Eclipse lunar

Estás de pie ante mí en la cocina. Me hablas sin parar sobre aspectos de negocios que no consigo entender del todo, pero lo intento. Me distraen tu pelo rubio, tus pies descalzos, tu forma de mover la sartén para que no se queme el contenido, la facilidad con la que echas el aceite en la cazuela mientras haces otras muchas cosas a la vez. Quizá lo más complicado es que estés, después de un momento en que te he soltado a bocajarro tantas cosas sobre cómo me siento. Me distrae tu altura y pienso por un momento que no debo dejarme llevar por esa sensación de desamparo para verte más grande, porque tú eres antes que nada un compañero que se ha cruzado en mi camino sin esperarlo, alguien que me escucha y que me apoya, y a quien yo escucho hablar ilusionado del futuro. Te digo que mi palabra favorita es optimismo, quizá porque la siento tan inalcanzable por momentos, quizá porque la anhelo como a tantas otras cosas que nunca ocurrieron. Pero en ese momento, sentada en una silla blanca que no tiene mucha estabilidad, mientras te veo hacerte cargo de la cena y de lo que queda de noche, siento que puedo tocarla con las manos. La palabra, a ti, mis sentimientos. Y sonrío en un momento mientras me miras y haces que no te das cuenta, sin querer interrumpir tu discurso, sin quererte interferir en demasía. Siento que podría ser nuestra casa, y tú aquel que me esperara cada día y me abrazara si no ha sido bueno. Aquel que llevara con paciencia mis cambios de humor, mis malos humos. Aquel que consiguiera hacerme reír de nuevo. Pienso que podrías ser tú. Que quiero a mi lado a alguien con tus características. Pero sobre todo siento, más allá de un mero patrón de probabilidades o experiencias, que quiero congelar ese momento y darme cuenta en todos y cada uno de ellos de que eres lo que siempre estuve esperando a que llegara, el hombre al que quiero. Aunque aún no pueda pronunciarlo y me esconda parcialmente y en defensa detrás de una sonrisa que se escapa.

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