parara la atracción, es cierto. Ambos nos sumergimos en un mundo en el que todo giraba en torno al otro. Pero tus dudas, tus idas y venidas, tu indecisión, acabó por dejarme tan fuera de juego que ni con toda mi capacidad de tomar las riendas pude construir un castillo que se desmoronaba por momentos. Congeniábamos, sí. Podíamos reírnos durante horas, parar y charlar a ratos. Me seguías en mis silencios y divagaciones, y siempre ponías un punto de paz a mi huracán, mientras cocinabas tranquilo y yo no podía parar mi verborrea. Me gustaba tu velocidad, tu sensación de ser invencible, de ser eterno. Desde tu grandilocuencia te admiraba, hasta que se convirtió en una particular lucha de poderes. Nadie podía brillar más que tú, y nadie podía brillar más que yo, así que nos íbamos puliendo poco a poco hasta perder lo que más nos gustaba de nosotros. Tú querías seguir viendo ese brillo en mi mirada, pero me solía cansar escucharte hablar durante horas. Me cansaba que no llegara mi turno de explicarme, que te pudieras quedar dormido sin preguntarme qué tal y dejé de tener ganas de lanzarme a tus brazos cuando escuchaba tu silbido por la escalera. Me dolía si llegabas a casa y no estabas deseando que ardiéramos en llamas de reconquistas. Al final no dejamos de jugar al perro y al gato, y al final siempre busqué encontrarte en algún punto neutral, donde se acabara la batalla de los cuchillos que no paran de herir. Yo quería conocerte siempre más, y tú no querías conocer más que la imagen que yo tenía de ti para adorarte. Luchábamos por mirarnos en un mismo espejo, y pronto nos centramos en nosotros mismos. Tanto que no pudimos sentir que en alguna parte de todas esas imágenes, al margen de los respectivos egoísmos, tú y yo podíamos querermos sin necesidad de ídolos. Ahora sólo me queda pensar que fue una pena no poder pararnos a disfrutar de todo aquello que acababa de empezar. No quedarnos abrazados en el agua con el sol dorándonos el cuerpo y el alma llena de cariño y alegría. No crecer desde ahí. Pero quizá ahora, liberados de los lazos inservibles, podamos comenzar a ser nosotros.

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