6 de mayo
Te esperaba sentada en una terraza una hora más tarde de lo previsto. Llegaste, como siempre, caminando con prisas y con una cantidad inmensa de palabras que se atropellaban unas a otras. Te sentaste frente a mí, pero tu pierna rozaba la mía por debajo de la mesa, como en un intento de acercarte cada vez más. Yo, callada y en mi línea, te escuchaba. Muchos proyectos, muchas ideas, mucha vida. Me vendías una imagen y esperaba mi turno. Te inclinabas hacia delante al hablar, y tu cuerpo temblaba. Quizá por frío, quizá por ese encuentro. Después proponías más sitios, como si no quisieras que aquello terminara nunca, y acabamos en un bar muy de tu estilo. Las cervezas me habían soltado la lengua, y en la puerta te arrimabas con ese gesto tan tuyo, y yo tenía la sensación de conocerte de siempre. Frente a nuestro antiguo colegio rememoramos viejos tiempos, hablamos de nuestras vidas, de nosotros. Nos dieron las tantas y decidí que ya era tarde para otra. Me acompañaste hasta el coche y te apoyaste en la puerta. No sabía si apartarte o esperar a que me dejaras ir. Abriste los brazos y dijiste "me tienes encantado" y quedaste en proponerme algo más. Una de tus múltiples ideas. Con tu bolso de cuero cruzado en la espalda y tus pasos algo dubitativos te vi alejarte por esa calle. No sabía quién eras entonces, y no quise plantearme más. Sólo disfrutaba de la sensación de haberme reído sin tregua después de mucho tiempo. De tu cercanía mientras caminabas, de tu entusiasmo.
Fue el inicio de algo que no pudo mantenerse, como tantas otras cosas. Pero hoy, ayer...lo recuerdo con cariño por lo que supuso. Porque después llegaron más días distintos que parecidos a aquel. Porque pensé que ibas a ser tú quien no me permitiera nunca más coger un coche para alejarme de ti. Sin embargo los caminos nos llevaron a conducir demasiado deprisa, y en direcciones opuestas.
Feliz día, rubio.
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