Ni más ni menos

Ni más que ayer ni menos que mañana. ¿Contenta? ¿triste? ¿sabia? Han llegado ya las noches de verano, y surcamos una carretera oscura a gran velocidad, descapotados mi pelo quiere volar hacia arriba, como si no existiera la gravedad. Después de haber sentido por fin algo de fresco en mi piel tras un día demasiado caluroso, escucho la versión de una canción ya conocida y no la disfruto. No consigo disfrutarla por el lugar al que me lleva, donde las paredes me aprisionan aún hasta conseguir ahogarme en algunos momentos. Y entonces llega ese momento de la conciencia del paso del tiempo, dejando un sabor agridulce en mi garganta y en mis lágrimas. El pasado, el presente y el futuro hilándose tan fino y a la vez tan separados e irreales todos ellos que no soy capaz de sentirme parte de ninguna historia en concreto pero sí me reconozco en todas ellas llorando y riendo, en ese marco general de los 23, de haber transcurrido al menos 5 años tras los cuales nunca pensé qué querría hacer. Tampoco ahora lo sé, y por eso vivo a lo que surge, pendida de una incertidumbre a la que voy acostumbrándome. Lo que un día fue tan real como sentido, tan intenso como sufrido, parece ahora un espejismo, una película, pero ha dejado cicatrices en el alma que no se curan del todo. Sólo sé lo que he vivido por una sensación con tintes añejos que aparece de repente, pero no por los recuerdos que con tanto ahínco he intentado hacer desaparecer de mi memoria frágil. En ocasiones he pensado que vivía demasiado en el pasado, pero lo cierto es que ya no me siento parte de nada: ni de lo que fui entonces, ni de lo que soy ahora, ni de lo que seré. Reaparece esa gran pregunta en el aire, y con el viento se enreda en mi pelo y penetra en mi cerebro, incapacitándome la escasa capacidad de pensar con claridad en algo y en nada más.

Lloro y te sientes impotente. No tiene que ver contigo. Se trata de mí, y de ahí mi dilema. Qué hacer cuando no acabas de sentir a aquella persona con la que vivirás para el resto. Si la sientes tan cambiada que ya no sabes en cuál de los múltiples giros sacarla una fotografía para no olvidar el gesto, o escribir unas palabras para no olvidar lo dicho, o captar un canto para no olvidar la voz. A veces siento que no tengo mirada, ni palabras que definan lo que intento, ni voz con la que expresarme. Que no hubo un espacio real donde fui yo, que me miré demasiado en los ojos de otros y olvidé el color de los míos. Que me perdí en el vacío de un octavo piso trece, en la inmensidad de un amor sin techo. Y cuando pienso qué he hecho en estos años sólo puedo decir que me he dedicado a dos cosas: estudiar y querer. Intentar una relación una y otra vez, con sus consecuentes fracasos y desengaños. Vivir la vida de otros. ¿Y mi vida, cuál fue? ¿dónde se encuentra? He vivido muchas sensaciones, las conozco todas a la perfección, pero tan poco de mí. Tan poco de lo que yo quería ser, aprender, conseguir...Quise sacarme una licenciatura en psicología y un máster en relaciones de pareja. Lo primero lo conseguí ya. Lo segundo no fue más que frustración y a veces creo que pérdida de tiempo. Me hubiera gustado dedicarme a tantas otras cosas... Por eso estos años se me figuran cortos e incompletos, y algo vacíos. Incluso de amor.

Cerramos la noche los dos juntos, diciéndonos aquello (que en ese momento creo) de que no hubiéramos llegado a ese punto si no hubiéramos pasado por todo lo que quedó atrás. Ni hubiéramos valorado probablemente con quién nos acostamos un domingo, con quién nos levantamos al lunes siguiente, quién es él y quién soy yo. Es la trayectoria la que te conforma. Pero yo quiero cosas tangibles, que pueda tocar y oler para poder creerlas. No obstante, encuentro cierto consuelo en esas palabras. Centrarme en lo que soy ahora, preocuparme por encontrarme en lo que ahora hago y digo y pienso y siento...más que en lo anterior, porque lo de ahora contiene de alguna manera lo de antes.

Se me van cerrando los ojos y apenas soy consciente de que me estás mirando de cerca quedarme dormida. En esa duermevela no dejas ni un instante de observarme. Lo puedo percibir con alguna parte (aún no dormida) de mi mente receptora. Y te escucho decir (y me despierta del sopor por un momento) aquellas palabras. Y esa frase...

Y a pesar de todo, el día acaba bien.

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